TIXTLA, Gro., 8 de enero de 2014. A las 2:30 de la tarde el sol marea y aturde en la Costa Grande de Guerrero… El 7 de enero del 2014 no fue la excepción.

Quizá por eso Freddy Fernando Vázquez Crispín no reaccionó a tiempo, ni se puso a salvo cuando el tráiler se salió ligeramente de la cinta asfáltica y lo embistió, junto a varios de sus compañeros de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

A un costado de la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo quedó el cuerpo de su amigo Eugenio Alberto Tamarid Huerta, con quien cursaba el primer grado, alrededor, varios de sus compañeros se levantaban, golpeados y doloridos, pero con las fuerzas suficientes para atrapar al conductor del tráiler que los arrolló.

Freddy Fernando recibió el impacto directo del tráiler, que fuera de la ley circulaba sobrecargado de maquinaria pesada y el exceso de dimensiones rebasaba las líneas de la cinta asfáltica; aún así, el joven estudiante de la licenciatura en Educación Primaria se aferraba a la vida.

Sólo tenía 20 años y aún no cumplía su sueño: pararse frente a un salón de clases para enseñar a los niños, sin embargo, su cuerpo no resistió y murió antes de llegar al hospital.

Sus padres aún no lo sabían… Freddy murió a cientos de kilómetros de su hogar, mientras pedía cooperación a los automovilistas, a la orilla de la carretera, para costear las prácticas y observaciones de campo que requiere cualquier estudiante.

Su cuerpo golpeado y sin vida viajó cientos de kilómetros y regresó a casa, junto a sus padres, en Tixtla, y junto a Freddy llegaron las flores y veladoras que llenaron la sala de la humilde vivienda y adornaron el féretro de madera.

A los pies del ataúd, 19 veladoras iluminan la habitación de color rosa pálido, sobre el féretro, un arreglo de flores blancas rodea la fotografía de Freddy en blanco y negro. Una charola artesanal de Olinalá también adorna el ataúd y recibe algunos billetes de los dolientes que, aún siendo pobres, apoyan a la familia con humildes, pero dignos 20 pesos. Coronas y ramilletes de flores, principalmente claveles blancos, adornan la muerte de Freddy Fernando Vázquez Crispín.

Un velorio de gente pobre, que no sabe de cámaras ni reporteros, solamente de trabajo de campo y de ganarse la vida. De todos modos, la foto de su hijo apareció en la nota principal de la sección policiaca: “Mueren ayotzinapos”, se lee en la contraportada de uno de los diarios locales de mayor circulación en la capital, con enormes letras rojas y la forma despectiva en que gran parte de la sociedad llama a los estudiantes de la normal rural.

Afuera, las paredes blancas de la vivienda de Freddy se oscurecen, por las tres lonas que colocaron sus familiares, para proteger del sol a los asistentes del velorio.

Mujeres de faldas largas, ancianas de reboso y trenza, con la piel arrugada y los ojos hundidos, hombres de campo con sombrero y guarache.

A los velorios de la gente pobre no van los políticos, ni los gobernantes.

A los velorios de la gente pobre, sólo va la gente pobre.

Sobre la calle, decenas de sillas son ocupadas por vecinos, estudiantes, campesinos y familiares de Freddy Fernando Vázquez Crispín; seis mesas rectangulares se extienden vacías, a la espera de que llegue la hora de comer.

Sobre ellas, refrescos y una sencilla botella de tequila, para ahogar el dolor.

Mientras tanto, adentro, el olor y humo del incienso embriagan a las mujeres que rezan y a los padres que lloran por su hijo, que no debió morir.