Estulticia gubernamental

Es verdad: Acapulco corre el riesgo de ser una ciudad sin ley en manos del crimen organizado. Negarlo, o tratar de ocultar esa realidad, sería un error, o si usted lo prefiere, una estulticia. Si creen que exagero, vean las cifras que maneja el gobierno federal: el promedio de asesinatos en este municipio es de seis diarios. Sí, seis “ejecuciones” al día cuando no sé cuántos miles de policías municipales, estatales y federales, y un sinnúmero de soldados y marinos, todos bien equipados, según se dice “blindan” el puerto y la urbe.

La estulticia, esa oscura necedad y nebulosa tontería, se acerca cada vez más a nuestros gobernantes, especialmente a Héctor Astudillo, por no decir a Evodio Velázquez, el alcalde acapulqueño que resultó un político inexperto sin idea de lo que es gobernar una ciudad en crisis y cuyo equipo de colaboradores, como él mismo, son el prototipo de lo necio y lo tonto.

El gobernador Astudillo declara a los medios que las “ejecuciones” cotidianas no dañan la imagen turística de Acapulco, cuando vemos en la prensa nacional e internacional, al detalle, las notas informativas, dotadas de fotografías y videos, magnificadas la mayoría de las veces, en donde se presenta a Acapulco como un escenario de guerra entre grupos delincuenciales, y lo más grave, a un gobierno impotente ante el poder del crimen.

Acapulco fue el primer centro turístico, al menos como puerto de mar, de nuestro país. Ya a finales del siglo 19 los vapores de transporte llegaban a nuestra bahía con cierta frecuencia. Aquí operaban compañías navieras y turísticas que prestaban servicios a los turistas que llegaban por mar, o hacían escala, algunas de hasta de 48 horas.

A fines de los años 20 del siglo pasado, se contó con una carretera que comunicaba a esta ciudad y puerto con la ciudad de México. Vivió y disfrutó Acapulco de una bonanza económica proveniente del prestigio de ser uno de los más hermosos destinos de playa del continente americano, belleza hoy ajada no en lo físico, pero sí en lo social: la bahía y sus playas, el paisaje y el clima tropical, permanecen y permanecerán muchos años, pero en lo poblacional hay una descomposición muy lejos de recomponerse, y el año, o dos o tres que según faltan para volver a ser una ciudad “con orden y paz”, para la sensibilidad popular equivalen a uno, dos o tres décadas

¿Por qué? Porque el pueblo no cuenta con escoltas y automóviles blindados como los gobernantes.

En nada se abona a la recomposición social de Acapulco tratando de negar una realidad, lo que nos acerca a la estulticia supradicha. Hablar con la verdad ayudaría más, pues se confrontan los enunciados del gobernador del estado con los del gobierno federal, y eso aparenta una discordancia que acrecienta la crisis.

Estamos muy mal. Hagamos todo lo posible para que en uno, dos o tres años, estar mejor. Pero para que esto último sea posible, hay que reconocer lo mal que estamos.