Guerrero, “¿enfermo terminal?”

A lo largo y ancho de su historia, Guerrero ha sido víctima de la violencia.

El “estado problema” que fue escenario de las cruentas luchas de la insurgencia que nos independizó de España, del Plan de Ayutla que dio fin a la dictadura de Antonio López de Santa-Anna, de la Guerra de Reforma, de la restauración de la República y la Revolución Mexicana, tuvieron escenarios de heroísmo y patriotismo en su territorio, primero como el colonial Distrito del Sur, luego como parte de los estados de Michoacán, Puebla y de México hasta llegar a ser Estado Libre y Soberano, pero casi siempre en un ámbito de violencia y criminalidad.

Empero, en lo que va de este siglo, dicho mal se exacerbó, llegando a niveles de “enfermedad terminal”.

El gobierno, en sus tres niveles, es incapaz de garantizar el mínimo de seguridad de los guerrerenses, y lamentablemente, la ciudad capital, Chilpancingo; Iguala, Taxco, Zihuatanejo y Acapulco, están en poder del crimen organizado, y si incursionamos en el catastrofismo, todas las municipalidades son “territorios de los criminales”.

El caso triste de Iguala (la desaparición de los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa), nos demostró que el poder político asociado al poder criminal se convierte en el enemigo público número uno, y hace sospechar que la delincuencia, que cruelmente devastó la paz social, tiene su punto de apoyo en algunos miembros del cuerpo gubernamental.

Negarlo sería tan pueril como tapar el Sol con un dedo, así como el intentar ocultar los asesinatos (“ejecuciones”, les llaman) que cotidianamente se cometen en el territorio guerrerense, principalmente en Acapulco, uno de los principales centros turísticos del país, atentando contra la libertad de expresión. 

(En Acapulco, es público por notorio, que el presidente municipal, Evodio Velázquez Aguirre, no cumplió con las expectativas de una población que reclama tanto la seguridad como los espacios públicos en poder del llamado “crimen organizado”. De una sociedad atemorizada que se juega la vida cuando se traslada en autobuses conducidos por jóvenes casi adolescentes, como fue el accidente de hace unos días en que cincuenta personas resultaron heridas –dos de gravedad- por la imprudencia de un chofer de 19 años de edad, renglón entre paréntesis como muestra opaca del estado de cosas guerrerenses).

Un estado de Guerrero esplendoroso en su historia, que merece la paz social que se le niega, y el progreso ganado a pulso en gestas heroicas, siempre víctima de la violencia, pero nunca como ahora, que la criminalidad tiene como punto de apoyo en algunos miembros del cuerpo gubernamental.

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