Terminando los comicios del pasado 7 de junio, han comenzado a desgranarse la primera andanada de aspirantes a la Presidencia de la República en 2018. Desde funcionarios en activo hasta figuras secundarias en sexenios anteriores: la mera expresión de sus ambiciones es muestra palpable de una autoestima indiscutible. Pero de ahí, a tener algún mérito real, la distancia parece lejana: quienes han tenido el poder no lo han sabido ejercer, y quienes lo han ejercido lo han hecho de forma cuestionable.

¿Por qué habríamos de creer en que, quienes hoy anuncian sus deseos de postularse a la Presidencia, tienen una capacidad que está todavía por demostrarse? ¿De verdad vamos a pasarnos otros tres años de promesas y acusaciones escuchando acusaciones entre precandidatos? Es un lugar común decir que vivimos en crisis desde que podemos recordarlo, pero no es menos cierto afirmar que llevamos décadas en campañas presidenciales, desde los tiempos de las orejas de burro, las conferencias mañaneras, los hijos desobedientes y los compromisos ante notario.

No necesitamos tres años de promesas y acusaciones estériles. Necesitaríamos tres años de trabajo intenso para quienes aspiren a gobernar el país de todos los mexicanos, que no de algunas militancias o descontentos: los precandidatos deberían de poner su capacidad a prueba, y contribuir desde ahora a la solución de los problemas que nos aquejan, no a agravarlos. Desde cómo solucionar el problema de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que cada vez sale más de control, cómo brindar mayor certeza jurídica y Estado de derecho, cómo recuperar los estados que viven en ingobernabilidad Guerrero, Michoacán y Oaxaca. Necesitamos, si quieren que los tomemos en cuenta, que formen parte de la solución desde ahora, y no que se conviertan en otro dolor de cabeza.

Recuerdo el dicho, “El que se mueve no sale en la foto” que fue uno de los axiomas básicos del sistema político mexicano priista y lo proclamaba, cada vez que podía, el viejo tótem de ese partido y de este sistema, Fidel Velázquez Sánchez, líder vitalicio de la Confederación de Trabajadores de México, el otrora poderoso sector obrero del PRI. Don Fidel, como se referían a él los priistas con mucha reverencia (todavía existen muchos de ellos y siguen apareciendo en la fotografía de la política nacional), utilizaba esa frase sobre todo en los momentos en que el juego de la sucesión presidencial parecía salirse de cauce (salirse de madre, dicen los clásicos) y era necesario poner un freno a quienes suspiraban con ser el elegido.

Y sí, Fidel Velázquez tenía razón: el que se movía no salía en la foto… ni como candidato y ni siquiera como colaborador del nuevo sexenio. El recientemente fallecido Manuel Camacho Solís, estudioso sobresaliente del sistema político mexicano, es un ejemplo de ello. Él aguantó y no se movió en aras de una candidatura presidencial. Al no obtenerla “se movió” y su carrera política en el PRI concluyó.

En toda oportunidad, Andrés Manuel López Obrador ha proclamado su firme determinación de competir por tercera ocasión por la Presidencia de México, insistiendo en que la tercera es la vencida —para 2030 podrá decir que no hay quinto malo—. En la contienda por venir, AMLO se presentará con partido y recursos propios, dedicado de tiempo completo a alcanzar su obsesión presidencial.

La primera sorpresa después de los comicios fue el anuncio de la exprimera dama —están de moda las candidaturas emparentadas—, Margarita Zavala, de competir para convertirse en la primera Presidenta de México dentro de tres años. Idealmente, de entre el cúmulo de atributos que supuestamente debe poseer todo jefe del Poder Ejecutivo, sobresalen una adecuada preparación administrativa y experiencia de gobierno. ¿La formación partidista y legislativa, además del afable trato, sencillez y cercanía al poder que Margarita representa será suficiente bagaje para aspirar a la Presidencia de México?

Cuanto diga y haga en adelante la hoy aspirante presidencial —y de algún modo, su consorte—  abonará o cargará en su cuenta, ¿y si finalmente el PAN se inclina por otra candidatura diferente, se iría Margarita por la libre?

La presión mediática orilló al moderado izquierdista Miguel Ángel Mancera, jefe de Gobierno sin partido formal, a definirse y aceptar su intención de competir por la Presidencia en 2018 pero, desde luego, enfatizando que su prioridad es la Ciudad de México. A tres años de distancia y con el desgaste que conlleva gobernar el DF, la candidatura de Mancera corre riesgo de pasarse de tueste. Y de llegar, ¿contenderá por algún partido político —el PRD de hoy no es el de ayer— o elegirá presentarse como candidato independiente? Por su parte, Rafael Moreno Valle, gobernador panista de Puebla, cabildea activamente con la cúpula de su partido en su aparente intención de buscar la candidatura presidencial.

Los triunfos de Vicente Fox y Felipe Calderón dejaron a los priistas 12 años en la orfandad política. Les quitaron su punto de referencia, su estrella polar. Voltear a Los Pinos resultaba inútil. No había “línea”. El faro de la política nacional, el líder nato del partido, el jefe de Estado y jefe de Gobierno ya no era priista ni sus decisiones eran inapelables. Mucho menos las horas de la política eran las que marcaba el reloj presidencial. Y lo peor: el futuro político ya no lo decidía el dedo presidencial. Por eso hoy, en 2015, no hay públicamente ningún priista que diga que quiere ser candidato a la Presidencia de la República, mientras en la oposición hay ya candidatos y precandidatos que luchan en sus partidos y de frente a la ciudadanía.

En la oposición no es novedad. Y a los nombres de Andrés Manuel López Obrador, Margarita Zavala y Miguel Ángel Mancera se sumarán otros, sin duda. Ello ocurre en cualquier sistema que se precie de democrático. No ocurrirá en el PRI. Con toda seguridad se regresará a la práctica del tapado y del dedazo. No es que Fidel Velázquez haya resucitado; lo que no ha muerto es su espíritu. Los priistas que suspiran a la candidatura saben, es casi genético, que quien se mueve no sale en la foto.

El secretario Osorio Chong, consciente de los tiempos, alertó a quienes actualmente participan en la administración pública a abstenerse de —destaparse — participar en ese tipo de manifestaciones. Es decir, en cuanto al PRI, los funcionarios gubernamentales habrán de “consagrarse a cumplir con la responsabilidad en ellos depositada por el señor Presidente”. Como van las cosas, a lo largo del trienio los autodestapes se sucederán, superando, seguramente, al número de disciplinados tapados sujetos a las reglas del juego de sus partidos.

ES CUANTO