
Hoja verde
El encabezado de este artículo enuncia dos cosas que no están relacionadas entre sí, por ser conceptos y ámbitos de aplicación diferentes. No obstante, puede servirnos para visualizar dos aspectos centrales en la vida social: la afectación sufrida por los usuarios en la transportación urbana, en el primer caso, y en un sentido analógico, en el segundo, nos permite abordar un análisis de las fallas en la elección de representantes y gobierno en la democracia procedimental.
El jueves 28 de abril, en Chilpancingo, el transporte urbano y la circulación por la autopista México–Acapulco fueron colapsadas por grupos de transportistas y pobladores serranos durante más de diez horas. En el desalojo les encontraron armas de grueso calibre, granadas de fragmentación, municiones, droga y vehículos con reportes de robo, por lo que las autoridades federales ya investigan qué grupos delincuenciales están detrás del movimiento de los transportistas, presunción que seguramente se confirmará con la declaración de los 71 detenidos.
Pero, si bien, el bloqueo ocasionó la molestia de muchos por haberse quedado varados o hacer largas filas para procurarse trasporte, no es menos cierto que otro grupo de capitalinos sintiera el placer de caminar por las principales avenidas sin el congestionamiento vial, como no lo habían hecho desde hace tiempo.
En días normales las calles de cualquier populosa ciudad mexicana se ven atiborradas por la carga vehicular haciendo tortuoso el tránsito y la emisión de contaminantes que afectan el medio ambiente, lo que repercute directamente en la salud de los seres humanos limitando sus expectativas de vida.
En el sistema político sucede una contaminación parecida que afecta el corazón de la democracia, cuando la masa emite su voto, no con base a un análisis previo de las propuestas políticas de los candidatos, sino dejándose arrastrar por la emoción o la dádiva de los partidos, llevando a los espacios de gobierno o representación a políticos carentes de experiencia y honestidad.Por ello, en más de una entidad la participación del votante emocional, o de aquél que comercializa el sufragio, lejos de beneficiar al sistema, lo lleva al atraso y en el mejor de los casos a su estancamiento.
Habría que reconocer que el liberalismo político al investir al ciudadano de los mismos derechos sin distinción ante la ley, prescribe su propia contradicción, pues resultaría ocioso mencionar que no todos pueden ejercer esos derechos, sino además cuando lo hacen en materia electoral, en muchos casos, obligados por la inopia en que viven, este derecho lo venden al mejor postor. Luego entonces, en términos reales, su conducta dista mucho de ser el de un ciudadano en toda la extensión de la palabra.
Visto así, la participación electoral de la masa desinformada, lejos de impulsar al sistema democrático, lo paraliza y enferma, al igual que la contaminación vehicular cuando saturan las avenidas de la ciudad. En ambos casos, las consecuencias son muy costosas.