El bárbaro atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, “el periódico irresponsable”, apunta a convertirse en una espiral infame de odio racial y religioso en Francia… y quizá otros países de Europa; la semilla ha sido sembrada en París, y el ejercicio del derecho universal a la libertad de opinión, ha quedado marcado; el ataque estremece por la violencia y sus efectos.

Los terroristas habrán logrado su objetivo si los “humoristas” y otros informadores antisolemnes de aquí en adelante se la piensan dos veces antes de volver a provocar a aquellos para quienes la risa es una blasfemia. “Cuando se asesina a periodista, no es para que deje de escribir o dibujar sus ocurrencias, sino para que quienes quedamos vivos dejemos de hacerlo”, comenta el periodista Francisco Fonseca.

Los atacantes del semanario Charlie, franceses de nacimiento, son fanáticos guerreros yihaidistas, parte de los cientos o quizás miles que año con año viajan a los enclaves extremistas en países como Siria para adiestrarse en la “guerra santa” contra los “demonios” de su fe; así lo confirma su eficacia mortal.

Pero esos “guerreros” también son franceses excluidos y discriminados; ciudadanos de segunda frente a judíos, protestantes y católicos.

No es casual que el terror se instale en París, corazón de la nación europea con mayor número de musulmanes, pero también con una de las corrientes de derecha más radicales de todo el viejo continente.

No se necesita ser profeta para adivinar la fuerza que cobrarán todas aquellas voces islamofóbicas que ven una amenaza en la migración. La ultraderecha francesa, pero también la alemana y otros grupos racistas diseminados en toda Europa tienen el pretexto perfecto para endurecer posturas y ganar adeptos. Lo ocurrido en París también abre una puerta al fascismo montado en el dolor por el terrorismo.

EL MONJE LOCO: ¿La libertad de expresión, de verdad no tiene límites?

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