
Atiende Gobierno de Guerrero a alcaldes de la región Centro y La Montaña
Mi entrada al inframundo fue cuando vi un taxi que se dirigía en sentido contrario, en busca de clientes los primeros minutos del domingo, a la zona donde se presumían las mejores acrobacias de los míticos caballos de acero en este desvencijado puerto.
La bienvenido a Sodoma y Gomorra motorizada fue una banda de viento que soplaba piezas populares, olor a marihuana y las chavas orgullosas de sus atuendos con sus gorras, atentos a sus motos y a sus carros cuando desfilaban otros participantes de la reunión de motociclistas que circulaban sobre la avenida Costera Miguel Alemán, en el tramo de la Condesa.
Chicas semidesnundas, chavos esculturales, motocicletas ruidosas deambulaban, delgados con las manos cubrieron sus narices y bocas. Todos caminaban como sonámbulos en la banqueta o paraban el tráfico de la principal vía turística del puerto para llegar al otro lado de la vía, donde también había fiestas en excesos.
Esta edición del Acamoto no reunió a los miles de motociclistas, pero sí llegaron algunos cientos luego de la devastación que dejó el huracán Otis hace casi siete meses.
A pesar de la destrucción llegaron a su mítica reunión de mayo, pues no podrían faltar a la ciudad donde todo se les permite, donde todos viven la maravillosa fantasía del paraíso perdido, y donde nada pasará hasta en tanto no mueran.
La Condesa, inigualable, ruidosa, estrafalaria e iluminada como si el meteoro no hubiera pasado por ella, pero la exhibían los postes desnudos o los cristales titularnos aún en el asfalto.
Y sí, fue una larga madrugada en la que los motociclistas ocuparon ambos sentidos de la Costera, haciendo rugir los motores de sus vehículos, con sus chavas, presumiendo sus carros o simplemente divirtiéndose.
El desfile interminable de los caballos de acero y plástico se escuchó de manera insistente en ambos sentidos de la Costera, pues este año, ante la advertencia de multas, ocuparon el sentido de la Base al Centro.
No obstante de la amenaza del fin de la diversión, los cientos de motociclistas ocuparon diferentes puntos de la Condesa para exhibir sus hazañas y mostrarse triunfalistas por haber dejado una enorme derrama económica en la ciudad, ayudando así a los necesitados acapulqueños que viven del turismo, a pesar de atender los servicios en una ciudad que se equipara a Sodoma y Gomorra.