Eclipse de mar y locura

Con tu permiso Luis Eduardo… pobres de nosotros que con(ciencia) y con religión no paramos la rueca de la muerte.

Es noche aún y ya es tarde, dice el reloj implacable. Desnudo, cubierto de un cielo ralo y protector de una sábana vieja. Es domingo de cambio de horario, las reglas dicen que debo estar arriba. Mi cuerpo viejo niega cualquier lógica y toma la oferta de paso, cercana, la cama como pan caliente para los hambrientos de deseos. Yo pecador.

Hoy no es un día especial, ni siquiera un Domingo de Ramos, es una jornada más de silencio en un eclipse de mar y locura. Corro a encontrar la cafetera que me entrega maternal su agua negra, humeante, caliente. ¿No sé por qué te llaman café?

No sé por dónde iniciar la faena, ausente de interlocutores, de contertulios, que me ayuden a ahuyentar el miedo y a decirme: “brother, aún estamos vivos”.  Y me digo, prefiero amar y pecar.

“Decir espera, es un crimen; decir mañana, es igual que matar”, decía un amigo que hacía canciones y que no quiero contradecir, menos ahora. Hoy en mi encierro, no quiero esperar y quiero el día nuevo, aunque haya que matar ¡Pero prefiero amar y pecar! ¡Aleluya!

Son tiempos de Pascua, en la hora de la hora de nuestra muerte. En este trecho de horas desveladas e interminables me consagro como vino y ofrezco mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón. Y me quedo sin palabras, mudo, al fin que el mundo ya tiene demasiados profetas, dijera mi amigo el cantante, alquimistas de la mentira y profesionales que cantan su verdad.

¡Oh Madre de bondad! Que estoy seguro, si existe ese espacio tizú, que idealicé en las tardes dominicales de catecismo bajo los viejos pilastrones de la iglesia de mi pueblo, te encuentras en el cielo. Guárdame desde donde estoy guardado con vista al mar y protégeme de la peste como un hijo tuyo. ¡Bendíceme!

Mi amigo el cantautor me dijo sin conocerle personalmente que “sólo morir permanece/como la más inmutable razón, vivir es un accidente/un ejercicio de gozo y dolor”. Yo prefiero amar y pecar.

Y me dice el corazón que este accidente que nos correspondió a cada uno, en un mundo sin certezas, congela de miedo el saberlo, la ciencia adorada como un Dios, desprestigiada, en la oscuridad, se arrastra a la humanidad en un gran ataúd de verdades ¿Quién mintió? ¿Quién abrió la caja de Pandora en los laboratorios de la guerra y la muerte del imperio?

Los niños exigen respuestas como si tuvieran la cuchilla sobre las pupilas y les damos coartadas, nos cortamos la mano habitadas por hormigas, como los maestros en la escuela. ¡Aleluya!

Y aquí sin guirnaldas en el pelo estoy sorbiendo el silencio del café caliente, humeante… esperando la resurrección que viaja en un tranvía retrasado, en una estación invernal por una turba de locos de pelo largo que grafitean en los vagones: “¡No hay futuro!”

Ya pasó el séptimo día, estoy cansado y no duermo, sueño. En la pared veo, instintivo, desprovisto de arrepentimiento, sin pedir perdón de mis pecados, eso dicen qué hay que hacer… Arriba, en el muro de mis lamentos, veo a un hombre sangrando, con las manos y los pies clavados que mira al cielo. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Prefiero amar y pecar!