Izquierda y derecha democrática contra la corrupción

El discurso como moneda de uso se desgasta en la confrontación política actual en México entre un grupo que se hizo del poder político a través de las reglas democráticas burguesas creadas por los perdedores y la contra.

Los ahora opositores, los más ruidosos, claman por la restauración de una estructura aún sin desarmar, y se manifiestan en contra de un proyecto que se basa en las reglas del mercado, sobre terreno parejo, en los principios fundacionales del capitalismo, democracia y competencia.

Ahí el detalle de la inconformidad de la oligarquía nacional, de su insano placer por el proteccionismo y el “capitalismo de cuates”. Su rechazo a la competencia y la defensa a la ultranza de un sistema-nación que siempre fue su matria que les otorgó confort, protección a lo mejor de sus hijos, mientras la mayoría de mexicanos eran tratados como entenados por una madrastra poco amorosa, autoritaria y desalmada.

En la sólida nata de este mar de fondo, en el discurso diario, todo se ha reducido a un simple binomio ideológico, a un conflicto entre izquierda y derecha, del que se bifurcan una serie de pares oponente, entre ellos, conservadores y liberales, demócratas y autócratas, ricos y pobres, buenos y malos, hasta la descripción pormenorizada, personalizada e institucionalizada: todos aquellos individuos, organizaciones, partidos políticos opositores a Morena y al proyecto de la 4T.

Y en el fondo, lo que nos ata y nos desata, a tirios y troyanos, a izquierdas y derechas, es el rechazo a la corrupción gubernamental que imperó en los últimos 90 años y a través de la que se construyeron fortunas, monopolios e intereses que nos llevaron al despeñadero moral y económico como sociedad.

La llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador y su gobierno se basó en este descontento generalizado de la población, en esta promesa, en esta última esperanza que expresó un pueblo cansado y hastiado de los partidos políticos que habían gobernado, PRI, PAN,PRD y organizaciones satélites, en un voto masivo contra la corrupción.

Y como todo movimiento de masas no escapa a las filtraciones del oportunismo. La propuesta de Morena se fue cargando con la migración de gente y organizaciones contaminadas por el virus de la corrupción y ahora en el poder, en la representación popular, Cámaras de Diputados y Senadores, en el gobierno, en el empresariado, en la Iglesia; en Morena se reproducen las prácticas nefandas de la corrupción política nacional del pasado: nepotismo, negocios entre amigos, moches, aplanadoras para aplastar a la oposición.

Las prácticas del prianismo que la gente buscaba desterrar se asoman tímidamente en el cuerpo del gobierno de la 4T y que se tienen que combatir desde afuera con la denuncia pública y desde dentro siguiendo el ejemplo al que nos convoca cada mañana el presidente Andrés Manuel López Obrador. Al despertar, los votantes vieron que los apellidos del régimen pasado y sus prácticas corruptas siguen allí, haciendo daño a la promesa de transformación.

El final de los regímenes de la Revolución fue marcado por la corrupción y el desprestigio de una clase política que se hizo del poder con las armas y con la fuerza lo mantuvo. Esos grupos corruptos hasta con las armas lo pretenden recuperar.

Más allá del lugar que se ocupe en la geografía política, la izquierda y derecha democrática que han luchado y luchan contra la corrupción, deben de aceptar las acciones del régimen contra esta cultura que ha deteriorado el país y exigirle al gobierno no sólo barrer las escaleras, sino también aspirar la casa para poder construir una sociedad nueva.

Y la polarización, la descalificación política en la palestra pública, a través de las redes sociales, aquellas sin fundamento, sólo hay que verla como la molestia personal de opinadores lastimados en su forma de vida actual por las acciones implementadas por el gobierno.

Cualquier tema que toque el presidente es motivo de debate entre Montescos y Capuletos, para calificar o descalificarlo, mientras se descuida a Verona y a la mayoría de sus ciudadanos que no están en el debate público en las benditas redes sociales, sino trabajando en lo que sea, algunos hasta para pasar el día.

Izquierda y derecha democrática deben aspirar a un modelo de desarrollo económico “en el que la competición haga más fuerte a todas las partes y, en la medida de lo posible, todos ganen”.

Y el estado de bienestar debe concentrar sus esfuerzos en niños, mujeres, ancianos, los tres grupos sociales que están en la base de muchas de las desigualdades existentes (Gosta Esping-Andersen y Bruno Palier, los tres grandes retos del estado del bienestar).

Toda la gente de bien contra la corrupción del pasado y la actual, ya sea política, religiosa, empresarial o social. El país lo reclama y hoy es la última oportunidad para iniciarla, tomémosle la palabra a AMLO y su gobierno llegado al poder con la legitimidad de los votos.

Hay que quitarles las falsas banderas libertarias a los ultraderechistas, hoy vestidos de ovejas democráticas, porque ellos quieren el orden “democrático, liberal” -incluso a través del uso de la violencia- y quieren construir un sistema estatal autoritario o incluso totalitario, basado en el nacionalismo y el racismo. Malas noticias: eso es lo que ocurre en este año que vivimos en peligro.