¡Bienvenidos, hermanos migrantes!

Foto: Pedro Pardo

Con el testimonio gráfico del extraordinario fotoreportero Pedro Pardo, de la agencia AFP, que ilustra a lo largo y ancho el dolor, pero a la vez la esperanza, de la dolorosa marcha del sur pobre hacia el norte rico.

Todos somos (in)migrantes. Yo soy uno de ellos, expulsado de mi pueblo por el amor de mis padres que querían un mundo mejor para mí. A los 11 años salí de Huazolo, a mis 60 años aún no he podido regresar. En este prolongado viaje de casi toda la vida he vivido en Puebla, Ciudad de México, Acapulco. He recorrido el mundo con placer.

También en este tránsito como extranjero en su tierra he conocido el amor, el odio y el dolor. El dolor de no haber crecido junto a mi familia y mi entrañable comunidad: mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis amigos de infancia… los míos pues.

En la maleta que he cargado en mi viaje como migrante guardé el amor que me encontré en el camino, mis hijas, otras nuevas migrantes; la madre de mis hijas; y una nueva familia que yo escogí, mis amigos que viven y han vivido por las ciudades que pisé sus calles, muchos de ellos, también migrantes.

Como un caracol he llevado mi casa a la espalda, rechazado por mi condición de trotamundos, me he naturalizado en cada lugar que he estado: he sido poblano en la Angelópolis; he sido orgulloso defeño en las marchas políticas por Reforma, he gritado consignas por la libertad y el amor libre en el Zócalo de su ciudad; he sido guerrerense de mar construyendo espacios para la libertad, soy acapulqueño por decisión propia, cevichero peleado con su insensible oligarquía, porque amo este lugar, tanto como comer relleno de cuche cuitero los domingos, comer tacos dorados en aceite y ablandados en un plato de consomé de pollo… lo que se me hace una contradicción, pero al fin al cabo, una revelación ontológica que da material para que los conservadores estudiosos de la identidad construyan hipótesis en sus cubículos y justifiquen becas de tiempo completo.

Pero frente a todo esto, no cambio por nada a mi pueblo mixteco, oaxaqueño, que tiene nombre náhuatl y que al oírlo suena como si escucharas el tañir de las campanas de su viejo templo.

Amo su comida tanto como odio el volumen de sus bocinas. Pero haré lo imposible por volver ahí, a la tierra donde nací —deseo acariciado por todo migrante—, al lugar donde enterraron mi ombligo cuando mi madre me bien parió.

Cuando veo esta masa, de aquellos que cierran las puertas de su casa sin volver la vista atrás, dejar a los débiles, a los enfermos, agarrar lo poco que llevan encima, arrastrar los hijos, cruzar ríos, montañas para ir hacia la tierra prometida, no tengo menos que escribir estas letras sobre el dolor y la alegría que representa la migración.

Hermanos centroamericanos, bienvenidos y ojalá encuentren un Moisés que los guíe por los caminos, sin duda difíciles, como suelen ser los de la vida que no son como unos los piensa.

Veo en el horizonte un brazo de mar, que se abre frente a ustedes.

P.D. Gracias, amigo Pedro Pardo, por tu foto. Tan polisémica que al verla me motivó arrastrar la pluma esta mañana.