Crónica (a control remoto) de la toma de posesión

¡Qué puta contradicción! Hoy que termina el tiempo de zopilotes. Hoy que vislumbro a lontananza vientos nuevos de este tiempo mexicano. Hoy que veo la esperanza festiva golpear mis hombros por multitudes que emigran festivas como aves urbanas hacia el futuro por las calles de Ciudad de México, el cronista tiene problemas para construir la frase perfecta que describa lo que veo.

Estoy en primera fila, sin invitación oficial, café de Atoyac humeante desde mi taza preferida, abriendo los ojos, con el control remoto en mano, siguiendo la cobertura informativa, que no periodística, que hace la caja idiota, la gran puta nacional, siempre al servicio del presidente de la República, bien puteada, bien jodida, bien maquillada, bien vestida para matar, bien situada sin entender nada, lista para el show, hablo de la televisión privada mexicana.

Y para Danielle Iturbide, acostumbrada a la invención, exalta la llegada de la hija de Donald Trump, quien viene protegida en un dispositivo de “50 camionetas”, dice la autora de la telenovela Frida.

Para ella esa es la nota, las camionetas de los que asisten donde le colocarán la banda de “colores invertidos”, así dijo, a Andrés Manuel López Obrador.

Carlos Loret de Mola, desde el recinto de la Cámara de Diputados, intenta reacomodarse en el juego del que se autoexcluyó a lo largo del proceso electoral, intenta ser objetivo, siempre en primera persona, donde él ya ha entrevistado a todos. Él la nota desde su crónica bizarra ratificando lo que las imágenes dicen, el barroquismo del oportunismo, que es interrumpido en una guerra de divas, por la visión más periodística de Denise Maerker.

El gobernador de Guerrero Héctor Astudillo

Flores llega al recinto donde se ubica en ese lugar cerca del nuevo cielo de la Cuarta Transformación y en la que personajes de todas partes del país, del mundo, se han dado cita, en este espacio físico que es la síntesis de La República.

Los panistas y sus preferencias conservadoras levantando causas ajenas desde que quedaron desprovistos de bandera locales cuando los ciudadanos mexicanos los sacaron del gobierno, les quitaron representatividad, y que los enviaron casi casi a la extinción: Maduro no eres bienvenido.

René Juárez Cisneros habla en nombre de los priístas, fijando posición, y llama Alejandro a Andrés Manuel López Obrador. Y promete que el PRI no será expectador como lo fue a lo largo del sexenio que se va, al que no fueron capaces de parar en sus excesos, sus escándalos, su corrupción, que según el oaxaqueño Ulises Ruiz, sin calidad moral para hablar de honestidad, los llevaron a perder el control de la caja registradora que los posicionó a su paso por la administración pública como nuevos ricos.

Lo que le preocupa al negro de la costa acapulqueña es la figura de los delegados donde, dijo, se incuban aspiraciones.

Vaya descubrimiento. Quién lo dice. Los que tienen el copyright de la creación de candidatos a gobernaturas, presidencias municipales, diputaciones, desde las oficinas de las dependencias públicas.

Y AMLO sale de su casa. Sólo se ve el techo blanco del Jetta entre una multitud de cámaras y carne morena. No se ven las Suburbans a que nos había acostumbrado el poder.

“No se parece a los presidentes a que el sistema prianista nos acostumbró. Y qué bueno”, dice un anónimo vocero que puede ser uno de 30 millones de los que gritan: “Es un honor estar con Obrador”.

Y Enrique Peña Nieto, desmejorado, con rastros en los que se denotan insomnios que ni los somníferos, los Prozac, pudieron combatir, promete que tratará de reinventarse. Pufff… la invención requiere inteligencia e imaginación.

Ciro Gómez Leyva, de Imagen Televisión, quien hace días comenzó a dar mensajes de cambio en su discurso acorde a la Cuarta Transformación, acompañado de Pascal Beltrán del Río hacen cobertura periodística moderada.

Muchos invitados. Aún no llega AMLO a la Cámara, va en su auto, donde le pondrán la bandera en el pecho y que lo hará presidente de esta República amorosa donde ya inició, en el imaginario de más de 30 millones de personas, la Cuarta Transformación.

Pero me quedó aquí, con el testimonio que estrujó mi corazón, el joven en bicicleta que alcanzó el Jetta blanco: “¡No tienes derecho a fallarnos!”.