
Hoja verde
Rapsodia en agosto
Siendo muy joven, estando estudiando la preparatoria en la ciudad de Puebla, en cada periodo vacacional me refugiaba en Huazolotitlán y me tocaban las fiestas de diciembre, la Semana Santa, las lluvias de agosto y las infinitas chingas, de sol a sol, que era empastar los encierros de mi padre para dar de comer a las señoras vacas, que eran también, las que daban de comer a la familia y a nosotros.
Mis hermanos recuerdan estas jornadas, pesadas sin duda, con nostalgia y alegría sin concesión alguna. Las que no escapaban al juego infantil que despertaba la ira de mi padre que siempre vio en nosotros adultos trabajadores.
Al recordar aquellos pasajes no hemos podido evitar que los ojos se nos llenen de lágrimas como un aguaje o reír hasta desternillarse. No es que en esta acción perdiéramos un tornillo que ya nos faltaba, sino que reíamos como loquitos hasta dejar las ternillas de las mandíbulas adoloridas. Ya no he podido reír así nunca más.
De los tres periodos vacacionales, no hay como los de julio y agosto, en primera, por su extensión, y luego por las torrenciales lluvias, los tepaquiahues, las sopas de chipiles, las olorosas tlayudas de maíz nuevo, la salsa de tomate y chiles verdes hervidos, el queso fresco de aro envueltas en hojas de Yucucata y por la tarde las cascaritas de fútbol en la playa mojada.
Agosto huele a manzanas y a duraznos. Si hubiera que pintarlo de algún color, lo teñiría de verde, del terciopelo de los chareos y el óxido de sus cascabeles. Si tuviera que colocarle una banda sonora al paso de mi vida por aquí en esta tierra sería la flauta y el tambor que describa cada imagen de esta tierra prometida, al menos para mi madre y su prole, la que nunca pensó que existiera mejor lugar para vivir y morir que este pedazo de tierra de la Costa Chica, para ella y los suyos. Aunque siempre les temió a los temblores de septiembre como al infierno.
Decía que estando en la preparatoria me vino el gusto por platicar con mi abuelo, en ese tiempo también se fue despertando en mi un creciente interés por la historia local, porque la historia mayor, nada o poco habla de mi tierra.
Era como si Huazolo no perteneciera a nada. No tuviera un origen, ni un desarrollo, y tan solo solo fuera habitado por indios y negros salidos por generación espontánea entre las ruinas de su viejo templo, de entre los muros robustos de las barrancas derribados por los arroyos provocados por las torrenciales lluvias de julio y agosto y sus recurrentes tepaquiahues. Un eslabón perdido en él laberinto de nuestra jaula de melancolía que testifica el silencio de nuestro viejo templo dominico y su ciego reloj de sol que no marca ni distingue ni el día ni la noche.
Recuerdo más de un temporal que duró hasta una decena trágica de lluvias intensas, noches y días, hasta que las casas de adobe, las menos, quedaban descabezadas y las más derrumbadas con su carga de palos viejos y tejas rotas.
Después de la lluvia, los patios vacíos, llenos de charcos y lodazales poblados de pequeñas mariposas blancas y amarillas que revoloteaban alegres festejando la luz tierna del sol tímido y volaban ante el menor movimiento para volver a lamer el mismo lugar.
Las pocas casas de adobe en pie eran sostenidas apenas por vigas viejas de quebracho como puntales o de plano dejadas como cobertizo para los cuches.
Mi abuelo, Arsenio de los Santos Moar, Moire, lo escriben otros pronunciándolo como se diría en francés, era un hombre de pocas lecturas, tal vez sólo la biblia y otros textos cristianos de los que él citaba frases sabias para cualquier circunstancia.
Era profundamente creyente y para todo se encomendaba a Dios. Pagaba sus diezmos y participaba en los ritos católicos de importancia, no faltaba a las peregrinaciones matutinas, vespertinas y nocturnas de Semana Santa llevando una gran vela de cera de abejas con su moño de papel de china color morado. Era miembro de la Cofradía del Santo Entierro.
Así era Arsenio de los Santos Moar, espigado, moreno, ojos verdes como las esmeraldas. Mi madre se parecía mucho a él, en lo físico y en su carácter relajado, comprensivo y amoroso.
Calzón de manta amarrado hacia atrás de una pobreza franciscana, vigilaba día y noche a centenas de bolas de carne vacuna que llevaba su fierro marcador (ASM) las que sesteaban bajo un cielo verde protector de parotas.
Lo católico le viene de su madre, Candelaria Moar, Mamá Yaya, matriarca, Mamá Grande, viuda que dirigió a la prole y a su rancho ganadero en el umbral de los años de la Revolución. A pesar de la inseguridad, alzamientos, pillaje, gavillas, que dejó hasta en años posteriores el alzamiento social, mantuvo el bastón de mando, con sus faldas largas hasta los tobillos, garantizando para los suyos cierta bonanza para los años venideros.
Mi abuelo, Papá Cheno, hombre de pocas palabras y que sabía honrarla. Para él no valían ni las firmas, ni la fe notarial, como la palabra y había que respetarla. Por él sé un poco de historia familiar, de mi pueblo y de mi región, sobre todo el tiempo a que a él le tocó testimoniar.
En este tiempo de neblinas sobre los cerros que rodean esta cañada que es Huazolo me daba por escuchar las historias contadas por mi abuelo, una pieza musical a mis oídos como una rapsodia en agosto.