
Hoja verde
La Costera es un gran establo
No sólo hay una humanidad que viaja por la vida en primera clase. Tambien hay animales.
Entre ellos, los caballos de los ricos que adquieren como costosos juguetes para su placer personal, exibicionistas, como los que desfilaron este sábado por la Costera Miguel Alemán, dejando su sello característico: pequeños y pestilentes montículos de estiércol en inicio de putrefacción.
Un hedonismo pervertido hacia bestia que inicia con la selección racial, la pureza de sangre, la escuela de entrenamiento, la alimentación gourmet, los médicos, las cirugías, el maquillaje, la peluquería y la frivolidad.
Los equinos como extensión del hombre y viceversa. Equinos domesticados para el circo social en el mundo de las apariencias que patentizan la diferencia entre el ustedes y nosotros, entre poseer y no tener, en una sociedad expectadora, de salario mínimo menor a los noventa pesos.
El dramaturgo Peter Shaffer en 1973 escribió una pieza teatral que título como Equus. Ahí relata la historia de un psiquiatra que intenta tratar a un joven adolescente que padece, hasta entonces, una extraña patología, una fascinación casi religiosa y sexual por los caballos como la que llevan algunos cofrades de esta enfermedad ludopática.
También he sido testigo de escenas desgarradoras, machistas, de esta incultura de los caballos en las que el propietario de la bestia saca la pistola súper y le da el tiro de gracia en la cabeza a su cuaco porque perdió la carrera.
¿Cuál es el mensaje de esta barbarie?
También he visto actos de amor de los jinetes hacia sus caballos como seres vivientes. He visto, y no en las telenovelas, ver llorar por un caballo. Atahualpa Yupanqui escribió una samba pidiendo el cielo para un buen caballo.
Y así por tercer año consecutivo, vemos con el pretexto de la promoción turística, desfilar a los señores de las bestias, el poder y el dinero, enseñar más de 500 equinos bien alimentados, bien educados, de piel lustrosa como la de sus dueños.
Y aquí se mezclan lo lícito y lo ilícito. Los propietarios de caballos que vienen de la cultura del esfuerzo y del dinero público. Políticos que a su paso por la administración se vuelven ganaderos, productores de caballos. De políticos a jefes.
La Costera es un gran establo. Caballos cesteando bajo las palmeras. Camionetas, trocas, remolques de lujo, motos poderosas, mozos uniformados. Las botas, los sombreros y el soundtrack de esta subcultura proveniente de las tierras del narco, la banda que narra historias de hombrez poderosos y de reputación cuestionada.
Los apellidos locales, de prosapia en el gusto por los caballos se codean con las nuevas fortunas, se unen, se mezclan, fortalecen el ADN para mantener el control. Lavan el rostro públicamente.
Y salen a palestra: Aguirres, Saldañas, Añorves, Ortegas, Justos, Marines, Iglesias, Baños, Albas, Jiménez, Salgados, Rumbos… Y más.
Las riquezas bien y mal habidas en este desfile de las vanidades que patrocina el Ayuntamiento de Acapulco encabezado por el presidente municipal Evodio Velázquez, proveniente de la Nueva Izquierda perredista, hijo de gallero, que gusta cantar ranchero, que lo ha llevado a la fama nacional con el tema Asesino de mujeres (Mátalas) que interpreta en la menor opurtunidad.
Y algunos acapulqueños salieron a mirar, a disfrutar, a sentir el medio rural, tan cerca y tan lejos, a disfrutar la cabalgata que ya se está convirtiendo en una tradición más del Acapulco turístico que sus empresarios no quieren pero no hacen nada para impedir por no salir de su exclusiva zona de confort.