La última guardia: el duelo por muerte de un ser querido tras Otis
El concepto de actores políticos es un término que se consolidó en las ciencias sociales en la segunda mitad del siglo XX. Autores como Easton, Almond, Verba, Dahl y Sartori coincidieron en que son todos aquellos individuos o grupos de individuos, organizaciones o instituciones que cuentan con la capacidad de influir en la toma de decisiones públicas, en los procesos políticos y, en general, en la distribución del poder en una sociedad.
El concepto se traslada a la ciencia política, como es evidente, desde las obras de teatro. En ellas, sobre el escenario —metáfora del espacio público—, interactúan los personajes o actores porque participan en el acto, porque tienen capacidad de acción, porque actúan. A esa actuación se le conoce, en la tradición clásica, como dramatización; esto es, la encarnación de la expresión de la obra, del guion.
Si regresamos al concepto de las ciencias sociales, podemos decir que, en épocas electorales, por ejemplo, son actores políticos los partidos, las instituciones, la ciudadanía y, claro está, las y los candidatos que participan en el marco de un procedimiento —las elecciones— para acceder al poder. Sin embargo, en la política diaria, los actores políticos adoptan actitudes que rayan en el histrionismo, la jocosidad, el postureo o, de plano, la dramatización; es decir, la interpretación o representación de una situación que siempre está orientada a conseguir la aceptación del público. Parece, entonces, que los actores políticos se tornan en políticos actores.
Quizá por eso es muy común, más aún en épocas electorales, el baile, el canto, la gracia, aventarse a las multitudes y demás expresiones artísticas espontáneas, convenientes al fervor del momento. Milei, en Argentina, es capaz de aparecer lo mismo en conciertos como un rockstar que en un programa de televisión con una motosierra; Donald Trump, de quien mucho se ha hablado, puede ser visto en programas de comedia, de lucha libre o aparecer como extra en películas, como una estrella de cine. Hay una larga lista de ejemplos. Bastantes.
Pero las reflexiones al respecto, como los ejemplos, no son nuevas. Ya Maquiavelo afirmó que las personas suelen juzgar "más por los ojos que por las manos", en clara alusión a que, en la práctica política, vale más lo que se puede aparentar con la actuación que aquello que los hechos puedan constatar.
Todos los casos son peculiares, pero siempre el origen es destino. Pisístrato, en la antigua Grecia, dio muerte a la democracia con estas estrategias. Por ejemplo, el político participaba en las festividades de la polis cantando, siendo extremadamente afable, y cuentan que muchas veces se hacía acompañar de una mujer con características físicas semejantes a las de la diosa Atenea (patrona de la ciudad) para incrementar su aceptación. También se sabe que un día simuló un atentado, del que se dijo víctima, por lo que propuso a la asamblea, en el Ágora, dotarlo de protección. Los ciudadanos se la concedieron y le asignaron cincuenta guerreros armados, con los que después dio un golpe de Estado, erigiéndose como dictador. Qué peculiares desenlaces.