El monstruo de la desigualdad

Si están hasta la coronilla de malas noticias, les recomiendo dejar de leer, porque enseguida compartiré tres de las peores.

La primera.

Según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), más del 44 por ciento de los mexicanos son pobres.

Mala, muy mala noticia, ¿a poco no?

Aunque seguro varios preguntarán retóricos que ¿cuál novedad?, que ya lo sabían.

La segunda.

Lo peor no es que en México haya tanta pobreza, porque de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el año pasado los 10 mexicanos más ricos ganaron lo mismo que 60 millones de pobres.

¿Qué tan cuadrado les quedó el ojo?

Parafraseando a López Obrador, comparados con esta ilustre decena, los políticos corruptos parecen niños de kinder, ¿a poco no?

Es más que obvio que lo que a todos indigna son los grandes salarios de los servidores públicos, los diputados, los senadores y los jueces. En las redes sociales y en la prensa tradicional, la condena y el escándalo son pan de cada día.

Sin embargo, aunque la noticia de que 10 empresarios ganan lo mismo que 60 millones de personas es nueva y aparentemente más grave, pasó casi desapercibida para los medios y sus públicos.

Apenas el pasado 29 de agosto, la UNAM presentó el informe “La ineficiencia de la desigualdad”, elaborado por la CEPAL. Ese día, el rector Enrique Graue Wiechers señaló que “al crecer la pobreza y acrecentarse la brecha de desigualdad las oportunidades escasean, la desesperanza crece; se generan tensiones sociales y con ello inseguridad. La cultura del privilegio alimenta la corrupción y las carencias de los satisfactores sociales conllevan a un deterioro ambiental”.

En su participación, Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, también subrayó la urgencia “de igualar para crecer, porque la desigualdad es injusta, ineficiente e insostenible, y genera instituciones que no promueven la productividad y la innovación; porque castiga la pertenencia de clase, etnia, género, y lleva a su máxima consecuencia la cultura del privilegio que naturaliza las desigualdades, lo que es inaceptable”.

‘Pobrecitos políticos’, pensé medio sarcástico al terminar la nota sobre el informe. Es verdad, tienen cola muy larga que les pisen, pero los hemos convertido en chivos expiatorios cuando los verdaderos ganones del saqueo son otros, los magnates multimillonarios que confirman que los poderes fácticos no pertenecen al gobierno, sino a los dueños de la lana.

La tercera.

¿Así o más peores?, les pregunto retórico sobre las anteriores, antes de compartirles la más pior.

A pesar de que los políticos corruptos son los villanos favoritos del melodrama nacional, de poco o nada sirve (que no sea simple desahogo catártico), la desigualdad y la inequidad no son exclusivos de México, ni culpa exclusiva de sus transas, ni siquiera de los excesos impunes de la decena infame.

De acuerdo con datos del Oxfam (siglas en inglés del Oxford Committee for Famine Relief), “el uno por ciento de los ricos del mundo acumula el 82 por ciento de la riqueza global”.

La organización caritativa británica afirma que la riqueza del mundo no sólo sigue en manos de una pequeñísima minoría, sino que el año pasado la brecha entre los superricos y los pobres se agrandó aún más.

La ONG responsabiliza de esta desigualdad a la evasión de impuestos, la influencia de las empresas en la política, la erosión de los derechos de los trabajadores y el recorte de gastos.

Durante los últimos cinco años, Oxfam ha publicado informes simulares. Para 2017 calculó que las ocho personas más ricas del planeta tenían tanto dinero como la mitad más pobre.

Sin embargo, ese mismo año la organización, ajustó la cifra a 61 y dijo que la revisión se debía a una mejora en los datos, pero que la “ampliación en la desigualdad” continuaba.

El presidente ejecutivo de Oxfam, Mark Goldring, explicó que el constante reajuste de las cifras se debía a que el informe está basado “en los mejores datos disponibles en ese momento”, pero afirmó que “como se vea, este es un nivel inaceptable de desigualdad”.

Por eso, aunque el problema sea de muchos, de poco consuelo sirve en países donde la desigualdad es particularmente inaceptable, como México.

Por eso, el rector Enrique Graue Wiechers dice que la inequidad “es como un monstruo que se alimenta a sí mismo”, y advierte que “si no la combatimos, nos destruirá”.

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