Ciudades democráticas

Hasta ahora, la democracia electoral no ha mejorado mucho la calidad de nuestras ciudades ni la calidad de vida de la gente, en función de los derechos y libertades de los ciudadanos.

¿O somos una comunidad armónica y en paz, de gente satisfecha, creativa, optimista y productiva?

La pregunta, obviamente, es retórica.

Porque la mayor promesa no cumplida de cualquier gobierno democrático, que busque en serio bien común y justicia para todos, es la “felicidad” de su pueblo. Idealista, romántica e ingenua si quieren, pero en esa noción de “felicidad” radica el fin básico de todo buen gobierno democrático. Y el centro generador de ese bienestar colectivo es la ciudad.

¿Pero cómo sería la ‘maqueta’ de algo así?

“Una ciudad buena es una ciudad en donde la gente quiere estar en la calle, le gusta salir con cualquier pretexto: a comprar un pan, a caminar, a sentarse en una banca en el parque. Y no le gusta ir al centro comercial. A nadie se le ocurre meterse a un shopping mall cuando está en París o en Nueva York. Eso no existe. Una buena ciudad es una ciudad donde gente distinta se encuentra en la calle, en los parques, en el transporte público, gente rica y gente pobre. Y donde la gente camina”.

Así la describe el político colombiano Enrique Peñalosa, quien cobró notoriedad cuando fue alcalde de Bogotá de 1998 a 2001, por promover sistemas de transporte público tipo metrobús, ampliar banquetas, establecer calles peatonales y ciclovías en ciudades que parecían dominadas por el automóvil.

Comparto algunos comentarios de Peñalosa, porque su lucidez humanista y democrática me parece una aguja de oro, en el enorme pajar de la política mexicana.

“Hay un par de principios que son muy poderosos. Un principio es el que está en todas las constituciones del mundo, todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Otro principio es que el interés general prevalece sobre el particular. Si el interés general prevalece sobre el particular, por ejemplo, no puede haber playas privadas. Si el interés general prevalece sobre el particular, posiblemente un club con campo de golf en la mitad de una zona densamente poblada puede convertirse en un parque.

“Los centros comerciales están diseñados para cierto nivel socioeconómico. Y hay algunos para los ciudadanos de ingresos altos, que están diseñados para que los pobres se sientan incómodos y no vayan. Son ambientes excluyentes, ls condominios cerrados hacen sentir inferiores a los que no pueden entrar. Los parques son mucho más incluyentes que un club privado, la calle y el comercio de calle es mucho más incluyente que un shopping mall.

“Por ejemplo, en la ciudad de México la mayoría de la población se moviliza en microbús, se mueven muchas más personas en micro que en automóvil particular, sin embargo las mejores vías, las más rápidas, se reservan exclusivamente para los automóviles, no para los microbuses. Eso no parece muy democrático. Uno pensaría que desde la perspectiva democrática, todos los grandes ejes viales que atraviesan la ciudad deberían de tener carriles exclusivos para autobuses; entre otros, no sólo por democracia sino porque es la manera más eficiente de usar ese espacio vial, desde el punto de vista de ingeniería. Toda la discusión es de igualdad; es decir, si nosotros destinamos todas las vías de la ciudad exclusivamente para autobuses, en dos días resolvemos el problema de movilidad.

“Las ciudades en desarrollo, como la ciudad de México o Bogotá, por lo general lo que hacen es exigir cajones de estacionamiento a nuevas edificaciones, un mínimo. Pero en las ciudades avanzadas es lo contrario, en Londres desde hace más de 40 años está prohibido que se hagan estacionamientos aun en los espacios privados.

“El Estado no tiene ninguna obligación de proveer estacionamiento a los automóviles, de manera que si los ciudadanos van y le dicen al gobierno: “¿Por qué amplían la banqueta y quita el estacionamiento? ¿Dónde voy a estacionarme ahora?”. El alcalde le puede decir: ‘Ése no es problema mío, es como si usted viene y me pregunta dónde va a guardar su comida o su ropa, ése es un problema privado que debe ser resuelto en espacios privados con recursos privados’.

“El espacio vial no le pertenece más a los que tienen carro que a los que no, le pertenece al niño que va en un triciclo de la misma manera que a quien va en un carro de lujo. La pregunta es cómo distribuir ese espacio vial, entre peatones, ciclistas, buses y automóviles particulares. Y esta es una decisión política.

“Se está discutiendo cómo utilizar un recurso público, y cuando es público significa que le pertenece a todos por igual”. 

Vaya diferencia del debate político cuando se nutre de ideas democráticas que atañen a todos, que cuando sólo se discuten los intereses de pocos.

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