Silencios pertinentes

Como saben los decanos lectores, varias ocasiones han sido pertinentes para el silencio de este espacio, como el de la semana pasada, a pesar de las suspicacias. “No te hagas güey, tu silencio editorial no es más que una forma elegante, según tú, de no entregar tu columna cuando te da güeva escribir o no sabes cómo defender a tu presidente”, me sorrajó alevoso un broder-lector. ‘Endejo’, le contesté acosteñado, previo chasquido de lengua y una sonrisilla torcida, con actitud de ‘tas mal’. Reconozco, sin embargo, que su comentario me enmuinó, y los días siguientes la muina fue escalando por motivos encontrados.

Uno, porque entendí cuánta razón tenían (y tienen) los que practican y defienden la secrecía del sufragio, los fieles a la creencia de que en boca cerrada no entran moscas, los que responden ‘el voto es secreto’.

Aunque el argumento parece innecesario, hasta paranóico, en una sociedad democrática, para ciudadanos con derecho y libertad de expresar sus opiniones y simpatías políticas, en los últimos años sobran evidencias para entender semejante cautela, sobre todo desde la primera alternancia presidencial.

Y es que la euforia inicial de los electores confesos del triunfador, siempre se ha vuelto suplicio en la medida del desencanto por los habituales errores e incumplimientos de los ungidos, las incidencias de la normal anormalidad democrática mexicana, y el constante y creciente mal humor social.

‘El pez por su boca muere’, sentencian los contrarios; ‘en el pecado llevan la penitencia’, recriminan a los confesos votantes del electo. El estigma queda: ‘ustedes son los culpables’.

No digo que el disenso y la discusión sean malos, al contrario, en la democracia son contrapesos necesarios, pertinentes, positivos y a menudo útiles. Pero cuando en vez de disentir se ofende y agrede, en lugar de discutir se descalifica y ridiculiza, nadie gana y todos pierden, nadie aprende y todos retroceden.

Quizá exagero, dramatizo, porque no atendí la conseja de los que no revelan por quién votan en la elección del presidente López Obrador, y por ende he padecido la retahíla animosa de los que votaron por otros. Retahíla que nunca fue más intensa, agria y fastidiosa como ahora, empoderada por las redes sociales, y agitada por la frustración de los perdedores y la provocación de los ganadores.

En mi defensa, aclaro que me enmuiné porque el comentario del citado broder-lector lo hizo con toda alevosía; luego de ocho meses del gobierno de AMLO sometido a los malos modos y peores maneras de sus detractores, ya andaba hasta la coronilla, como dice mi madre, ‘de mirame y no me toques’.

Tendenciosamente alevoso, porque lo hizo en el contexto de temas particularmente conflictivos y adversos para la causa del presidente: los recortes y despidos en el sector Salud, la renuncia del director del IMSS, Germán Martínez, y su acusación de que el “hampa del periodismo” estaba afectando a su gobierno.

Es decir, escribir sobre el presidente en ese entorno obligaba la critica, pues los datos negativos eran muy sólidos, y las versiones oficiales muy endebles. Pero el silencio no fue para mantener cerrada la boca y evitar la entrada de las moscas, sino porque nada aportaría a la abrumadora estridencia descalificadora.

Entiendo la suspicacia del referido, porque sabe que voté por él, pero olvidó que cuando socialicé mi sufragio aclaré varios puntos: qué mi voto no significaba militancia incondicional, y mucho menos aplaudir todos sus decires y haceres sin juicio crítico; que de hecho sería inquisitivo y vigiliante del cumplimiento de sus principales promesas de campaña -combate a la corrupción, fin de la impunidad, modificar la forma y el fondo del ejercicio del poder-; transparencia y cuantas claras; detener la violencia criminal y legal; y reconstruir la paz y el tejido social.

Y no, tampoco me siento satisfecho ni tranquilo con lo dicho y hecho en los primeros siete meses del gobierno de López Obrador. Existen razones y causas para la duda y la preocupacion. Pero a diferencia de muchos, no deseo que le vaya mal, al contrario, como tanto repiten sus adversarios, si le va bien al presidente, nos irá bien a la mayoría, y sigo creyendo que a México le urge cambiar.

Aunque mi citado broder-lector dude del motivo de mis silencios, dudo y me preocupan más los detractores sistemáticos, porque en ellos percibo más odio y resentimiento, que sensatez y razonamiento.

Como dice la escritora Margo Glantz, porque en estos tiempos “las redes sociales intensifican la incapacidad de jerarquizar noticias, de enfrentar la realidad llena de pequeños holocaustos y de atreverse a pensar diferente”.

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