El cristal con que se mira

En los resultados de las elecciones del pasado domingo, hay quienes vieron ganar al presidente López Obrador, dicen que salió fortalecido de la jornada. Los mismos vieron ganar a Morena, porque arrasó en Baja California y arrebató al PAN la elección extraordinaria en Puebla.

Pero hay quienes los vieron perder, porque la jornada confirmó que Morena no es un movimiento nacional, sólo otro partido político.

Otros vieron ganar al PAN, porque arrasó en Tamaulipas, se llevó el 84 por ciento de los votos en Aguascalientes, y porque con Morena, fue el único partido que avanzó.

Pero también otros lo vieron perder, porque le derrota en BC demostró su desgaste en el poder y la fuerza de López Obrador.

Pocos vieron ganar al PRI, porque donde participó sin alianzas logró una votación similar o superior a la obtenida en 2018, “son buenos, tomando en cuenta la estrepitosa derrota en la pasada elección presidencial”, matizó la senadora Claudia Ruiz Massieu.

Pero muchos lo vieron como el gran perdedor, porque hace seis años perdieron Baja California por tres puntos y ahora no pintaron.

Todos vieron perder al PRD. Nadie lo vio ganar.

¿Qué fotografía les parece más fiel y apegada a la realidad? ¿Cuál será el pulso más preciso y certero de la ciudadanía? Si me preguntan, parafraseando a Ramón de Campoamor, creo que nadie vio verdades ni mentiras, todo fue según el color del cristal con que vieron los resultados del domingo.

Natural, obvio, nada fuera de lo ordinario en estos casos.

Pero a juzgar por lo que dijeron los representantes de los partidos contendientes, lo malo es que a nadie o a casi nadie le pareció pertinente mirar según el color de la ciudadanía, de un cristal más revelador y menos engañoso que las cifras y los porcentajes. 

El contexto social planteaba mucho más que eso, la coyuntura electoral imponía mayor esfuerzo en el análisis, el momento y las circunstancias obligaban a la autocrítica, la complejidad política demandaba más claridad, y el desafío democrático exigía mejores argumentos.

Afortunadamente, también vimos que ganó el Instituto Nacional Electoral, porque organizó sin incidentes el proceso electoral extraordinario poblano, a pesar de las complicaciones; y vimos que perdió la violencia, porque con excepción de incidentes aislados, el saldo casi fue blanco.

Pero también vimos que ganó el abstencionismo, porque la participación apenas alcanzó el 30 por ciento del padrón, menos de la mitad de los que votaron en 2018.

Eso debe preocupar a todos, porque las grandes fiestas civicas que convocan victorias electorales como la de AMLO el año pasado, suelen tener efectos muy contraproducentes en la sociedad, si no generan cambios profundos y tangibles en el nivel político de los partidos, pueden desgastar aún más la confianza ciudadana en la alternancia democrática, si no elevan la calidad del debate entre los que aspiran al poder. 

Cuando se necesita articular el discurso de la 4T, el candidato de ‘Juntos haremos historia’ a la gubernatura de Puebla, Luis Miguel Barbosa, celebró simplista en su cierre de campaña: “vamos a ganar por mucho margen, con mucho margen y este no es un lugar para gritar y por eso no he gritado, la garganta me aguantó para cientos de discursos, pero créanme que este ganso no se cansa”.

Paradójicamente, la presidenta nacional priísta demostró más oficio que sus pares. Aunque reconoció que estaban obligados ‘a mirarse al espejo’, Ruiz Massieu señaló que la renovación del PRI es un proceso “que va a tomar tiempo. Estamos en un proceso de renovación de forma, de fondo y de estructura”.

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