El paisaje huele a sangre

Durante uno de sus viajes en su campaña para la Presidencia de México, en noviembre de 1929, José Vasconcelos preguntó a un grupo de jóvenes que lo acompañaban, a qué olía el campo mexicano. Obtuvo diversas respuestas, que el olor era a mezcal, a mole negro, a tlayudas, a todo lo que el imaginario colectivo podía capturar de la gastronomía y el paisaje. Sin embargo, con voz lúgubre, Vasconcelos sentenció, “el país huele a sangre”.

Casi un siglo después. México conserva el mismo aroma a dolor, a tragedia, a muerte, a dolor. La tierra del ombligo de la luna se tiñó de rojo por la sangre derramada en los últimos años de nuestra realidad cotidiana.

Hemos perdido el asombro, la muerte ya no nos toma por sorpresa, sino escuchemos al Güero, el vendedor de hamburguesas de Uruapan, al que los cuerpos colgados de un puente ya le parecen ornamentos de su ciudad.

Nuestro paisaje costumbrista se compone de lágrimas, traza sollozos y es el reflejo de un país herido víctima de grupos criminales sin reglas, sin límites.

de gobiernos superados y una sociedad cansada, o quizá indiferente, pero temerosa.

Los factores por los que hemos llegado hasta aquí son varios. Según el periodista británico Ioan Grillo, México padece hoy una insurgencia criminal, una rebelión armada que combate al Estado, dirigida por caudillos posmodernos, ávidos de poder y sin escrúpulos con tal de obtener sus objetivos.

Con la llegada de Felipe Calderón y su ahora hilarante figura de Comandante Borolas, estalló una guerra entre varios grupos criminales, que atizaron el fuego al desafiar a un Estado en descomposición, errático y sin estrategias claras. Luego, el gobierno de Peña Nieto declaró una brevísima tregua ante la crisis, para poco después regresar al camino de la guerra.

Hoy, hemos llegado a 2019 como el año más sangriento de la historia de México, el año en que el presidente López Obrador reconoció que ya no podía limitarse a culpar a los gobiernos anteriores -aunque no dice mentiras cuando los señala-, sino enfrentar los graves problemas que existen en este país.

Es decir, comenzó a contar sus muertos, los que directa o indirectamente hoy ya son su responsabilidad, esos quita risas que impiden que el pueblo sea feliz, feliz, feliz. Porque, con todo respeto señor presidente, ¿quién puede ser feliz en medio de este olor a muerte? ¿Quién puede estar feliz en la zozobra? ¿Quién puede sonreírle al miedo?

Nadie puede, ni debería ser feliz así.

Ojalá y usted, como lo ha dicho una y otra vez, obtenga el compromiso superior que ha marcado para su gobierno, el bienestar general de la población. O, aún más allá, como dijo en su informe de gobierno (no importa si fue el primero, el segundo o el tercero), el bienestar del alma. Porque la risa y la felicidad son los mejores síntomas del espíritu… y ahí, no hay mejores datos.

Pero no solo son los gobiernos los responsables de la barbarie. Hay una sociedad que en su mayoría comparte la cómoda noción de que la culpa es de terceros con tal de no reconocer y asumir su responsabilidad. Reclama al gobierno en turno, pero regresa al paternalismo cuando algo no funciona,

esa que señala inmisericorde al policía de colusión con los delincuentes,

que se indigna ante los gobiernos corruptos y no sale a votar porque “vale madre el que llegue, todos son iguales”, que fomenta el desdén, la indiferencia amnésica de la parte que le toca.

Esa que va desde la familia, desde el hogar, porque más allá de gobierno corrupto y el policía cómplice, habrá que preguntarse: ¿quiénes son los padres y madres de los malvados? ¿Quiénes los crían, los educan y dan valores a los bárbaros?

El origen del pecado también es por omisión, el tolerar tanto dolor es parte de la culpa, la desidia también ha impulsado esta metástasis de inhumanidad y nos hace cómplices de esta sórdida realidad, pues como decía Martín Luther King, “Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”.

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