Más preguntas que respuestas

La organización no gubernamental, Causa en Común, señala que el informe sobre el operativo de Culiacán dejó dudas y preguntas sin respuesta sobre las decisiones que llevaron al fracaso y pusieron en riesgo muchas vidas.

En un escueto pero puntual comunicado, la ONG agrega: “Es inadmisible que queden sin aclarar inexactitudes e imprecisiones contenidas en declaraciones de altos funcionarios” del Gobierno Federal.

¿Cómo no estar de acuerdo con la ONG?

Lo mismo nos preguntamos muchos, claro, menos los cuestionados.

Por ejemplo, preguntas como las siguientes.

¿Por qué se origina el operativo a pedido de Estados Unidos y no por iniciativa de las autoridades mexicanas?

Si, de acuerdo con el Gabinete de Seguridad, fue un operativo planeado, ¿por qué se mintió diciendo que había sido espontáneo?

Dijeron que no habían detenido a Ovidio Guzmán por falta de orden de cateo. Entonces, ¿quién ordenó iniciar el operativo aún sin tener la orden?

¿Por qué se culpó a la Policía Federal cuando supuestamente la corporación ya no existe?

¿Quién filtró la información del operativo?

¿Por qué se permitió al señor Guzmán la comunicación vía celular con su gente?

¿Por qué no presentaron videos del momento en que liberan a Ovidio?

¿Habrá consecuencias para quienes pusieron en riesgo tantas vidas y para quienes mintieron?

¿Por qué al mismo tiempo que se desarrollaba el operativo estaban los altos mandos del Ejército en la inauguración de Santa Lucía?

¿Sabía el presidente que iba a darse el operativo esa mañana? Si no fue así, ¿para qué son esas reuniones?

¿Por qué no se suspendió el viaje del presidente a Oaxaca?

El presidente ha dicho que tiene un teléfono satelital ¿estuvo o no incomunicado?

¿Qué harán para que esto no vuelva a pasar?

Si ahora la estrategia del gobierno es evitar la fuerza, evitar muertes, incluso de los delincuentes, ¿cómo se va a combatir el crimen organizado?

Puedo imaginar, especular, suponer, entender, aceptar y hasta justificar las respuestas a esas preguntas.

El tiempo y las circunstancias del conflicto que vivimos son muy graves, confusas, seguras. No hay respuestas sencillas, certezas, ni soluciones tersas.

Señor presidente López Obrador, estoy convencido de que la decisión de liberar a Ovidio fue correcta, prudente y responsable, aún cuando el costo político fue grande, la crítica demoledora y la derrota muy dolorosa.

Sin embargo, no me arrepiento de haber votado por usted.

A estas alturas, nada o poco me sorprende.

Pero sigo pensando en que el cambio era y es necesario para México. Que sus intenciones son honestas. Que su gobierno sería distinto.

No me molestan sus ocurrencias, ni me inquietan sus tropiezos. Sabía y sabíamos que el desafío sería enorme. Que su proyecto generaría malestar y resistencias, obstáculos y peligros. Que sus aliados tendrían agendas personales y mezquinas.

Lo que de plano me disgusta y confunde de su discurso y retórica, es algo que parece irrelevante, si no fuera tan recurrente. Es que a menudo siento que percibe, habla y se comunica con sus electores, como si todos fuéramos fanáticos incondicionales, con más víscera que razón, más pasión que inteligencia. Como si todos fuéramos chairos, pejezombis, dispuestos a creer, festejar y defender cualquiera de sus ideas o frases pintorescas. Como si nos pensara incapaces de discernir y entender en serio los temas a debate de la agenda pública.

Es cierto, cada quien es libre de adorar al santo que más le cuadre. Pero si Chairo es la persona que defiende ciegamente causas sólo porque van en contra de las tendencias políticas de derecha, pues yo zafo. Porque, en el fondo, se caracterizan por no defender ni demostrar compromiso con aquello que dicen apoyar.

En todo caso, si nos apegamos al significado inicial, para referirse al “individuo que se genera placer a sí mismo, sin necesidad de estar en contacto con otra persona, o que se masturba”, entonces sí, soy medio Chairo.

Y siguiendo con las netas, espero no se enoje, confieso que también soy medio Fifí. O sea, de esas personas presumidas que se ocupan de seguir las modas. Pero no el Fifí que definió ante reporteros: “el junior de conservadores, de oligarcas”.

Nada que ver. Ni uno ni otro, o un poco de los dos.

Por eso me disgusta y confunde de su discurso. Polariza, enfrenta y divide, quizá fue útil y rentable como candidato en campaña, pero como presidente en funciones, el efecto es contrario; es simplista, empobrece y trivializa la política, algo lamentable cuando urge lo opuesto.  

AMLO ha demostrado pericia, perspicacia y experiencia en el manejo y control de la agenda mediática. Pero no significa sustancia y nivel narrativo del discurso político. Su audiencia target, y centro estratégico natural en él, son los jodidos, los pobres, los corruptos y la corrupción, antagonistas perfectos del melodrama del poder, que puede ser farsa, comedia y parodia, pero también, a veces, tragedia de violencia, sangre, dolor

y muerte.

Insisto, no me arrepiento de mi voto, confío en su honestidad, moral y ética, espero que cumpla, aunque sea la mitad del compromiso, y sobre todo, con más sustancia que adjetivo, más altura, calidad y contenido, en su discurso y comunicación política.

Con todo respeto, no somos niños, tontos, ni fanáticos. Trátenos con respeto y como iguales que somos, y escuche casi tanto como lo escuchamos. Aunque no le guste aceptar errores, aunque le cueste reconocer cuando la razón no es suya, cuando sea incomoda la verdad.

Recuerde lo que dijo, con onomatopeya y toda la cosa, que en este país los “borregos” se habían extinguido. Que ya no había más ciudadanos de ese tipo.

En conclusión, don Andrés, quiero decirle con total respeto que usted es presidente de México y no su pastor.

Recuérdelo, porque a veces parece que se le olvida.

Hágalo por usted, por nosotros, hagámoslo todos.

Para que esto, lo de Culiacán, no vuelva a pasar.

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