Grinchismo a la mexicana

Más que de costumbre, en esta temporada decembrina abundan razones para sostener mi convicción grinchera, que comencé a cultivar desde que el espíritu de la Navidad fue secuestrado por el consumismo.

Porque de niño me gustaban harto los usos y costumbres navideñas, con todas sus liturgias, tradiciones, fiestas y rituales. Para mí, en esos años el Grinch era sólo un personaje amargo y cínico de la cultura gabacha, muy alejado del corazón inocente fantasía de casi cualquier menor de edad en México.

Y cómo ser niño entonces, sin creer en las promesas de los Reyes Magos y Santa Clós (en ese tiempo, en ese orden jerárquico), y sus regalos; cómo serlo sin querer romper piñatas en las posadas.

En esas navidades también disfrutaba las visitas de la familia, principalmente de un montón de primos, a casa de mis padres, que una vez al año se convertía en hostal atiborrado de querencias con ánimo de fiesta permanente.

Por las navidades en esa casa, se me pegó para siempre en la nariz el olor a pino recién cortado, que mi padre instalaba en un rincón de la sala, y que luego con mi madre y hermanas vestíamos de hartas tarjetas navideñas, de esferas y luces de colores, nieve en aerosol, un lecho de heno, y una estrella grandotota en la punta.

¡Uta!, me gustaba tanto la Navidad que hasta a misa iba, sin mis remilgos habituales. Y es que era muy fácil contagiarse de alegría colectiva, buenos deseos, bondad solidaria y amor renovado. Quizá por eso en esos tiempos la religión y la Iglesia no me parecían tan ilógicas y maniqueas.

Cómo no creer en santos, magos y milagros idílicos, en paz y amor para las personas de buena voluntad. Aunque dejé de escribir cartitas a los Reyes y Santa –neta, hasta los 13-, durante varios años más seguí disfrutando el espíritu decembrino.

Aunque luego revivió con la infancia de mis hijos, comencé a entender la lógica grinchiana a partir de la Presidencia de Carlos Salinas, con su política económica y la firma del TLC, que abrió las puertas al neoliberalismo y la cultura del consumo masivo.

Desde entonces, el espíritu navideño comenzó a pervertir sus ritos y liturgias, hasta que nos convertimos en rehenes voluntarios de la manipulación del consumismo y sus promesas materiales.

La navidad dejó de oler a pino recién cortado, de sonar a villancicos y pastorelas, de saber a ponche y confituras, de sentirse en corazón y cuerpo, de verse en la sonrisa de los niños. Los templos ya no fueron iglesias ni los llamados a sus misas, ahora eran plazas comerciales, publicidad para almacenes de dudoso prestigio.

Sin niñez ni inocencia, para mí la Navidad dejó de ser celebración y festejo, para volverse consumo y agobio. Por eso, el grinchismo mexicano dejó de ser mal visto e impopular, porque nuestra cultura obedecía ya las necesidades, valores e intereses de los dueños del mercado.

¿Cómo confiar en la fuerza del amor y la bondad, ante la prevalencia de la codicia y la ambición en lo material? ¿Cómo no ser Grinch en medio de navidades tan poco espirituales? Y luego las cosas empeoraron con la irrupción violenta de los narcos en 2010, y la pugnacidad política con la alternancia “democrática”.

¿Cómo fomentar la fe divina, con dioses de enormes joyas, ropajes de las mejores marcas, a bordo de autos de lujo, y armados hasta los dientes? ¿Cómo alimentar dicha, armonía y prosperidad, con escasez de optimismo, confianza, seguridad, estabilidad y tranquilidad?

Si ya estaba cabrón resistir mi proclividad grinchera, con tantos asegunes y contradicciones de la bondad, paz y armonía, está recabrón hacerlo ahora, cuando las redes sociales son escenarios cotidianos de odio, agresión y enfrentamiento, cuando las mujeres son víctimas de varones sociópatas y criminales.

¿Cómo creer en fantasías navideñas ante la cruenta realidad de los nuevos tiempos mexicanos? ¿Cómo sonreír con inocencia ante la muerte cruel y brutal?

En síntesis, la temporada decembrina ya no me alcanza para avivar el espíritu y la esperanza, porque la violencia hiere el corazón y el consumismo desmedido debilita el ánimo.

No me gusta andar de gruñón, rezongón, aguafiestas, y arruinar los momentos alegres de otros, pero entiendo que eso define a los grinch, y acepto que cualquiera tiene derecho a pasarla bien en estas fechas. De hecho, mi intención es justamente honrar el festejo, recordando que el verdadero espíritu de la Navidad es muy distinto a la versión que nos venden las tiendas.

Por eso termino esta pesimista entrega con ánimo inocente, como si fuera el niño de antes, deseando que seamos capaces de recuperarlo.

Feliz Navidad, entrañables 39 lectores certificados de este escribidor y seguro no pocos tan grinch como yo.

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