Más celebración, menos funeral

En México, la celebración del Día de la Madre mantiene una idea común, reunir a la familia, sentarse a la mesa y compartir los alimentos para honrar la sublimación máxima de las mujeres, la madre creadora de la vida de todos, guía eterna para sus hijos, que los ayudan a ser independientes, trasmitiendo amor y respeto.

Rituales y ceremonias de una idea que debieran invitar a la reflexión, a la búsqueda de respuestas para lo que causa incertidumbre, temor y dolor, para construir el camino hacia la paz anhelada. Tristemente, este Día de la Madre, como los de hace ya varios años, hubo poco o casi nada que celebrar.

México ocupa el octavo lugar con mayor número de feminicidios, con una tasa de 1.4 por cada 100 mil mujeres, advierte el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y El Caribe.

Este organismo realizó un censo sobre ese delito en 32 países, con lo que dio inicio al Sistema de Registro de Feminicidios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Sólo San Vicente y las Granadinas, Granada, Montserrat e Islas Vírgenes Británicas, están libres de feminicidios.

La lista de mayor número de asesinatos la encabeza El Salvador, con una tasa de 6.8 por cada 100 mil mujeres; siguen Honduras, con 5.1; Bolivia, con 2.3; Guatemala, con 2.0; República Dominicana, con 1.9; Paraguay, con 1.7; Uruguay, con 1.7 y México, con la tasa mencionada por cada 100 mil mujeres.

La Cepal emitió el resultado que levantó el Observatorio y dio a conocer el documento: “La Medición del Feminicidio o Femicidio: Desafíos y Ruta de Fortalecimiento en América Latina y el Caribe’’.

Entre enero y febrero de este año, 142 mujeres han sido declaradas víctimas de feminicidio en México, de un total de 447 asesinadas, lo que significa que solo 30 por ciento de esas muertes violentas se clasifican como feminicidio. “No nos cuadran las cifras. Hay muchas deficiencias y errores periciales en las investigaciones”, señalaba María de la Luz Estrada, directora del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio. “No solo hay que juzgar con perspectiva de género, hay que investigar y hacer peritajes con perspectiva de género”, dijo en una entrevista publicada por El País. En los tres últimos años, el delito de feminicidio ha aumentado un 8,5 por ciento.

Sin embargo, el problema no es AMLO ni la 4T, tampoco de Félix Salgado o Morena, aunque sus opositores pretendan convencernos de su narrativa electoral.

Porque el problema de los feminicidios ya era, antes de su Presidencia. Como en 2015 y la lengua de varios obispos y políticos, por ejemplos, la del arzobispo de Xalapa Hipólito Reyes, cuando dijo que las madres solteras eran “una plaga”; o la del priista Alejandro García Ruíz, “las leyes como las mujeres, se hicieron para violarlas”, del panista Francisco Kiko Vega, “las mujeres están rebuenas para cuidar a los niños y atender la casa”.

El problema tampoco era la del expresidente Peña Nieto, cuando ignoraba el precio de las tortillas porque “no es la señora de la casa”, ni de su homólogo antecesor Vicente Fox, cuando aclaró que “el 75 por ciento de los hogares mexicanos tienen una lavadora, y no de dos patas o de dos piernas”, ni que para AMLO el aborto y el matrimonio igualitario no fueran temas “tan importantes”.

El problema, aunque muchos juremos y perjuremos que no somos misóginos como los obispos y los políticos, aunque no queramos aceptarlo, es que muchos pensamos y actuamos igual que ellos.

Por más ejemplos, la Fundación Thomsom Reuters ubica a México en el puesto 15 de 19 países con mayor violencia física y sexual contra las mujeres, debido al machismo. La fundación destaca que “las excepciones o avances no han logrado hasta ahora extirpar el machismo, enquistado en una sociedad en la que dos de cada cinco mujeres casadas tienen que pedir permiso a sus maridos para salir solas de día y en la que dos tercios ha sufrido algún tipo de violencia doméstica”.

De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), de las 57 millones 481 mil 307 mujeres que hay en México, nueve de cada diez dicen que hay discriminación hacia ellas por parte de la sociedad en general.

Y el doctor René Jiménez Ornelas, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, afirma que el problema del machismo y la violencia contra las mujeres se debe a una “misoginia social”, que el verdadero problema somos todos, y que la misoginia existe en todos los escalafones de la sociedad mexicana, por el simple hecho de ser mujeres.

Ninguna verdad peca, pero pocas incomodan tanto como esta.

A pesar de los avances tecnológicos y el empoderamiento ciudadano, en este milenio, como el anterior, las nuevas generaciones siguen creciendo en una sociedad en donde las niñas no son respetadas. Mientras que los niños aprenden a mandar y controlar a las mujeres, a las niñas se les enseña a servir, a mantenerse quietas y sumisas.

Aunque la minimización del rol femenino no genera necesariamente odio a las mujeres, sí promueve la desigualdad. La misoginia brota cuando esas prácticas se normalizan en una comunidad y trascienden a la crianza de los hijos.

Por eso, la tarea educativa en el seno familiar es clave. No basta con tener más policías, reformar leyes y códigos penales, endurecer penas y castigos, establecer políticas públicas y crear programas de gobierno. Todas, sin duda, necesidades indispensables para combatir y prevenir feminicidios y violencia contra las mujeres, pero insuficientes para erradicar las causas.

Hoy más que nunca, es tiempo de honrar en serio a las mujeres, de cambiar sumisión y control por empatía y equidad. De lo contrario, si seguimos señalando en otros la culpa del problema y eludiendo la propia, el Día de Muertos será más un funeral que una celebración.

Que sirva pues esta entrega para honrar a nuestras muertas, y celebrar a las vivas, una pequeña ofrenda que invite a reflexionar de manera introspectiva y autocrítica, en busca de respuestas más objetivas y convincentes, apelando más a la razón, que a las emociones.

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