Democracia manipulada

La presidencia de Donald Trump agudizó la de por sí habitual polarización entre legisladores republicanos y demócratas, sobre todo al debatir los asuntos prioritarios de su país, conflicto que los gringos de a pie, como los mexicanos, suelen señalar con reproche y desaprobación. Y también como nosotros, los gringos parecieran no reconocer en esa imagen ninguna señal de su propia cultura política.

Pero para varios analistas estadunidenses, la imagen es justamente eso: un reflejo de la polarización de la opinión de la sociedad civil en casi todos los temas importantes de la agenda pública. El fenómeno es conocido como efecto echo chamber (cámara de eco), y aunque no es nuevo, el crecimiento vertiginoso de las redes sociales ha fortalecido su influencia.

Aunque se suponía que internet, antes que cualquier otra cosa, abriría ojos y perspectiva a nuevas posturas y realidades, cada día esa suposición parece más remota; en la medida en que las redes digitales se ajustan a intereses, gustos y preferencias individuales, somos más capaces de encontrar contenidos afines que nos divierten e invitan a seguir navegando.

Ese contenido “feliz” casi nunca desafía nuestros puntos de vista y eleva el riesgo de distorsionar la imagen que percibimos del mundo externo desde nuestro explorador.

En la superficie, esta personalización ha tenido un efecto positivo en la manera en que internet funciona, tanto para los anunciantes que dirigen sus productos a nosotros, como para los consumidores que disfrutan el filtro final de contenidos gratuitos que financia la publicidad: todos ganan.

Si usan internet de manera regular, cibernautas lectores, habrán visto ejemplos de esto, algunos más sutiles que otros: plataformas como Netflix promueven películas y programas basados en nuestros hábitos de consumo; Twitter sugiere a quiénes nos gustaría seguir, cruzando nuestros contactos; y Google ofrece resultados claramente distintos, influídos por un montón de factores, incluso si no estamos conectados; el algoritmo de Facebook trabaja tiempo extra, diseñando contenidos a partir de quienes interactúan con nosotros de manera rutinaria, pero están lejos de acertar.

¿O normalmente les gustan o comentan los estados de alguien? Aunque los alucinemos, brincarán ante nuestros ojos todo el tiempo, no importa si sólo dicen “tengo hambre” o “llegando a Chilpancingo”. Pero los comentarios de personas que tendemos a ignorar son barridos debajo de la alfombra, aunque comenten asuntos relevantes como una boda o el nacimiento de un hijo. Y reportar voces disidentes como trolls (libelos), supone que esas voces son tan escandalosas que no pueden ser genuinas, y así la ortodoxia de la comunidad se mantiene sin retos.

Superficialmente, perfeccionar este error parecería algo bueno. Después de todo, quién no desea estar rodeado por personas afines y protegido de aspectos de la vida que se prefiere evitar, ya sean amigos irritantes que agregamos a nuestros contactos porque nos dio pena rechazar, o artículos editoriales que nos encabronan.

El problema es que al aceptar esta personalización, nos aislamos voluntariamente de puntos de vista diferentes o discrepantes, reforzando sin darnos cuenta nuestra opinión sobre las cosas, y cerrando nuestras mentes a nuevas ideas y experiencias.

La premisa del efecto cámara de eco es simple, aunque hay pocos estudios al respecto: si nos rodeamos de voces que replican opiniones similares a las nuestras, éstas serán entendidas en nuestra cabeza como mayoritarias, hasta el punto de que pueden distorsionar nuestra percepción de lo que es el consenso general.

“El efecto cámara de eco”, dice Graham Jones, sicólogo estadunidense especializado en el fenómeno de redes sociales, “es parte de algo previsible desde la sicología: cuando personas con opiniones similares se juntan, tienden a construir versiones del mundo de acuerdo con lo que conversan y, en consecuencia, inevitablemente se convierten en prejuicios”.

Algo muy similar sucede en los portales de los diarios mexicanos en internet. Pareciera que hemos llegado al punto en donde ofrecer una opinión distinta es visto como un intento deliberado de agredir a otros.

Otro sicólogo especialista en redes sociales, Tom Stewart, afirma que “es muy difícil revertir estos conflictos”. En este sentido, se refiere a la teoría de la disonancia cognoscitiva de su colega Leon Festinger, que demostró, entre otras cosas, que las personas buscan activamente voces que confirmen sus creencias para resolver sus conflictos internos. “Esto es algo que internet vuelve increíblemente sencillo, sin bloqueos geográficos. Internet, sin duda fortalece la polarización de la opinión pública”. En estos días poselectorales, basta pasear un rato por las redes sociales para confirmar esta teoría.

José Ramón Montero Gibert, politólogo español y catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid, lo explica claro y contundente: “Los diseños institucionales de las democracias tienen poco que ver con el azar. Menos aún cuando se trata de establecer un sistema electoral, probablemente la institución más determinante en el corto plazo y con seguridad la más manipulable”.

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