
Teléfono rojo
¿Merecemos o nos parecemos?
En los albores del siglo XIX, el filósofo saboyano y máximo representante del pensamiento contrarrevolucionario, Joseph de Maistre, sentenció que cada pueblo tenía el gobierno que merecía.
El infame aforismo viene al caso, por el agüitamiento encabronado que me provocó el espectáculo ramplón del tercer y último debate entre los candidatos a la Presidencia.
Agüitamiento, porque confirmaron la percepción que la mayoría ciudadana tiene de la política y los políticos. Si los cuatro aspirantes representan lo mejor del universo partidista, ¿cómo estarán sus pares, los regulares y los peores? Si los mejores recurren al golpeteo acusatorio, la descalificación sistemática, y la violencia verbal para vencer a sus adversarios, en lugar de exponer y debatir sus propuestas para convencer a los electores, ¿cómo esperar que gobiernen de otra manera?
Encabronado, porque entre el montón de discrepancias, desacuerdos y desencuentros de los candidatos, la única coincidencia es que todos juran y perjuran amar a México, defender los intereses y el bienestar de la mayoría, y que cambiarán la forma de hacer y entender la política. Sin embargo, ninguno pareció decidido ni dispuesto a demostrar con hechos sus palabras, todo lo contrario. No fueron capaces de encontrar causas ni motivos para defender más agenda que la propia.
Ante semejante exhibición, era inevitable recordar el aforismo de Joseph de Maistre, con agüitamiento encabronado. Porque si es verdad “que cada pueblo tiene el gobierno que merece”, algo mal, muy mal, estamos haciendo para merecer prospectos de gobierno tan deatiro.
En su tiempo, la sentencia de Maistre provocó rechazo e incomodidad, sonaba injusta con el pueblo y complaciente con los que gobiernan. Por eso, cincuenta años después la modificó otro filósofo europeo, el francés André Malraux, diciendo que los pueblos no tienen los gobiernos que merecen, sino que “la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.
Suena mejor, pero resulta igual de trágica. Y si somos honestos, en nuestro caso la versión de Malraux podría resultar más trágica y hasta cruel, porque suena más precisa: en México, los gobiernos se parecen a la gente.
La sentencia incomoda, pero de qué otra manera se explica la descomposición moral de la clase política. Si no fuera así, los candidatos no se esforzarían tanto para parecerse a los electores.
Siendo honestos, debemos aceptar que muchos mexicanos hemos contribuido por apatía, por ignorancia, por una nula cultura cívica, por un elevado abstencionismo. Hemos tolerado políticos acostumbrados a la corrupción, la mentira, a la sumisión ante el jefe, políticos sin dignidad ni congruencia.
Hemos contribuido eligiendo resignados al candidato “menos malo”, avalamos la corrupción repitiendo frases como “hay que ser marrano, pero no trompudo”, no aplaudimos la corrupción, pero tampoco nos indigna. Cierto, no todos, pero las encuestas dicen que muchos sí, demasiados. En ese porcentaje están los que no condenan la mentira, gente que aplaude o tolera el machismo, que defiende la sociedad patriarcal.
En México, el problema ya no se limita a la elección, el sistema político se ha deteriorado tanto que solo parece capaz de impulsar malos gobiernos. No basta con elegir bien a nuestros representantes, sino cambiar un sistema que nos conduce inexorablemente al fracaso.
En estas circunstancias, votar por cualquier candidato puede ser casi lo mismo, como lo demuestran los pactos partidistas luego de las elecciones, los viejos y los nuevos partidos se reparten el poder para remendar un sistema decadente que no es justo, honorable, ni democrático.