Llegará a San Diego el buque escuela Cuauhtémoc de la Armada de México
CHICAGO, Il., 29 de septiembre de 2026.- El mexicoamericano Francisco Segura Martínez afirmó que su vida entre México y Estados Unidos le ha dejado la sensación de ser un ciudadano de segunda en ambos países ante la falta de protección que percibió tras ser víctima de robos y las restricciones políticas que enfrenta por su doble nacionalidad y que son promovidas por el gobierno de Claudia Sheinbaum.
En entrevista con Quadratín Guerrero luego del 23 Encuentro Cultural Guerrerense en Chicago, Segura Martínez explicó que nació en Estados Unidos, es hijo de migrantes originarios de Apetlanca, municipio de Cuetzala, en la región Norte de Guerrero, y posteriormente adquirió la nacionalidad mexicana. Su esposa también es originaria de esa comunidad guerrerense y su hijo de 12 años cuenta con ambas nacionalidades.
“¿Cómo de un lado dicen: ‘Hazte ciudadano mexicano y tienes derechos’, y del otro lado dicen: ‘Si tienes doble nacionalidad tienes que dejar una’? ¿Me entiendes? Como que lo están castigando por los dos lados”, expresó.
Cuestionó que una persona con dos nacionalidades pueda enfrentar restricciones para ejercer determinados derechos políticos y consideró que poseer otra ciudadanía no determina su conducta ni su compromiso con un país.
“El tener doble ciudadanía no quiere decir, no indica nada de la moralidad de la persona, de sus pensamientos, de su manera de ser, de justicia, injusticia, de cómo portarse. No indica el carácter de esa persona”, subrayó.
Francisco dijo que el renunciar a una de sus nacionalidades significaría también renunciar a sus derechos adquiridos como integrante de una familia construida entre México y Estados Unidos.
“Es un beneficio, es un regalo lo que tenemos de doble ciudadanía, derechos completos en dos países”, expresó.
En Estados Unidos también expresó su preocupación por el trato hacia la población latina. Aclaró que personalmente no ha sido detenido ni ha sido requerido por autoridades migratorias, pero dijo que su apariencia física hace que otras personas lo identifiquen primero como mexicano.
“No me siento atacado, pero sí discriminado, porque no aparezco como ellos se imaginan un americano”, señaló.
Su esposa emigró después de su matrimonio, aprendió inglés, obtuvo la ciudadanía estadounidense y actualmente trabaja como administradora de casos en una organización sin fines de lucro que atiende a personas en condiciones de vulnerabilidad y las canaliza hacia servicios de salud, alimentación, vivienda y asistencia migratoria.
Francisco tiene 48 años y es uno de ocho hermanos nacidos en Estados Unidos. Sus padres llegaron a este país sin documentos migratorios, trabajaron durante años como miles de migrantes y posteriormente consiguieron la ciudadanía estadounidense. Ambos fallecieron en Estados Unidos.
Recordó con orgullo el esfuerzo de sus padres, quienes tuvieron pocas oportunidades educativas y se dedicaron principalmente a trabajar. Su madre murió a los 54 años y su padre falleció en 2020 por complicaciones de Covid 19 mientras recibía tratamiento de diálisis. Francisco también enfermó en la pandemia y atravesó un largo periodo intubado. Actualmente padece secuelas de esa enfermedad.
Su relación con Guerrero se fortaleció cuando se casó con una mujer de Apetlanca, una joven egresada de la escuela de Turismo de la Universidad Autónoma de Guerrero (Uagro), a quien conoció cuando ambos eran jóvenes. Después de varios años de una relación a distancia, viajó a Acapulco en 2006 para proponerle matrimonio.
La pareja se casó por lo civil en Acapulco cuando ella tenía 21 años y estudiaba Turismo. En ese momento Francisco todavía no contaba con la nacionalidad mexicana, por lo cual efectuó los trámites matrimoniales como extranjero.
Durante ese viaje fue víctima de robo a una cuadra de la avenida Costera Miguel Alemán, en pleno día. Durante esa experiencia, llegó el primer desencanto con las autoridades mexicanas. Durante su luna de miel, él y su esposa fueron asaltados cerca de esa misma vía turística por dos hombres y uno lo amagó con un cuchillo.
“Llévense todo lo que quieran, nomás no nos hagan nada”, recordó que les dijo.
Segura Martínez señaló que después del asalto buscó ayuda de policías, pero consideró insuficiente la respuesta que recibió cuando le indicaron que debía trasladarse por sus propios medios para presentar la denuncia, a pesar de que le habían robado su dinero, identificación y tarjeta bancaria.
Años después volvió a ser víctima de un robo durante un viaje familiar de Guerrero hacia Ciudad de México. Individuos rompieron una ventana del carro en el que viajaban y les quitaron equipaje y documentos, entre ellos su pasaporte estadounidense.
Su esposa y su hijo conservaron sus pasaportes y pudieron regresar a Chicago, pero Francisco permaneció en México para tramitar un nuevo documento en la embajada estadounidense.
Relató que inicialmente le indicaron que debía esperar para obtener una cita y posteriormente consiguió atención de emergencia. Sin dinero ni identificaciones, dependió de su cuñado para pagar los trámites y gastos necesarios para regresar a Estados Unidos.
“No me sentí ayudado ni apreciado, ni protegido. Me sentí como un cliente”, resumió.
A partir de esa experiencia, cuestionó qué posibilidades tendría un ciudadano estadounidense víctima de un delito en el extranjero si no cuenta con familiares, dinero o una red de apoyo.
“¿Qué tal que si no tuviera familia? ¿Qué tal si fuera un turista que no tenía familia, que no tenía apoyo? Entonces, ¿qué hubiera pasado? ¿A pedir limosna o cómo se regresa?”, expresó.
Francisco consideró que los gobiernos deberían contar con mecanismos que permitan atender a sus ciudadanos cuando, como consecuencia de un delito, quedan sin dinero, identificaciones o posibilidades inmediatas para regresar a su lugar de residencia.
Para Francisco su familia refleja ese vínculo entre los dos países: él nació en Estados Unidos y adquirió la nacionalidad mexicana; su esposa nació en Guerrero y posteriormente obtuvo la estadounidense, mientras que su hijo posee las dos.
Segura Martínez mantiene además contacto con familiares en Apetlanca y participa en actividades de la comunidad guerrerense en Chicago. Contó que sus padres conservaron hasta su muerte el deseo de regresar a Guerrero y le transmitieron el interés por mantener el vínculo con su lugar de origen.
“Mis padres me dieron ese interés de no olvidarme de dónde vengo y tratar de ayudar, tratar de ser un apoyo para el pueblo de ellos, que es mi pueblo también”, agregó.
El mexicoamericano dijo que al compartir las dificultades que enfrentó busca que se conozcan los vacíos que, desde su experiencia, existen para auxiliar a ciudadanos en situaciones de vulnerabilidad y evitar que otras personas de cualquiera de los dos países atraviesen condiciones semejantes.
“¿Dónde está ese apoyo para un ciudadano de tu país? No lo vi”, concluyó.