Duelos silenciosos: el peso de llorar las pérdidas que la sociedad te pide ignorar
El pueblo siempre en la boca de políticos
El pueblo
En política se han repetido durante décadas frases convertidas casi en dogmas: “el pueblo siempre tiene la razón”, “el pueblo manda”, “la mayoría decide”. Suenan bien en discursos, campañas y plazas públicas. Dan legitimidad emocional. Pero la realidad suele ser más compleja.
La democracia no garantiza necesariamente verdad, sabiduría o justicia. Garantiza algo distinto: legitimidad para decidir quién gobierna. Y son cosas diferentes.
Las mayorías también se equivocan. La historia universal está llena de ejemplos donde pueblos enteros apoyaron guerras, dictaduras, persecuciones o proyectos económicos que terminaron destruyendo a sus propias sociedades.
Por eso resulta más sólida aquella idea de Mao Zedong cuando afirmaba que “el pueblo es la fuerza motriz que hace la historia mundial”. No dijo que fuera infalible. Dijo algo distinto: que las transformaciones sociales las realizan las masas, los pueblos, la sociedad organizada.
Y sí, el pueblo puede construir historia. Pero también puede ser manipulado, engañado, condicionado por el miedo, el hartazgo o la propaganda.
Ahí está el caso reciente de Javier Milei en Argentina. Llegó mediante elecciones democráticas. Eso le da legitimidad electoral. Otra discusión será si sus políticas terminarán beneficiando o dañando a la sociedad argentina. Pero lo que vemos es que los argentinos cometieron el error.
Pero existe además una enorme contradicción en muchos discursos políticos que hablan en nombre del pueblo.
Se afirma que “el pueblo manda”, pero al pueblo jamás se le convoca a decidir quiénes integrarán los gabinetes, las secretarías, las subsecretarías, direcciones, coordinaciones o jefaturas administrativas.
Al pueblo se le pide el voto. No se le consulta para definir quién administrará el dinero público.
Y ahí aparece otra realidad incómoda: muchos gobiernos hablan del pueblo, pero terminan gobernando con grupos, cuotas, compromisos políticos, amistades, familiares o recomendaciones.
En Guerrero eso también ocurre.
Nunca se convocó a la sabiduría popular para seleccionar a las mejores mujeres y los mejores hombres para gobernar y administrar el erario. No hubo consulta social para integrar áreas estratégicas. No se preguntó quién tenía mayor capacidad técnica, honestidad, experiencia o compromiso con la sociedad.
Las decisiones se tomaron arriba, entre grupos de poder, acuerdos políticos y cercanías personales.
Entonces surge una pregunta inevitable: si el pueblo es tan sabio para elegir gobernantes, ¿por qué no se le considera igual de sabio para decidir quién debe ocupar los espacios desde donde realmente se ejerce el poder administrativo?
Porque gobernar no solo es ganar elecciones. También es saber administrar recursos públicos, resolver problemas, planear, tener ética y entender las necesidades sociales.
Y eso, lamentablemente, no siempre se refleja en muchos nombramientos públicos.
En estos momentos en que hay amenazas injerencistas, respaldadas por traidores. El pueblo mexicano unido jamás será vencido. La historia lo demuestra.
A China la invadió Japón antes del triunfo de 1949, año de la creación de la República Popular China
Durante la invasión japonesa solo había dos partidos. El Kuomintang que lideraba Chiang Kai Shek, de derecha y el Partido Comunista Chino encabezado por Mao Tse Tung, un partido perseguido.
Mao dijo, quienes apoyan la invasión no son el pueblo chino. El pueblo defenderá China.