¿Y si estamos monitoreando mal?
La falsa neutralidad (imparcialidad) y la verdadera ética en el periodismo.
Durante décadas se nos repitió que el periodista debía ser neutral, que la imparcialidad era la joya más fina del oficio y que el reportero ideal era una especie de notario frío de la realidad. Pero la práctica y la historia demuestran otra cosa: la imparcialidad absoluta es un mito y la neutralidad, entendida como renuncia a la conciencia, no sólo es imposible, sino peligrosa.
El periodista no es un mueble frente a la realidad. Es un ser humano que observa, siente, piensa y decide. Desde el momento en que elige qué tema cubrir, qué pregunta hacer o qué fotografía publicar, está tomando posición. Incluso el silencio es un posicionamiento. Pretender que esa condición humana desaparezca es un engaño profesional y una trampa ética.
El periodista tiene una historia de vida, un bagaje cultural, una formación moral, ideológica, política, religiosa y por eso piensa como ha vivido y lo refleja en su trabajo periodístico. En su visión del mundo y su misión cotidiana. No puede ser imparcial o neutral, pero si apegado a la verdad.
Sin embargo, reconocer que no existe la neutralidad perfecta no significa justificar el sesgo, sino lo contrario: significa asumir la responsabilidad de trabajar con rigor, honestidad y método. La ética periodística no consiste en borrar la subjetividad, sino en ponerla al servicio del público. El periodista que conoce la vida, que ha leído, que tiene memoria histórica y sensibilidad social, puede interpretar mejor la complejidad de los hechos y traducirla de manera clara y veraz.
La verdadera ética no exige robots, exige conciencia. Impone deberes: verificar datos, escuchar las voces que incomodan, distinguir información de opinión, transparentar conflictos de interés, contextualizar los hechos, evitar el amarillismo, no manipular el dolor ajeno. Un periodista puede tener ideología —todos la tenemos—, pero no tiene derecho a traicionar la verdad.
El problema no es que el periodista tenga mirada; el problema es cuando la oculta. La sociedad puede comprender una postura editorial clara; lo que no perdona es la mentira disfrazada de objetividad. Los medios que se dicen “imparciales” mientras responden a intereses políticos y económicos no sólo engañan: erosionan la confianza pública y enferman a la democracia.
Al final, la pregunta no es si el periodista puede ser neutral, sino si puede ser honesto. Y la honestidad no depende de ser neutro, sino de ser responsable. El periodismo digno no renuncia a la sensibilidad humana: la usa para comprender el dolor, la injusticia, la desigualdad y la esperanza. El reportero que ha leído, que ha vivido, que piensa, no es una amenaza para la verdad; es su mejor herramienta.
La imparcialidad absoluta tal vez no exista. Pero la ética, el rigor y el compromiso con la verdad sí. Y esa es la diferencia entre hacer periodismo y sólo publicar noticias.