CHILPANCINGO, Gro., 26 de febrero de 2019.- La falta de atención por parte del gobierno de Guerrero al problema de los desplazados a causa de la violencia en la sierra y Tierra Caliente, orilló a cientos de guerrerenses a trasladarse a la zona fronteriza de Tijuana, Baja California, para solicitar asilo político en Estados Unidos, proceso que puede durar hasta 90 días.

En lo que esperan la respuesta del gobierno estadounidense, familias completas pernoctan en los albergues que coordinan distintas organizaciones civiles de las Californias binacionales.

“El gobierno de Guerrero no está prestando atención a lo que está pasando con la gente que vive en las comunidades rurales; parece que no les importan los niños ni las mujeres que han tenido que abandonar el país ante la violencia tan atroz que se está viviendo”, denunció la activista Lourdes ‘Lulú’ Lizardi, de la Alianza Migrantes en Tijuana.

José María ‘Chema’ García Lara, coordinador del albergue Juventud 2000, informó que de abril de 2018 a la fecha han llegado entre 25 y 30 familias a Tijuana.

“Vienen de diferentes comunidades de Guerrero. Al momento de registrarlos nos damos cuenta de que la mayoría provienen de la sierra y Tierra Caliente. A veces el número de refugiados sube hasta 30 personas al mes. Están llegando cada semana”, indicó.

Y agregó que “aquí se les brinda el apoyo necesario, porque vienen sin dinero ni documentación; estamos hablando de que están huyendo, por lo que salen con lo que llevan puesto. En los albergues permanecen de 15 a 20 días, mientras hacen trámite en las aduanas de Estados Unidos para buscar asilo humanitario en ese país”.

Entrevistados por separado, Lulú Lizardi y Chema García coincidieron en que las principales causas de la migración interna en los últimos años son la violencia, el despojo de la tierra y el hambre, las cuales han obligado a cientos de familias a buscar refugio en otros estados de la República y en Estados Unidos.

“Lo que sucede allá en Guerrero es muy grave; si no fuera así, entonces la gente no abandonaría su familias y tierras para venir a sufrir en los albergues. El problema radica en que los tres niveles de gobierno no le están poniendo atención a lo pasa en la zona apartada de las ciudades. Es por eso por lo que comunidades enteras se desplazan. Esto no es propio de México, sino que pasa en los países centroamericanos como Honduras, El Salvador, Guatemala y Haití”, acusó la activista.

Mencionó que uno de los principales factores que intervienen en el fenómeno migratorio en el sur de México y Sudamérica se debe a la violencia sistemática que los gobiernos ejercen sobre las comunidades para imponer los megaproyectos, pero también interviene el crimen organizado.

Lulú Lizardi. Foto de Manuel Ocaño.

“¡No sé qué está pasando en este siglo! Porque estamos viviendo una de las peores tragedias en el mundo. Por donde quiera hay desplazados. Y lo peor es que se ensañan con tanta crueldad con la gente; lo más triste de todo esto es que lo hacen los más desprotegidos, como son los campesinos. Al gobierno no le importa que maten a familias completas, se volvió cómplice de los civiles armados que andan acechando en la sierra y Tierra Caliente”, cuestionó Lulú en entrevista.

Lizardi pone el dedo en la llaga: “Todo esto me tiene preocupada, triste, porque el gobierno de Guerrero no hace nada para contener esa violencia, pareciera ser que no le importan los muertos, los desaparecidos, los heridos y los desplazados. Es tanta la violencia que esto se ha vuelto inhumano”.

–Tú que trataste a guerrerenses desplazados, ¿qué fue lo que más te impresionó? –preguntó el reportero.

–Lo que nos platicaron cuando hicimos el registro de sus llegadas a Tijuana. La verdad, al escucharlos es difícil no llorar con ellos. Y todo por el maldito poder político, poder del dinero, ambición, por las drogas, interponer todo esto a la vida humana.

Desde diciembre de 2018, Lulú denunció la opacidad del gobierno de Guerrero y dijo que la corrupción y la impunidad son elementos perfectos para silenciar a los campesinos que son despojados de sus tierras.

“Al escucharlos sientes ese nudo en la garganta y más cuando estás imposibilitado de seguir escuchándolos porque las historias son desgarradoras, con esa maldad con que fueron tratados y que nadie hizo nada por ellos, hace que te pongas a llorar de coraje; esto no es sólo Guerrero, Michoacán y Colima, es en todo México”, dijo.

El número de migrantes incrementó en Tijuana desde 2003 y desde entonces no ha parado de crecer. Lo más preocupante es que antes, a esta ciudad fronteriza llegaban centroamericanos, pero ahora vienen de todo el mundo por la violencia e inseguridad de sus lugares de origen.

“La migración interna consistía en que el jefe de familia iba a trabajar por temporadas, mientras que la familia se quedaba en sus comunidades, allá en el sur. Los de Guerrero empezaron a llegar a Tijuana porque en sus asentamientos no hay empleo, pero en los últimos años se triplicó por la ola de violencia que se vive allá. Ahora viene toda la familia, por el terror. En los tres últimos años se ha incrementado el número de niños migrantes que llegaron con sus padres, por lo que asumimos que 2018 fue el año que más niños se desplazaron de sus comunidades”, detalló Lizardi.

–¿A partir de cuándo empezaron a llegar allá los guerrerenses? –indaga el reportero.

–En los primeros meses de 2018 comenzaron a llegar los de la zona limítrofe de Guerrero y Michoacán. Durante todo el año, los 20 albergues estuvieron llenos, bueno son los que nosotros sabemos, pero hay otros tantos que coordinan las distintas iglesias que ayudan a los migrantes.

“Una familia está aquí –agregó Lulú–, otros ya consiguieron asilo político. Se le dio prioridad a la mayoría, porque llegaron familias con bebés. Hace un año muchos migrantes nacionales alcanzaron la protección del gobierno estadounidense; esto por la violencia en que viven en sus lugares de origen”.

En Tijuana pasa de todo. El tránsito migratorio no es sólo de sur a norte, sino también en sentido contrario. Ahí llegan los mexicanos deportados, que según Lourdes Lizardi ascienden a 55 mil o 60 mil al año. “Unos encuentran trabajo aquí, otros se regresan a sus comunidades y los que salen despistados caen en manos del crimen organizado, porque los migrantes son los más vulnerables”, explicó.

Los activistas Sergio Tamai (Ángeles sin fronteras), Chema García (Juventud 2000) y Lulú Lizardi (Alianza Migrante). Foto de Manuel Ocaño.

Chema García Lara es un activista que lleva años trabajando con migrantes en tránsito en Tijuana y coordina el albergue Juventud 2000. En su andar ha aprendido los distintos fenómenos que ocasionan el desplazamiento en México; lo sabe muy bien, por eso cada pregunta que se le formula, contesta pausado, siempre cuidando sus respuestas.

A través de la conversación telefónica reconstruyó parte de las historias que escuchó de la voz de los desplazados guerrerenses que llegaron a Tijuana a cruzar la garita de Estados Unidos para pedir asilo humanitario.

“En otros albergues también hay guerrerenses. Desde que empezaron a llegar también poco a poco lograron entrar a Estados Unidos, porque cumplen con el perfil de asilados por violencia en sus países, en el caso de Guerrero”, contestó con humildad.

Informó que al mes entran unas 40 personas. “En cuatro meses es una cantidad razonable, todo ellos huyeron por problemas de inseguridad de sus comunidades. El registro que hacemos en el libro de actas y después pasamos a sistemas de cómputo, nos damos cuenta de que hay fluctuaciones. Lamentablemente no te puedo decir la cantidad exacta, porque no tengo el último registro. Ahora mismo estamos atendiendo a 20 personas que vienen de Guerrero”, explica, y añade: “mira, lo más complejo es que todos vienen de comunidades, huyendo de la violencia, por la inseguridad que campea en algunos puntos de ese estado. Lo curioso de todo esto, es que todos buscan protección del gobierno de Estados Unidos, porque el gobierno de Guerrero y el de México son omisos ante la ola de violencia ahí. Y esto lo vemos aquí. En este año nos recortaron todo el presupuesto que se destinaba para atención a migrantes”.

Apuntó que el gobierno federal ha hecho muy poco en la zona fronteriza. “Está dando mucho de qué hablar, en el caso del presidente que no tiene una disposición efectiva. Sin embargo, la gente está llegando y sigue entrando a Estados Unidos a pedir el asilo; porque no han cerrado la puerta para pedir asilo tanto a mexicanos como a centroamericanos”.

Además de Juventud 2000 en Tijuana, hay otras ocho organizaciones sociales reconocidas y otras siete u ocho más que no son muy conocidas, pero que trabajan en la zona fronteriza de Tijuana.

“Aquí atendemos a desplazados internos, migrantes de otros países y a los deportados de Estados Unidos. Diario está saliendo un promedio de 120 y 130 personas y eso nos complica más, porque no tenemos recursos; lo que nos ayuda mucho son las donaciones de vienen de organizaciones binacionales de California”, agregó Chema.

García Lara dijo que además de las donaciones en especie, también cuentan con apoyo de grupos de jóvenes altruistas y organizaciones religiosas. “La comunidad de California que está del otro lado de la valla fronteriza, nos envían ropa, calzado y alimentos, que en su momento es lo más complicado para atención de los migrantes que van llegando”.

“La gente llega con muchas necesidades: alimento, ropa y calzado. La gran mayoría no tienen los recursos necesarios, por eso buscan un albergue para permanecer mientras resuelven su situación migratoria. Las personas salen de sus comunidades sin nada, más que la ropa que traen puesta”, concluyó.