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ACAPULCO, Gro., 29 de octubre de 2026.- El arqueólogo e investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Eduardo Matos Moctezuma explicó que la celebración actual de Día de Muertos conserva elementos de las concepciones prehispánicas sobre la vida y la muerte, modificadas después de la llegada del catolicismo y la imposición de su calendario religioso.
Durante la conferencia virtual Reflexiones sobre la muerte en el México prehispánico, organizada por el Centro INAH Tabasco ante la proximidad del tradicional Día de Muertos, el especialista señaló que para diferentes pueblos mesoamericanos la manera de morir determinaba el lugar al que se dirigiría una persona después de su muerte.
Matos Moctezuma contrastó esa concepción con la doctrina católica introducida en el siglo 16, cuyo destino después de la muerte se relaciona con la conducta moral de la persona durante su vida.
Explicó que desde esa doctrina, quien había vivido conforme a sus preceptos podía ir al cielo, mientras quien había cometido un pecado mortal podía ser destinado al infierno.
Explicó que los guerreros muertos en combate o capturados y sacrificados por causa de la guerra, tenían como destino acompañar al Sol desde el oriente hasta el mediodía.
A partir de ese momento eran las mujeres muertas durante su primer parto quienes acompañaban al Sol hasta el atardecer, porque el alumbramiento era concebido como una batalla.
Mujeres, parto y muerte
Matos Moctezuma explicó que las mujeres fallecidas durante el parto eran consideradas valientes y mencionó a las cihuateteo, mujeres divinizadas después de morir durante el parto.
El investigador indicó que el oriente representaba el rumbo masculino del universo, mientras que el recorrido del Sol desde el mediodía hasta el atardecer correspondía al rumbo femenino.
La relación entre las mujeres, el nacimiento y la muerte ocupó otra parte de la conferencia, en la que mostró códices y representaciones de mujeres embarazadas, parturientas y recién nacidos.
Matos Moctezuma habló también de las matronas, mujeres especializadas en atender partos, equivalentes a quienes actualmente se conocen como parteras tradicionales.
Explicó, a partir de los relatos de Bernardino de Sahagún, que esas mujeres intervenían incluso en nacimientos complicados y, cuando un bebé había muerto dentro de la matriz, podían utilizar una navaja de obsidiana para extraerlo y tratar de salvar a la madre.
Mencionó que el cordón umbilical también tenía un significado ritual, pues cuando nacía un varón era colocado por un familiar en un campo de batalla para establecer una relación simbólica con su futuro como guerrero.
En el caso de las niñas, el cordón era enterrado junto al fogón de la vivienda, relacionado con las funciones domésticas que aquella sociedad asignaba a las mujeres.
El investigador explicó que las representaciones arqueológicas muestran una relación constante entre nacimiento y muerte, como parte de una dualidad presente en diferentes culturas mesoamericanas.
La forma de morir definía el destino
Matos Moctezuma explicó que además de los guerreros y las mujeres fallecidas durante el parto existían otros destinos para los muertos.
Quienes morían ahogados, alcanzados por un rayo o por enfermedades relacionadas con el agua se dirigían al Tlalocan, espacio asociado con Tláloc y los tlaloques.
De acuerdo con las fuentes citadas por el investigador, ese lugar permanecía verde y con plantas en flor, por lo que también era considerado un destino privilegiado.
El Mictlán estaba reservado para quienes no habían muerto en la guerra ni por causas relacionadas con el agua.
Para llegar al Mictlán, explicó, los muertos debían descender por nueve niveles hasta alcanzar el inframundo, donde se encontraban Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, señor y señora del mundo de los muertos.
También existía un lugar para los niños que morían pequeños, de lo que relató que allí había un árbol nodriza cuyas hojas producían leche para alimentarlos hasta que los dioses decidieran enviarlos nuevamente a una matriz.
El especialista señaló que esta concepción muestra una diferencia con la visión católica, dado que entre los pueblos mesoamericanos a los que se refirió no era un juicio sobre la conducta de la persona el que determinaba su destino, sino las circunstancias de su muerte.
La dualidad entre vida y muerte también quedó plasmada en esculturas, códices y entierros.
Matos Moctezuma mostró una máscara de Tlatilco dividida entre un rostro vivo y otro descarnado y explicó que los pueblos agrícolas observaron esa dualidad en los ciclos naturales.
Durante la temporada de secas los campos parecían morir y, con el regreso de las lluvias, la vegetación volvía a crecer y producir alimentos.
En una lápida de Izapa, Chiapas, describió además la representación de un esqueleto del que surge un elemento parecido a un cordón umbilical unido a un niño.
“De la muerte viene vida”, explicó sobre esa representación.
La celebración después de la evangelización
Matos Moctezuma explicó que algunos calendarios prehispánicos dedicaban un periodo a los niños muertos y el siguiente a los adultos fallecidos.
Con la llegada de los frailes, indicó, esas prácticas fueron modificadas a partir de la introducción del calendario católico y quedaron relacionadas con las celebraciones de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.
El investigador señaló que en diversas comunidades permanece la tradición de recibir primero a los niños muertos y después a los adultos.
“Son formas de sincretismo que se van dando y que van quedando”, expresó.
Añadió que las actuales ofrendas muestran esa mezcla de tradiciones, debido a que conservan alimentos y bebidas destinados a los muertos, como ocurría en el mundo prehispánico, pero incorporan imágenes y símbolos cristianos.