Del balcón al sótano
Miguel pasa los dedos por la pantalla del teléfono, mirando un chat que ya no se moverá.
Hace tres meses que su rutina se desmoronó tras terminar una relación de cuatro años, pero en la oficina le repiten que “ya pasará, que era solo una novia”.
Unos kilómetros más allá, Gabriela limpia en silencio, y casi a escondidas, el plato de Lima, la perrita que fue su única familia durante una década de soledad; sus amigos le insisten en que “compre otra y ya”.
En otra casa, Lucía dobla y guarda una ropita de bebé que jamás llegará a usarse, aguantando el llanto porque, según quienes la rodean, “al no haber nacido, no tendría por qué doler”.
Miguel, Gabriela y Lucía no se conocen, pero cargan con el mismo nudo en la garganta: todos están viviendo un duelo silencioso. Son aquellas ausencias profundas que no tienen un funeral, no generan un acta de defunción ni reciben coronas de flores, pero que fracturan la vida en mil pedazos.
Vivimos en un mundo que solo valida la tristeza cuando hay un cuerpo que velar. Esto obliga a miles de personas a esconder su dolor en el pecho, sintiéndose culpables por estar tristes debido a algo que el resto del mundo minimiza.
Cuando la sociedad te dice que tu dolor no es válido, la única opción que queda es fingir que todo está bien, sin embargo, el dolor que no se llora no desaparece; se esconde en el cuerpo.
Esa carga emocional reprimida termina en insomnio, ataques de ansiedad, depresión o un cansancio crónico que ningún descanso logra aliviar.
Para empezar a sanar, el primer paso es reconocer que existen muchas formas de perder algo amado:
-Ruptura de relaciones secretas o no oficiales: el fin de un noviazgo oculto, una relación extramarital o un vínculo sin etiquetas claras.
-La pérdida de una mascota: despedir a un animal de compañía no es perder a “un animalito”, es perder a un miembro de la familia y al apoyo incondicional de tus días.
-El fin de un vínculo: el dolor real y profundo de un divorcio, una ruptura sentimental o el distanciamiento de esa amistad de toda la vida.
-Pérdidas gestacionales y perinatales: el dolor de las familias que pierden un embarazo y que el entorno suele silenciar con frases vacías.
-El duelo migratorio: dejar atrás tu tierra, tus raíces, tus costumbres y a los tuyos para empezar desde cero en un lugar extraño.
-La pérdida de la salud: asimilar el diagnóstico de una enfermedad crónica o ver cómo el cuerpo pierde su autonomía con los años.
-Los sueños que no pudieron ser: decir adiós a ese negocio que quebró, a la carrera profesional que se truncó o al proyecto de vida que no se concretó.
Si al leer estas líneas sentiste que hablaba de ti, por favor escucha esto: tu dolor es real, es completamente válido y tienes todo el derecho del mundo a vivirlo.
No eres una persona débil por extrañar, ni exagerada por sentir que te falta el aire.
Sentir tristeza por lo que fue importante para ti es el acto más humano que existe.
No tienes que transitar este camino a oscuras ni en completa soledad.
La Tanatología es una disciplina profundamente humana creada para dar sentido a los procesos de pérdida.
No es únicamente para el fallecimiento de una persona; es un espacio de refugio diseñado para acompañar, cuidar y ofrecer las herramientas emocionales necesarias ante cualquier separación o quiebre en tu vida.
ESCRIBEME Y HABLEMOS: ¿Qué pérdida te está costando más trabajo cargar hoy en día?, ¿Qué te gustaría que platiquemos el próximo domingo? Déjame tu comentario aquí abajo o envíame un mensaje privado a [email protected],Facebook Tanatóloga Patty Ugalde, WhatsApp 7442946358. Tu historia será leída con absoluto respeto y total anonimato.