Trump después de la derrota de este martes
La transición no comenzó en 1988, pero fue su mayor revulsivo. El régimen se cuarteó por la ruptura del PRI, las movilizaciones masivas de los candidatos opositores y el escandaloso fraude. El enorme costo social de la política económica marcada por la crisis pasó factura en las urnas, convirtiéndose en un parteaguas donde la figura de Cuauhtémoc Cárdenas, sin ser la única, fue preponderante.
Lo que desencadenó ese acontecimiento llevaría al país a las grandes reformas democratizadoras de la década siguiente, aunque no sin fuertes resistencias. Los conflictos postelectorales se multiplicaron, alrededor de 500 perredistas perdieron la vida en ellos, y el liderazgo y la entereza de Cárdenas en esos momentos críticos cerraron la vía del gatopardismo. El alzamiento zapatista y los magnicidios de 1994 confirmaron la urgencia del cambio democrático y Ernesto Zedillo así lo entendió.
Regresemos al 88 por su importancia. La Corriente Democrática se rebeló contra la tecnocracia que giraba hacia el entonces novedoso neoliberalismo, demandando la aplicación de Estatutos del PRI que establecían elecciones para elegir al candidato a la presidencia. Por supuesto, acorde a la cultura política del priato se aplicaba la máxima colonial de “acátese, pero no se cumpla” y lo que imperaba era el dedazo, tan mal disimulado como el que ahora se aplica para destapar a lascorcholatas de Morena.
Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Clouthier y Rosario Ibarra irrumpieron la noche del 6 de julio en la Secretaría de Gobernación para exigirle cuentas al secretario Manuel Bartlett por la caída del sistema. Los candidatos que en campaña parecían irreconciliables se juntaron para demandar respeto a la voluntad popular. Esa convergencia tuvo un enorme impacto político, histórico y simbólico pese al poco caso que, en ese momento, les hicieron. Izquierda y derecha empujando por la democracia, presagio de lo que vendría.
Aunque las pruebas del fraude se desparramaban por todos lados, la nueva legislatura de la Cámara de Diputados, constituida en Colegio Electoral, aprobó los controvertidos resultados con la precaria mayoría legislativa que les asignó arbitrariamente el gobierno en su papel de autoridad comicial; algo no muy distinto a lo que vimos con la excesiva sobrerrepresentación que autoridades electorales capturadas obsequiaron al oficialismo en 2024.
Poco después de la elección de 1988, Graco Ramírez llevó a Andrés Manuel López Obrador a conocer al ingeniero Cárdenas en la Ciudad de México. El tabasqueño estaba molesto porque no le dieron la candidatura del PRI a la presidencia municipal de Macuspana para las elecciones que se verificarían en noviembre de ese año, después de haber sido presidente de ese partido en su estado natal.
A Cuauhtémoc no le importó que López Obrador se hubiera quedado en el PRI apoyando a Salinas cuando ellos se salieron y le abrió las puertas del Frente Democrático Nacional. El ingeniero cuenta en un libro autobigráfico[1] que buscó a Rafael Aguilar Talamantes para que lo acabara de convencer de ser candidato a la gubernatura de Tabasco, tal como sucedió.
Después lo llevaría a la presidencia del PRD en 1996 y luego, en el año 2000, convencería a Vicente Fox de no insistir en el recuento de votos de la capital y que aceptarán el triunfo de Andrés Manuel, después de que le dieran la vuelta a Alejandro Encinas con la apertura de paquetes en la Delegación Álvaro Obregón. La complejidad de la boleta daba pie a errores en el cómputo. ¿Quién diría que su criatura que tanto apoyó destruiría su legado?.
Las diferencias entre ellos relucieron desde la campaña. López Obrador trató con ahínco de cancelar el mitin en Ciudad Universitaria y, a final de cuentas, acudió a regañadientes. En cuanto tomó posesión en la jefatura de Gobierno hizo una limpia de todo lo que oliera a Cuauhtémoc Cárdenas o Rosario Robles, no quería ninguna competencia en la carrera por la candidatura presidencial.
A pesar de desaires y hasta groserías, como las que sufrió en la marcha contra el desafuero, el temple del ingeniero salía a relucir para no escalar las desavenencias. No es que ocultara las diferencias, Cuauhtémoc convocaba a intelectuales, académicos y sociedad civil a construir el proyecto de un país para todos, a eso dedicó gran parte de sus esfuerzos. Nada que ver con los lugares comunes, el panfleto y la propaganda polarizante del obradorismo que excluye del “pueblo” a cualquiera que discrepe.
Cárdenas dialogaba con los distintos, no recurría a insultos, calumnias o descalificaciones, daba confianza porque sabía ver por el bien del país y honraba su palabra, reivindicando la decencia en el quehacer político. Nada que ver con López Obrador y la toma del Estado como botín de grupo.
Sin embargo, Cuauhtémoc Cárdenas no enfrentó la restauración autoritaria del obradorato con la firmeza que tantas veces le vimos antes. No se plegó a ella, no la abrazó, expresó algunas críticas, pero tampoco defendió como merecían los avances democráticos que él ayudó de manera relevante a conquistar e incluso respaldó públicamente a Claudia Sheinbaum, candidata del continuismo autoritario.
Supongo que no era fácil confrontarse con quienes lo acompañaron en su momento y reivindican, sin reparar en la contradicción, sus orígenes en el cardenismo del 88, pero el retroceso y el daño al país en los últimos ocho años no han sido menores.
La paradoja es nítida, como bien la llamó Roger Bartra. Quizá, como éste deslizó, pesó más su arraigado nacionalismo que planteaba regresar al espíritu de la Revolución Mexicana sobre el compromiso democrático que adquirió enfrentando al viejo régimen cuando éste giró hacia la modernización neoliberal. Eso seguirá siendo motivo de discusión, pero, en cualquier caso, el valor de Cuauhtémoc Cárdenas como líder y referente de la lucha democrática está fuera de duda.
[1] Cuauhtémoc Cárdenas, Sobre mis pasos, Aguilar 2010, pp. 291-294.