El quiebre de la normalización de la violencia
Vas manejando, el teléfono vibra. No necesitas contestar, solo quieres saber quién escribió. Bajas la mirada unos segundos, lees el mensaje, piensas en responderlo. Cuando vuelves a mirar el camino, ya recorriste varios metros sin prestar atención a lo que ocurre frente a ti.
Eso es lo que hace tan peligrosa la distracción digital al volante. Muchas veces comienza con algo que parece insignificante: un mensaje, una llamada, una notificación, una canción que queremos cambiar. Pero no es inofensivo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que usar el teléfono móvil al conducir incrementa hasta cuatro veces la probabilidad de provocar o sufrir un accidente.
En México, la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT) ha señalado que cerca del 71% de los siniestros de tránsito están vinculados al factor humano y, de esa proporción, aproximadamente un 20% responde a imprudencias relacionadas con distracciones al volante. Es decir, una porción relevante de los choques podría evitarse con conductas más responsables al manejar.
El problema no es solo quitar la vista del camino. Cuando usamos el celular mientras manejamos, nuestra atención también se va detrás de la pantalla, podemos seguir mirando hacia el frente y, aun así, dejar de procesar correctamente lo que sucede a nuestro alrededor.
Estudios neurológicos muestran que una llamada telefónica puede hacer que el cerebro procese hasta 50% menos de la información del entorno; otros datos indican que tras apenas 90 segundos de conversación por celular el conductor deja de percibir cerca del 40% de las señales de tránsito y reduce su velocidad media, mientras su capacidad de reacción se deteriora.
La amenaza del smartphone en el auto es compleja porque activa simultáneamente varias interferencias que reducen la seguridad:
Lo más preocupante es que hemos aprendido a convivir con esta conducta. Decimos: “Es rápido”, “Solo voy a contestar esto”, “Estoy detenido en el semáforo”, “Puedo hacerlo mientras manejo”. Pero la calle no puede esperar, unos segundos que creemos inofensivos se traducen en metros recorridos sin mirada, ni atención y esos metros pueden decidir entre llegar a casa y no hacerlo.
Por eso algunas medidas son tan simples como efectivas: activar el modo “No Molestar” al conducir; colocar el teléfono fuera de nuestro alcance; programar el GPS antes de arrancar; y, si viajamos acompañados, pedirle a alguien más que conteste.
Estas acciones no sólo son prudentes, sino necesarias frente a la evidencia: reducir la exposición a la distracción puede disminuir de forma directa la probabilidad de un accidente.
No se trata de vivir desconectados. Se trata de saber cuándo no podemos permitirnos estar conectados, porque manejar también implica aceptar una responsabilidad muy concreta: durante esos minutos, nuestra atención puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
La próxima vez que el teléfono vibre mientras manejas, puedes hacer algo muy sencillo: dejarlo ahí.
El mensaje puede esperar. Tu atención, no.
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