¿Y si estamos monitoreando mal?
El alcance de la Presidencia siempre ha sido motivo de análisis. En la política de México, muchas son las obras que ponen énfasis en las atribuciones del poder presidencial. Enrique Krauze desarrolla una línea argumentativa que sostiene que la política en nuestro país es una práctica personalizada y centrada en personajes. Por eso, quizá, relata procesos de transformación, como la Revolución mexicana, a partir de los perfiles y los liderazgos en Biografía del poder. Esta línea argumentativa también está presente en La Presidencia imperial, obra en la que analiza distintos relatos de los presidentes de la República durante el periodo comprendido entre 1940 y 1994.
Jorge Carpizo dijo en algún momento que la Presidencia de la República estaba dotada de poderes constitucionales, aquellos que están inscritos en la Carta Magna, y también de facultades que van más allá de la ley: los poderes metaconstitucionales. Estas facultades de facto están centradas, en su mayoría, en atribuciones que demuestran el poder presidencial.
Muchos son los ejemplos, antiguos y presentes, pero dos resultan emblemáticos: la definición de las candidaturas, directa o indirectamente, por parte del poder presidencial, y la remoción de mandatarios.
Estas prácticas parecen haber trascendido los tiempos no democráticos y se han hecho presentes en nuestra democracia contemporánea. Entonces, esto se encuentra más relacionado con el modelo presidencial.
Quizá los rasgos de un poder centrado en una persona, derivado de una elección en la que quien gana lo gana todo, con mandatos no removibles y poderes legislativos débiles como contrapeso, propicien, tanto en las democracias como fuera de ellas, un ejercicio rígido y fuerte del poder.
Hace unos días, en el debate nacional, llamó la atención el impulso de Rubén Rocha Moya por regresar al gobierno de Sinaloa, en torno a quien giran acusaciones por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Esto derivó en una reacción del poder presidencial que llevó al entonces gobernador a desistir y retirarse.
La democracia antigua también atestiguó liderazgos fuertes y ejercicios duros del poder. Pericles es un paradigma de ese caso. Quizá por eso el historiador Tucídides, de quien recibimos el emblemático discurso fúnebre, llegó a afirmar: “En el nombre era una democracia; en realidad, el gobierno del primer ciudadano”… o, en nuestros tiempos, de la primera ciudadana con “A”.