La mayoría de columnistas y analistas políticos han sobredimensionado el éxito o el fracaso de los actores fundamentales de la contienda electoral del domingo pasado.

Muchos han señalado que en el resultado de las elecciones del 5 de junio, cuando estuvieron en juego 10 gubernaturas, el principal ganador ha sido el Partido Acción Nacional.

No obstante, adjudicar un triunfo a la marca o emblema de ese partido como tal, resulta en estos tiempos por lo menos exagerado. En realidad, más allá de un triunfo del PAN debemos hablar de una derrota del PRI, pero particularmente de sus gobernadores, entre ellos los más corruptos del país. Más que un triunfo de Acción Nacional, lo que hubo fue el castigo a pésimas gestiones locales y, en unos casos, buenas campañas de algunos buenos candidatos que ganaron.

Otra desproporción es la de atribuir en la misma medida la etiqueta de ganador al presidente nacional del PAN, Ricardo Anaya Cortés. La gente votó por circunstancias muy específicas, de hartazgo ciudadano, no por el dirigente nacional del blanquiazul ni mucho menos por su pretendida cara bonita. Ubicarlo como el artífice de las victorias es la mayor desmesura.

De la misma manera se ha colocado en el bando de los perdedores al presidente nacional del PRI, Manlio Fabio Beltrones. Y si bien Beltrones tiene responsabilidad en haber hecho cuentas alegres en la víspera de los comicios, el voto de castigo no fue contra el líder del partido en el poder, sino contra el poder mismo, es decir, contra el presidente Enrique Peña Nieto, contra los escándalos de corrupción y contra los gobernadores en turno.

Tampoco debe verse como perdedor al dirigente nacional de Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador, como se ha señalado de manera interesada e insistente. Por el contrario, el fundador de Morena consolidó su candidatura presidencial para 2018 al conseguir un caudal de votos, al ganar alcaldes y diputados locales que no tenía, al obtener segundos y terceros lugares en los estados y el primero en la Ciudad de México, y al desplazar al PRD y enfilar a su partido a la tercera fuerza política del país.

Finalmente, podemos identificar tres de las principales lecciones de las elecciones del domingo pasado:

La primera, es que se confirma un proceso de consolidación de la alternancia en México, donde el poder ya no es absoluto, y donde las victorias y las derrotas no son para siempre. Hay una fuerte competencia incluso en las entidades federativas, y en las elecciones ya no hay nada escrito para nadie.

Segundo, que es sumamente anticipado afirmar que el PAN se perfila para ganar la Presidencia, que el PRI está liquidado y que López Obrador se debilita. En dos años pueden pasar muchas cosas todavía. Por ejemplo, los candidatos gobernadores que hoy ganaron, mañana podrían ser la decepción y el desencanto.

Y tercero, que el pasado 5 de junio asistimos al fin de la era de los gobernadores como virreyes o señores feudales del sistema político mexicano. Los electores ya les perdieron el respeto a los mandatarios estatales. Ya no les tienen miedo y los pueden echar a patadas con el poder del voto, incluso a aquellos que ejercen un despótico control absoluto.