
Hoja verde
La esperanza y la decepción
Dentro de un poco más de dos meses, los mexicanos elegiremos a un nuevo presidente. El renacer sexenal de la esperanza y la discontinuación de la decepción: un obsesivo y circular freno de la democracia, que frustra todo esfuerzo para salir del subdesarrollo.
Ante ese drama satírico que fue el primero de los tres debates, los electores ajenos a la militancia partidista, es decir, la sociedad civil que es mayoría en el listado nominal, poco pudo captar de los planes de gobierno de los cinco candidatos, pues un debate en una contienda, una lucha y un combate, cuya violencia verbal oculta la realidad y hace de la simulación el motivo central de sus postulados.
Los tres debates, como en la Grecia antigua serán una trilogía trágica, que sólo servirán para diversión del público, pero sin los personajes de la leyenda heroica. Sólo cinco personas en busca del poder político, a quienes poco importa el futuro del país.
Duele escribirlo, pero es la realidad.
¿Cómo acabar con ese drama?
No vemos otra forma que no sea el reformar un sistema político caduco, es decir anticuado.
Una reforma a fondo, que en lo electoral se disminuya el costo de las elecciones. Que los partidos políticos dejen de recibir lo que eufemísticamente se conoce como “prerrogativas legales”, y que en el caso de los candidatos independientes se sancione con el retiro de las candidaturas a quienes cometan actos ilícitos como el falsificar credenciales de elector, pues la candidata y el candidato independiente que actualmente contienden por la presidencia, llegaron a la candidatura fraudulentamente.
Una reforma electoral en donde se establezca la segunda vuelta, lo que haría factible los gobiernos de coalición con un interés determinado, lo que convertiría en trascendente al gobierno.
Buscar nuevos espacios en lo político, pues lo que vimos desde el mirador de la sociedad civil, ninguno de los actuales candidatos presidenciales es garantía de cambio, y si hay uno que encabeza los sondeos de opinión, de llegar al poder sería otro más entre quienes hacen renacer la esperanza y la discontinuación de la decepción cada seis años.
Cambiar el estado de cosas, dar los pasos necesarios para hacer de México una nación progresista. Ser en lo político “serios pero no solemnes”.
Quien triunfe en las elecciones debe convocar a una reforma del sistema político, a una reforma del Estado, para llegar a la madurez que nos ubique en el camino del progreso.