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Teléfono rojo
“…Y los sueños sueños son”
Acapulco es una de las ciudades más inseguras del país; lo saben en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos y en el Canadá, que no hace mucho eran sus turistas quienes ocupaban casi la mayoría de las habitaciones de hotel durante la temporada invernal; lo saben los europeos, asiáticos y sudamericanos, que prefieren otros destinos de playa menos peligrosos; lo sabe el turismo nacional, cuyos viajeros de las clases medio-alta y alta, que cada vez se ausentan más; lo sabemos los acapulqueños, que somos los principales afectados por la violencia generada por el llamado crimen organizado; y lo sabe el gobierno en sus tres niveles, que poco ha hecho para combatir con decisión a los cárteles de la droga que han convertido a la ciudad y a las playas en un campo de batalla y a sus habitantes en una población en permanente estado de indefensión.
A ese desalentador estado de cosas, sólo se pudo llegar por la corrupción en el ámbito gubernamental, especialmente en las corporaciones policiacas. El crimen organizado es tan poderoso en lo económico que puede comprar a algunos mandos de las corporaciones policiacas que se hacen de la vista gorda dejando a la delincuencia operar sin disimulo alguno, permitiendo los ilícitos sin aprobarlos expresamente, inmoral artilugio por lo cual a los grupos delincuenciales se les dice “la maña” y a los corruptos sus cómplices.
En las policías Preventiva y Vial, se presume que hay patrulleros que hacen labor de “halconeo” lo que los coloca en servidores no de la sociedad y si de la delincuencia, por esa razón, cuando para investigación son encuartelados y la Policía Federal, Estatal y las Fuerzas Armadas se hacen cargo de la seguridad pública, los hechos delictivos se reducen al mínimo, como sucedió en las últimas cuarenta y ocho horas.
Se tiene que investigar a fondo, caiga quien caiga. Limpiar a Acapulco de ese lastre que entorpece y detiene su progreso.
Cuando eso suceda, cuando Acapulco sea menos inseguro, lo sabrán en los Estados Unidos y en el Canadá, y volverán como las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer en los balcones de los hoteles sus nidos a colgar; los europeos, asiáticos y sudamericanos, también se enterarán y serán de nuevo nuestros visitantes; el “gran turismo” nacional volverá a nuestras playas cuando constate la feliz noticia.
Pero como escribió Pedro Calderón de la Barca en una de las obras de teatro más importante de todo el Siglo de Oro español, “la vida es sueño y los sueños sueños son”