SEATTLE, Wa., 8 de marzo de 2019.- La bruma se precipitó veloz, como un torbellino procedente del Pacífico. Los jornaleros caminan entre los surcos con decenas de flores entre los brazos. Sus siluetas se pierden entre la blancuzca neblina que los va envolviendo hasta desaparecerlos en los surcos de los campos agrícolas al norte de Seattle, Washington; después, cayó una llovizna tenue que congeló más el lugar.

Al oeste de la ciudad de Mount Vernon, condado de Skagit, es común que los cortadores de flores se pierdan entre ellos por la nubosidad del día. Del sol, ni hablar, los migrantes apenas pueden mirarlo tres o cuatro veces durante los tres meses de invierno.

Así transcurren todos los días. Los jornaleros con gruesas chamarras caminan entre las canaletas de agua helada; tijeras en mano, recogen las flores que van seleccionando con sumo cuidado para que no se maltraten; después las colocan en cajas de madera y de ahí al mercado de las principales ciudades de Estados Unidos.

Entre surcos de arcoíris de tulipanes camina Paulino, que viene de Tierra Colorada, municipio de Jicayán de la Flores, Oaxaca. Él y muchos otros jornaleros que trabajan en esta zona vienen de la zona marginadas de Oaxaca y Guerrero. Antes de cortar flores, aprendió todos los oficios de la agricultura: cortador de tomate en los surcos de Sinaloa; piscador de fresas y mora en San Quintín, Baja California.

Recorrió los principales campos agrícolas de México, hasta que se animó migrar al corte de fresa en la región de Valles Centrales, California.

“Antes de llegar aquí, estuve en Santa María, California; ahí corté fresas; luego uvas; cuando terminaron esos cultivos seguí buscando trabajo, hasta que llegué a cortar manzanas; ahora corto flores”, dice entre risas.

Nació en una comunidad ñuu savi (mixteca), pero en el camino se encontró, primero con sus primos y sus sobrinos, y después, con su tío. Con ellos fundó el grupo musical Los aferrados del Arroyo para cantar en su lengua materna en Washington.

A pesar de que los ventarrones del condado de Skagit trituran a los campesinos entre el colorido de tulipanes, Paulino sigue cortando flores y dice que para no morir de tristeza lejos de la tierra que los vio nacer y después los expulsó de ahí por la pobreza, se juntaron como gotas de lluvia para cantar en su lengua materna, tu’un savi.

Mientras el na savi entreteje su historia en el corte de la flor, las figuras escuálidas de los cortadores de tulipanes van desapareciendo entre los surcos por la distancia y la neblina. Si no fuera por el castañeo de los dientes, uno imaginaría que están muertos; sin embargo, los movimientos en zigzag hacen que haya vida.

El oaxaqueño aclara: “Soy el único de Los Aferrados que anda acá cortando flores. Mi tío, mi primo y mi sobrino andan en otro jale; con ellos nos vemos en la noche para ver si hay ‘tocada’ los fines de semanas. Nos invitan a cantar en bautizos, bodas y bailes comunitarios”.

A los jornaleros se les engarrotan las extremidades por el frío; al verlos de cerca se puede apreciar su piel marchita y sus labios tostados por la helada. La jornada diaria es el infierno. Pero el colorido de las flores primaverales en Washington impide que los campesinos se mueran lentamente.

A veces, por azar llegan los rayos del sol, aunque sea media hora para iluminar el día y hace que se distingan los tonos de los tulipanes. Esto lo aprovechan cientos de turistas para tomarse fotos y disfrutar la belleza de la floricultura regional.

La mayoría de los jornaleros que trabajan en el corte de tulipanes ha recorrido los campos agrícolas de Michoacán, Jalisco, Colima, Guanajuato, Sinaloa, Sonora; y su punto final en México es el Valle de San Quintín, Baja California, de donde saltan a los campos de cultivos de California, Oregón y Washington para cosechar hortalizas, frutas y flores. Su vida, se parece a la de las golondrinas: hacen paradas por temporadas de forma cíclica.

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El rasgueo de la guitarra de Los Aferrados y la primera voz de Salomón arrancan con el ensayo: Ama kàku yu kú’un yu inka ñuu, ama kàku yu kú’un inka ve’e (Cuando nazca iré a otro pueblo, cuando nazca iré a otra casa). Así practicaron toda la mañana de un fin de semana.

Después de encerrarse en casa para iniciar con los ensayos, los músicos platican con el reportero. Ante la primera pregunta vino el silencio y después los cuatro empezaron a soltar lo que tenían para contar ese día.

“Estuve en San Quintín ocho años con mi hermana, y de ahí me vine a Santa María, California, donde aprendí a tocar la guitarra”, dice Paulino.

“Mi primer trabajo fue en el corte de tomate en Culiacán, Sinaloa; luego, subí a un autobús que me llevó a la pisca de fresa en San Quintín. Ahí viví ocho años. Ahora trabajo en la poda de mora en Linden”, narra Raúl.

Marcelino no se queda atrás. También comparte su pasado desde que salió de Tierra Colorada, Oaxaca, donde empezó a convivir con este arte porque su abuelo era integrante del grupo de música de viento de la comunidad. Y de ahí le entró el gusto.

“Cuando me vine tenía 24 años; mis amigos del pueblo me hablaron de Sinaloa, así que me animé y me fui al corte de tomate, terminando la temporada en Valle Juárez, municipio de Badiraguato, Sinaloa. El siguiente campo fue Hermosillo, Sonora. Ahí trabajé en la uva; cuando terminó el ‘jale’ ahí, me fui con mi familia a San Quintín y de ahí a California”, describe.

Salomón dice que salió de adolescente de su pueblo; al igual que su tío y sus primos, también pisó el campo de cultivo de tomate en Sinaloa y después en Santa Teresa, municipio de Ensenada, Baja California. “Llegué a Estados Unidos en 2011, al corte de fresa en Santa María, California, y de ahí a recorrer los campos agrícolas de Oregón y Washington. Aquí trabajo en una carnicería”, dice.

–Nda yàa kata yo (que canción vamos a cantar) –suelta Salomón mientras afina su guitarra.

–Ama kàku yu (cuando nací) –contesta Paulino.

Mientras los integrantes se ponen de acuerdo sobre qué pieza tocar, Salomón habla de cómo fundaron el grupo musical. “Nunca fuimos a una escuela de música, todo lo aprendimos en la casa y en el camino o mejor dicho en los surcos. Cuando nos reunimos en Santa María, ahorramos para comprar los instrumentos; luego el ensayo en los fines de semanas. Pero había otro problema, no sabíamos que género íbamos a cantar, así que empezamos primero con los corridos norteños”, relata.

Agrega: “Cuando llegamos en Bellingham, Washington, vimos que hay muchos paisanos na savi de Metlatónoc, Cochoapa El Grande, Guerrero, así como compas de Tlaxiaco, Las Nieves y Jicayán de las Flores, Oaxaca, así que nos animamos a cantar en nuestra lengua, ahora son nuestro éxito; donde quiera que vamos nos piden Ama kàku yu, así que de ahí a cantar en tu’un savi, así ya no nos sentimos tan lejos del pueblo; al contrario, esto nos acerca más, que todo sea por la música”.

Después de tocar otra pieza, pero ahora en español, Los Aferrados reinician la plática. Marcelino, el más callado de todos, es el que explica la historia detrás del nombre de la agrupación: “El primer nombre que le pusimos al grupo fue Los bravos de la sierra, pero no nos gustó porque no nos sentimos identificados con eso y menos con la música que tocamos, así que optamos por ponerle Los hijos de Malverde, porque cantábamos corridos de Sinaloa; pero igual nos generaba problema con los seguidores, así que decidimos llamarnos Los Aferrados, pero vinieron los recuerdos del pueblo y nos acordamos de que el pueblo donde viven los abuelos se llama Arroyo, así que nos quedamos como Los Aferrados del Arroyo”.

–¿Por qué Aferrados? –quiero saber.

–Porque desde que salimos de La Montaña nada nos detiene: estamos donde estamos porque nos aferramos a todo, y más a la música; gracias a eso seguimos aquí como grupo compacto –contesta Raúl.

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La jornada no ha terminado, pero la lluvia arreció y todos empezaron a caminar más rápido, pero el paso es imposible, por más que quieren estirar las piernas no pueden porque el frío y el lodazal de los surcos impide que avancen. Como pudieron, salieron de allí a esperar que aminorara la lluvia. Pero eso no pasó, así que recogieron sus cosas y cada uno abordó las camionetas para regresar a su casa.

La vida de los jornaleros en Washington no es diferente en nada a la de México. Lo único que hace cambiar es el frío y las constantes nevadas; de ahí, todo es la misma rutina: levantarse a las tres de la madrugada para cocinar, desayunar y a trabajar. Los fines de semanas, para los músicos son ir a una tocada pendiente, que podría ser una fiesta patronal, un bautizo o una boda.