
Hoja verde
Es obligatorio el responso para Juan Gabriel: artista universal. Tan grande como la inmensidad de su obra, en la historia del tiempo que viene, le llegue a multiplicar sus dones personales de creador. La música es un tímpano esencial que porta en el subconsciente un determinado número muy reducido de personas escogidas por Dios. Manejar la métrica del ritmo sólo con el compás natural de la inspiración y agregarle la armonía que constituye la melodía, es la diferencia entre el canto y el ruido: las notas, la partitura, hacen lo demás: el contrapunto, la fuga, el acorde y la propia respiración del compositor conspiran hasta consagrar una obra de arte.
No hay escalafón ni categorías en el fenómeno de la creación. Un aria, una tonada, son como un remolino, nacen del aire, de la nada: es inexplicable el brote de un torrente que desemboca en la sonata “Desde que te Conocí” o en “Amor Eterno”: dos paralelos que son canciones destinadas a permanecer en el gusto del público por una eternidad. Esto es lo inmarcesible de Juan Gabriel: este es su arte.
Lo otro, la mundano, sus pasos pecadores en esta tierra profana tienen en personajes como Oscar Wilde, precedentes turbulentos. La carne es débil dice La Biblia. El autor de “Salomé” falleció en la cárcel de Reading acusado de sodomía en aquellos tiempos en que la diversidad de género era grave ofensa victoriana.
Edgar Allan Poe murió ignorado en la banca de un parque donde se recostó para soportar la agonía que el alcoholismo le deparó. Es hoy sin embargo uno de los más célebres escritores de la novela negra. Pero en vida hizo de su existencia una piltrafa.
Se cuenta que Agustín Lara era afecto a fumar puros de una yerba fatídica, pero ello no forma parte de su biografía musical. El autor de “Granada” es más grande que todos sus defectos y sus vicios. El aura de su genio se eleva en el limbo de los clásicos mexicano.
Borracho hasta la cirrosis fue José Alfredo Jiménez, el mismo al que ahora se disputan las orquestas sinfónicas de Europa para interpretar “El Jinete”. La vida tiene enfermedades espirituales no sólo físicas. Depender de una droga es un infierno del cual a los artistas sólo puede redimirlos su obra.
Regreso a Juan Gabriel: usó una blusa para dar un toque mexicano a su atuendo. Colocó chaquiras al traje de charro. Bailó con el estilo de una quinceañera en el escenario. Fue de la igualdad de género un portavoz simbólico. Logró con exactitud la antítesis del machote charro brabucón. Venció todos los records. Le cantó al desamor y al amor con una identidad juvenil proclive a las muchedumbres.
En sus tiempos iniciales, la década de los setenta, fue vituperado, encarnecido, utilizado para chistes procaces, pero su talento venció toda reticencia; sus canciones lo internacionalizaron. En 1985 en los medios radiofónicos alemanes “Querida” permaneció un año en el primer lugar de las preferencias populares.
De todas las injurias que cosechó por su forma y su talante, a Juan Gabriel va a rescatarlo su obra: vasta, única, inmortal.
PD: “Lo que se ve, no se juzga”: Juan Gabriel.