El Maximato
Hace unos días se dictó sentencia contra Ismael El Mayo Zambada en Estados Unidos. Se trata de una condena a cadena perpetua para uno de los líderes de los cárteles más violentos de los últimos años en México.
En este contexto, El Mayo Zambada compartió una carta que se filtró en diversos medios de comunicación. Supongo que se trata de un acto de arrepentimiento, resignación o de búsqueda de redención ante lo inevitable. Supongo también que forma parte de una estrategia mediática promovida por sus abogados, con la finalidad de sensibilizar ante su solicitud de traslado a México. Pueden ser muchas cosas, quizás todas a la vez, pero lo cierto es que la carta contiene un mensaje que vale la pena resaltar.
En el texto, que el propio criminal firma al pie, destacan dos afirmaciones:
Cita 1:
“Durante muchos años, la violencia y el crimen han sido presentados como un camino de poder o éxito. Eso es una mentira. Mi vida es prueba de que ese camino termina en destrucción, cárcel o muerte”.
Cita 2:
“Si algo puede salir de esto, es que los jóvenes vean la realidad: no hay honor ni futuro en este negocio del crimen”.
Estas líneas, auténticas, sinceras o no, constituyen un mensaje contundente para las nuevas y no tan nuevas generaciones en el camino hacia la construcción de la paz social. La declaración de un criminal confeso, la afirmación de su propia realidad, reduce a su mínima expresión las imágenes glorificadas de los capos creadas por la industria del entretenimiento, la televisión y la música, que han convertido a estos personajes violentos casi en héroes, con vidas descritas desde la opulencia, el poder, el placer y el lujo.
Esa vida que “es una mentira”. Esa imagen casi romantizada del narcotraficante, afianzada en los corridos que están en boca de los jóvenes y en las series que gozan de admiración popular, queda desmontada en la declaración de un criminal de carne y hueso. Uno real.
Por eso vale la pena reproducir la reflexión sobre la carta: las líneas que no deben pasar desapercibidas, el mensaje que debe llegar a las juventudes. “No hay honor ni futuro” en esa actividad ilícita. No hay camino más que el de “la destrucción, la cárcel o la muerte”. Así, sin matices.
Cuando pienso en esto, reflexiono sobre la importancia que tienen los modelos para una sociedad. El mundo clásico acudía a los héroes para depositar en ellos una serie de valores sociales que posteriormente podían ser emulados por las nuevas generaciones, y en gran medida así fue. Por eso resuenan hasta nuestros días esos nombres: Aquiles, Héctor, Odiseo y Eneas. Ecos de una propuesta de personajes creados didácticamente con fines sociales.
En ese sentido, cabe preguntarse: ¿qué hacer en una sociedad sin héroes o heroínas, donde las referencias son pocas y en donde aquellas que se presentan son, más bien, antihéroes o falsos héroes?
En la reflexión filosófica, Platón aborda esa falsa heroicidad. En sus diálogos distingue entre el verdadero y el falso valor. Para los filósofos clásicos, quien lucha motivado, por ejemplo, por la riqueza y los honores no es un verdadero héroe, sino un simulador.