Teléfono rojo
Hay momentos cruciales en la vida de los partidos políticos. La definición de sus candidaturas es uno de esos instantes porque en esa decisión se construyen fortalezas o se generan fracturas, ambas con repercusiones inmediatas e impacto en los resultados electorales. Pero para un partido como Morena, que, desde mi punto de vista, se construye actualmente en un proceso de institucionalización, este momento es fundamental.
¿Por qué comento que hay un intento de institucionalización en Morena? Entre otros, Samuel P. Huntington mencionó que este proceso busca despersonalizar el poder y generar autonomía organizativa de las instituciones políticas, es decir, reglas y procedimientos que mantengan una ruta previamente establecida, rutinas predecibles, estatutos formales.
Despersonalizar el poder es una aspiración necesaria, sobre todo para una organización política que nace de un fuerte liderazgo, presente en el discurso político del partido, pero que la institucionalización garantizará, de lograrlo, no solo una vida política prolongada, sino más estable.
La incorporación de las encuestas como método predilecto para la definición de candidaturas es un intento de ese proceso de institucionalización. A nivel internacional, el caso exitoso es el del Partido Progresista Democrático de Taiwán, que desde la década de los 90 definió un esquema de estudios de opinión para integrar candidaturas, logrando estabilidad y reduciendo significativamente el riesgo de ruptura.
El método de selección de candidaturas es importante para un partido político, pero también el alineamiento de facciones, el efecto bandwagon interno (o efecto carro de la victoria), que se refiere a lo que coloquialmente se denomina operación cicatriz: el instante en el que las facciones minoritarias o indecisas se apresuran a respaldar públicamente al candidato victorioso para negociar cuotas de poder o espacios en el futuro gobierno antes de que la lista se cierre.
Esto no lo digo en clave peyorativa, pues es claro que los partidos y quienes participan en ellos buscan fundamentalmente el poder político; ese no es un problema, el asunto está esencialmente en las razones o los motivos para alcanzarlo. Pero “esos son otros cien pesos”, como dice el Dr. Secundino González Marrero, cuando tiene que agregar una explicación adicional al tema central.
Estos esfuerzos de reconciliación en búsqueda de la unidad partidista me hacen recordar a Tácito, el historiador romano, que llegó a describir un esquema peculiar, basado en dos herramientas, que sucedía entre las legiones al concluir el periodo de un emperador. En ese contexto, el nuevo líder, para asegurar la lealtad de las tropas rivales, disponía de la clementia, que consistía en perdonar a los cabecillas o liderazgos de las facciones perdedoras para evitar conflictos de venganza; y el donativum, que consistía en dar un regalo o pago, económico o material, a los soldados derrotados para sumarlos a sus nuevas filas.
La operación cicatriz, en la política actual, a veces parece que replica este esquema expuesto por Tácito. La clementia está presente en el discurso público de unidad: “aquí nadie sobra, todos somos necesarios”, y el donativum es la promesa, explícita o no, de reparto de espacios de poder.
Sin embargo, la metáfora siempre tiene otras reflexiones: la cicatriz bien lograda derivará en una fuerte unidad, pero, aun en esas circunstancias, los partidos no deben dejar de saber que la cicatriz puede cerrar, pero siempre quedará la señal en la piel de que ahí existió una herida.