Teléfono rojo
Recuperar la atención, recuperar la convivencia
Durante años confundimos modernización con digitalización. Nos convencimos de que introducir más pantallas, teléfonos, tabletas y aplicaciones en la vida cotidiana significaba, necesariamente, avanzar. Hoy comenzamos a comprender que la tecnología es una extraordinaria herramienta cuando está al servicio de las personas, pero puede convertirse en un poderoso mecanismo de distracción y dependencia cuando las personas terminan subordinadas a ella.
Por eso considero acertada la decisión de la Secretaría de Educación Pública de restringir el uso de teléfonos celulares y otros dispositivos personales durante la jornada escolar en la educación básica. No se trata de declarar una guerra contra la tecnología ni de pretender regresar a una escuela ajena al mundo digital. Se trata de algo mucho más elemental: recuperar para la escuela el espacio y el tiempo necesarios para aprender, pensar, conversar y convivir.
México no está solo en esta discusión. La medida forma parte de una tendencia internacional que ha crecido aceleradamente. De acuerdo con información de la UNESCO, para marzo de 2026, 114 sistemas educativos, equivalentes al 58 por ciento de los países del mundo, contaban ya con algún tipo de prohibición o restricción nacional al uso de teléfonos móviles en las escuelas. En 2023 la proporción era de apenas 24 por ciento.
No estamos, por tanto, ante una ocurrencia aislada, sino a una discusión mundial sobre los efectos que está produciendo la hiperconectividad en niñas, niños y adolescentes.
Francia fue uno de los países pioneros. Desde 2018 restringió legalmente los teléfonos móviles en escuelas y colegios, y posteriormente profundizó su política; Brasil siguió un camino semejante mediante la Ley 15.100 de 2025, que limita el uso de dispositivos electrónicos personales durante las clases, los recreos y los intervalos de la educación básica. En Estados Unidos numerosos estados han establecido restricciones o han ordenado a sus distritos escolares desarrollar políticas en la materia.
La respuesta puede resumirse en una palabra que pocas veces valoramos suficientemente: atención; no puede existir un verdadero proceso educativo sin atención. Para aprender hay que escuchar, observar, leer, escribir, preguntar, equivocarse, volver a intentar y reflexionar. Todo ello requiere tiempo y concentración. El teléfono inteligente, por el contrario, introduce en el salón de clases una competencia permanente por la atención del estudiante: mensajes, notificaciones, videos, juegos y redes sociales reclaman continuamente su mirada.
El problema no termina en el aula. También debemos preguntarnos qué ocurrió con el recreo. Durante generaciones fue el espacio fundamental de socialización. Allí los niños jugaban, conversaban, discutían, hacían amigos, resolvían diferencias y aprendían algo que ningún libro puede enseñar completamente: a convivir con los demás. Hoy podemos observar patios escolares en los que una parte de esa convivencia ha sido sustituida por estudiantes mirando individualmente una pantalla. Estamos juntos físicamente, pero cada vez más separados socialmente.
Por eso resulta relevante que la regulación mexicana comprenda toda la jornada escolar y no solamente las horas de clase. El recreo, la conversación, el juego, la fraternidad también educan. Incluso el conflicto cotidiano y su solución forman parte del aprendizaje social, aprender a dialogar y construir acuerdos.
Existe además otro fenómeno que las familias y las escuelas conocen perfectamente: el ciberacoso. El teléfono permite fotografiar, grabar y difundir imágenes en segundos. Un conflicto que anteriormente podía permanecer limitado al espacio escolar puede trasladarse inmediatamente a grupos de mensajería y redes sociales, multiplicarse y regresar al día siguiente al salón de clases con una dimensión mucho mayor. La propia consulta realizada por la SEP antes de emitir la regulación resulta reveladora. La autoridad educativa reportó que 79.7 por ciento de las figuras educativas participantes identificó dificultades de los estudiantes para mantener la atención; 53.3 por ciento señaló una disminución de la interacción presencial; 38.7 por ciento observó conflictos originados en redes sociales que después se manifestaron en la escuela, y 29 por ciento identificó situaciones de ciberacoso o agresiones digitales.
No debemos interpretar estos datos como una condena de la tecnología. El problema no es el instrumento por sí mismo, sino las condiciones de su utilización. La escuela del siglo XXI necesita tecnología, conectividad, computadoras, plataformas educativas, inteligencia artificial y acceso al conocimiento digital. Pero debemos distinguir entre tecnología utilizada con una finalidad pedagógica y tecnología personal que interrumpe permanentemente el proceso educativo.
Una tableta utilizada por el profesor para desarrollar una actividad académica no cumple la misma función que un teléfono utilizado durante una explicación para revisar una red social. Una computadora conectada a una biblioteca digital no es equivalente a una sucesión interminable de videos diseñados para capturar durante el mayor tiempo posible la atención del usuario. Por ello, la regulación mexicana contempla excepciones razonables para actividades pedagógicas, cuestiones de salud, discapacidad, accesibilidad, emergencias y otras necesidades justificadas. No estamos ante una prohibición ciega de la tecnología, sino ante un intento de establecer límites a su utilización dentro del espacio educativo.
Pero hay una discusión todavía más profunda. Durante mucho tiempo entendimos la libertad como ausencia de restricciones, la libertad negativa. Bajo esa concepción, limitar el uso del teléfono podría parecer una afectación a la autonomía del estudiante. Sin embargo, debemos preguntarnos qué tan libre es una persona cuando siente la necesidad de consultar una pantalla todo el tiempo. Las grandes plataformas digitales compiten por nuestra atención; su modelo económico depende, en buena medida, de conseguir que permanezcamos conectados. Sus algoritmos seleccionan contenidos, producen estímulos constantes y buscan prolongar nuestra permanencia frente a la pantalla. La escuela no puede permanecer indiferente ante esa realidad.
Educar también significa enseñar límites, asumir responsabilidades. Significa aprender que no todo deseo necesita satisfacción inmediata, que existen momentos para hablar y momentos para escuchar, momentos para conectarnos y momentos para desconectarnos. La paradoja es interesante: en determinadas circunstancias, establecer un límite garantiza nuestra libertad.
Un niño sin teléfono durante algunas horas puede descubrir nuevamente el libro, el cuaderno, el juego, la conversación, el deporte, la imaginación y, quizá algo todavía más difícil en nuestra época, el silencio. No debemos tener miedo de decirlo: nuestros niños tienen derecho a espacios libres de la presión permanente de las pantallas.
La medida de la SEP debe acompañarse, desde luego, de educación digital, participación de las familias, capacitación docente y mecanismos razonables de aplicación. Sería insuficiente retirar el teléfono durante seis horas si durante las restantes niñas, niños y adolescentes permanecen completamente abandonados a un ecosistema digital que todavía no comprenden plenamente. La responsabilidad, por tanto, no corresponde solamente al gobierno ni a los maestros, también atañe a las familias y a la sociedad.
México está entrando en una discusión que Francia, Brasil y numerosos sistemas educativos ya enfrentan. La pregunta no consiste en decidir si estamos a favor o en contra de la tecnología, esa es una falsa disyuntiva. La verdadera pregunta es mucho más importante: ¿queremos que la tecnología sirva a la educación o que la educación termine subordinada a la tecnología?
La escuela debe enseñar matemáticas, historia, ciencias y lenguaje. Pero también debe enseñar algo indispensable para vivir en nuestro tiempo: gobernar nuestra propia atención para insertarnos con responsabilidad y valores en el mundo.
Porque recuperar la atención es recuperar la capacidad de pensar y socializar. Recuperar la convivencia es recuperar al otro. Enseñar a nuestros niños a utilizar la tecnología sin convertirse en dependientes de ella es educarlos en y para la libertad y la solidaridad.
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