ACAPULCO, Gro., 24 de octubre de 2021.- En los últimos cinco años, una ola de directoras y productoras contemporáneas comenzó a teñir de violeta al cine mexicano. Inspiradas por las luchas feministas actuales, realizadoras como Lucía Carreras, Astrid Rondero, Fernanda Valadez, Ángeles Cruz, Tatiana Huezo y Alejandra Márquez Abella llevan la perspectiva de género a sus narraciones. Además, Laura Woldenberg (Vice Studios y Mezcla) y Daniela Alatorre y Elena Fortes (No ficción) han creado casas de producción lideradas por mujeres para contar historias cada vez más diversas.

“Es bien padre ver cómo crece el número de mujeres que filman en México”, dice en entrevista la productora y directora Lucía Carreras, aunque asegura que queda mucho por hacer para alcanzar una industria realmente equitativa. “Digamos que es proporcional: filman más mujeres porque se hace más cine. Hay más oportunidades para todos, pero los números todavía están muy por debajo de los de los hombres”.

Tuvieron que pasar 59 ediciones del Premio Ariel, otorgado por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), para que una mujer se llevara por primera vez el reconocimiento a Mejor Dirección. La ganadora fue Tatiana Huezo, en 2017, por el documental Tempestad (2016). 

La hazaña se repitió hasta 2021, cuando Fernanda Valadez se llevó el mismo galardón por su película de ficción Sin señas particulares. Ambas cintas narran las travesías de madres que buscan a sus familiares desaparecidos por la violencia y la inseguridad en el interior del país.

“Las mujeres estamos hablando por nosotras mismas, nadie nos está dando micrófono de nada, nadie nos ha regalado nada”, dice en entrevista Sharely Cuéllar, crítica de cine y coordinadora de Lumínicas, un portal web creado por mujeres periodistas para analizar el cine desde el género y otras intersecciones. “Son muchos temas que no habíamos logrado ver con la misma sensibilidad o con el mismo tacto”.

La primera mujer que habló en el cine mexicano fue Santa, la protagonista del filme homónimo de 1932 (considerada la primera cinta sonora del cine nacional), dirigida por un hombre y escrita por otro hombre a partir de una novela de otro hombre. Durante décadas, las actrices del cine mexicano sólo pudieron ser personajes unidimensionales que existían en la trama por y para ellos.

En 1985, la actriz mexicana Diana Bracho cuestionó este aspecto de la historia del cine en México con el artículo “El cine mexicano: ¿y en el papel de la mujer… quién?”, publicado por la revista Estudios Mexicanos de la Universidad de California. También destacó la incapacidad del cine mexicano de producir películas que empatizaran con las mujeres, pues era una cinematografía enmarcada en una sociedad machista y sexista.

En la actualidad, la presencia de mujeres en puestos creativos y de toma de decisiones marca una diferencia en cómo se cuentan las historias sobre ellas. Además, abordan temas sociales desde una mirada empática tanto en la ficción como en el documental. 

La combinación de esfuerzos de mujeres en producción, dirección o guión ha rendido frutos para producciones como Sin señas particulares de Fernanda Valadez, Noche de fuego de Tatiana Huezo, Los días más oscuros de nosotras de Astrid Rondero, Las tres muertes de Marisela Escobedo de Carlos Pérez pero producida por Ivonne Gutiérrez y Laura Woldenberg y Nudo mixteco de Ángeles Cruz, por mencionar algunas de las más recientes.

“Cualquiera puede tocar cualquier tema, pero evidentemente influye cómo ves la vida”, explica en entrevista la cineasta de origen mixteco Ángeles Cruz. “Por eso es necesaria nuestra voz. No vas a ver lo mismo que un hombre, que un niño o una niña. La diversidad de miradas es lo que nos hace falta”.

Astrid Rondero coincide. “Los hombres siempre han tenido la oportunidad de decir lo que ven y piensan del mundo. Hablan desde una visión patriarcal y nosotras podemos hablar desde la visión de las mujeres”, cuenta en entrevista. “Cuando empiezas a contar historias desde las minorías y desde las disidencias surgen personajes mucho más interesantes porque no vienen del punto de vista que ha tenido preponderancia histórica”.

La cineasta Lucía Carreras cita a Sin señas particulares, coescrita y producida por Rondero y dirigida por Fernanda Valadez como un ejemplo claro de un abordaje íntimo. La cinta, ganadora del Ariel a Mejor Película en 2021 trata las desapariciones forzadas y la violencia del narcotráfico en el norte de México desde la travesía de una mujer que busca a su hijo, quien trataba de cruzar la frontera para llegar a Estados Unidos. 

A Astrid Rondero le gusta recordar una de las primeras críticas que leyó sobre Sin señas particulares. En ella, el autor celebraba a la película diciendo que no parecía hecha por una mujer. Más que el sexismo en el texto, a Rondero le sorprende esa perspectiva después de décadas de mujeres talentosas en la industria cinematográfica. 

“No creo que sea un éxito propio de nuestra generación, sino el resultado de haber tenido generaciones previas que nos han permitido salir de ese microcosmos”, reflexiona Rondero. “Hay un camino recorrido por las cineastas anteriores y eso nos permite asomar la cara a disfrutar otras historias y sentir que tenemos también esa capacidad y animarnos a hablar de otros temas y que no se van a burlar de nosotras”.

Un año atípico que no detiene a las cineastas

Los estragos de la pandemia de COVID-19 en la industria del cine en México se reflejaron durante 2020. De un año para el otro se redujo a la mitad la cantidad de filmes estrenados y producidos en el país. Si en 2019 se estrenaron 101 películas mexicanas, en 2020 fueron 47; si en 2019 se produjeron 216 películas, en 2020 sólo hubo 111, de acuerdo con el Anuario estadístico del cine mexicano 2020 publicado por el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine).

La proporción de directoras en esta industria tuvo un primer tropiezo. Los largometrajes dirigidos por mujeres se habían mantenido estables desde 2015, oscilando entre 20% y 25% de filmes por año. Pero por primera vez desde 2014, menos de 20% de las cintas producidas durante un año en México fueron dirigidas por mujeres. 

En 2020, 39% de los largometrajes en México tuvo a una mujer como líder de la producción, una reducción de 4% respecto al año anterior. Durante 2020, 13 documentales y seis ficciones fueron dirigidos por mujeres. La mitad de los largometrajes dirigidos por mujeres este año fueron óperas primas.

“En nuestra generación estamos encontrando bastante apoyo para hacer nuestras primeras películas”, explica la directora y productora Astrid Rondero.“No debemos olvidar que somos resultado de que ya había una apertura importante para las mujeres en el cine. Las cineastas de antes ya eran referentes”, menciona. 

En un año de disminuida producción cinematográfica para México, 41% de las personas trabajadoras del cine fueron mujeres: cuatro de cada diez personas que laboran en esta industria. Este año atípico le bajó la velocidad a los avances conquistados por las mujeres de la industria, pero no los detuvo. 

Creadoras unidas en la diversidad

Para Lucía Carreras, Ángeles Cruz y Lola Ovando, asociarse para crear una casa productora  fue algo natural. Las tres comparten la visión de darle voz a la diversidad y a los grupos vulnerables. “Obviamente con perspectiva de género, pero tratando de incluir todo”, cuenta Carreras. “Las tres representamos grupos diversos en todos los sentidos; entonces todo lo que nos representa como seres humanos es línea de trabajo de Madrecine”, añade.

Carreras cuenta que habían tenido experiencias desagradables al trabajar con equipos liderados por hombres. Reunirse con otras mujeres genera espacios libres de violencia.

“No es que pienses que sólo vas a trabajar con mujeres, pero hay una tendencia por sentirte protegida, por proteger a otras. No debería ser así; aunque están cambiando las cosas”, comenta Carreras.

De acuerdo con la directora de Tamara y la catarina (2016), el que cada vez haya más compañías integradas por mujeres también es una respuesta a las revelaciones recientes de violencia sexista y misógina en la industria. 

En marzo de 2019 las redes sociales mexicanas se llenaron de señalamientos de violencia de género a directores, actores y otros miembros de la industria del cine en México a consecuencia del movimiento internacional #MeToo. En julio de 2019 surgió en México #YaEsHora, una colectiva feminista que busca más historias con perspectiva de género, cero tolerancia a la violencia de género y paridad laboral.

Dos años después, en marzo de 2021, la colectiva Las Landetas colgó un tendedero virtual donde fueron señalados maestros, administrativos y egresados del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) por violencia de género.

“Esos momentos y movimientos modifican los espacios a los que tenemos acceso”, agrega Ángeles Cruz, originaria de Tlaxiaco, Oaxaca y directora de los cortometrajes Arcángel (2018), La carta (2014) y La tiricia o de cómo curar la tristeza (2012). De acuerdo con ella, no es suficiente con darle oportunidad a más mujeres si todas pertenecen a los mismos grupos. 

“No es lo mismo ser una cineasta egresada del CCC o de la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC) en la Ciudad de México, de clase media alta, que una cineasta que proviene de comunidades indígenas y se ha formado de manera autodidacta. Las oportunidades no le llegan a todas por igual y eso mengua la diversidad de voces. En México sigue siendo un problema ser mujer y ser indígena”, afirma.

Su ópera prima, Nudo mixteco, aborda la sexualidad de las mujeres indígenas y se estrenará en México en el 19° Festival Internacional de Cine de Morelia. Es la primera producción de Madrecine y ya tiene premios de festivales internacionales, como el del Jurado de la Crítica en el San Francisco International Film Festival y el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, España.

Por ahora, Cruz vive de tiempo completo en su comunidad y esto le ha evidenciado el centralismo del cine en México. “Aunque ya hay más intentos por ampliar ese acceso y formar nuevos cineastas y darles herramientas técnicas, seguimos en deuda hacia el interior del país”.

La perspectiva de género es responsabilidad de todes

En los últimos tres años, Laura Woldenberg produjo dos largometrajes y una serie documental.  Los tres títulos —1994 (2019), Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020) y Los plebes (2021)— fueron dirigidos por hombres y retratan distintas facetas de la violencia política y social en México. Dos de estos se estrenaron como producciones originales de Netflix y Las tres muertes de Marisela Escobedo obtuvo el Ariel a Mejor Largometraje Documental en 2021. 

Este año, Woldenberg fundó Mezcla, casa productora de contenidos de entretenimiento con impacto social. “Nos da mucho orgullo que sea una casa productora de mujeres”, dice Woldenberg en entrevista. Asegura que el equipo se dio por admiración y no por cumplir con una agenda política. 

Mezcla está desarrollando series y documentales en múltiples formatos dirigidos por mujeres: “Son proyectos que necesitan tener a una directora que sepa cómo entrarle a la narrativa desde una perspectiva de género. Pero esto no quiere decir que no trabajemos con hombres”.

La productora considera que quienes ya lograron establecerse en la industria comparten una responsabilidad de abrir espacios para personas que vienen de sectores vulnerables y tienen menos posibilidades de insertarse en este mercado laboral.

“La única forma de cambiar la situación de las mujeres en el cine es si nos movemos como sociedad hacia un camino en donde la perspectiva de género se incorpore en todas las áreas de nuestras vidas desde la educación, los medios de comunicación, las artes, cómo se instalan las políticas públicas, cómo se legisla. Eso es algo que nos corresponde a todes”, expresa.

La intersección del feminismo y la diversidad sexual

“El cine no es algo que haces porque no tienes otra cosa que hacer”, dice Astrid Rondero, directora, productora y guionista ganadora del Ariel. “Es una pasión, es algo que te obsesiona, es una motivación de vida”.

Ese ímpetu guía el trabajo de Rondero, quien junto con la directora Fernanda Valadez fundó la casa productora EnAguas Cine. “El nombre viene de mi corto de tesis del CCC”, cuenta Rondero. “Fue un evento emblemático en nuestras vidas donde sentimos una sororidad muy fuerte tanto en lo femenino como en la diversidad sexual”.

Esos ejes todavía rigen los proyectos de EnAguas Cine, como los largometrajes Los días más oscuros de nosotras, de Rondero, y Sin señas particulares, dirigido por Valadez. Ambos abordan problemáticas contemporáneas como la violencia sexual, el feminicidio, la violencia del narcotráfico y la búsqueda de personas desaparecidas.

“Fernanda y yo teníamos muy claro que podíamos hacer las cosas distintas a como se habían hecho. Lo que nos gustó fue empezar desde cero proyectos que tratan de hacer comunidad y en los que las mujeres son cabezas de área o tienen en el centro temas femeninos o de diversidad”, resalta.

Este trabajo comunitario y con mujeres al mando les ha evitado pasar por las violencias que viven sus pares en sus proyectos. Rondero es lesbiana y desde la universidad gran parte de sus colaboradores pertenecen a la diversidad sexual. “Desde entonces a mis compañeros hombres los veía como aliados, pero también como cineastas competidores”, agrega Rondero. “Pero nunca los sentí como depredadores de mi persona. En cambio, escucho las historias de mis compañeras y son ‘filtros’ que todavía pasan en su vida laboral”.

Afortunadamente, señala la cineasta, las cosas están cambiando gracias a mujeres aguerridas que le están poniendo un alto a esas dinámicas dispares. “Eso marca una gran diferencia, no sé exactamente si para mi generación, pero definitivamente para las que vienen”, apunta Rondero. 

La visibilidad de las mujeres en el cine mexicano se ha colado en la agenda gracias a una lucha social que lleva muchísimos años, explica la periodista Sharely Cuéllar. Sin embargo, todavía quedan fuera del radar grupos y discursos que se salen de la norma o que no convienen al sistema patriarcal. 

El primer paso para las mujeres del cine mexicano contemporáneo fue encontrarse en la sororidad. Lo segundo fue empezar a construir. Ahora sigue la insistencia para incluir a otros grupos marginados.

Los proyectos de cineastas racializadas, de origen indígena, de mujeres afromexicanas, de aquellas que forman parte de la diversidad sexual o de quienes viven con alguna discapacidad no tienen el mismo alcance ni difusión que aquellos producidos por la clase media alta de los centros urbanos más grandes del país.

“Nos sigue faltando mucho, porque en los festivales de cine europeos seguimos viendo principalmente el trabajo realizado por mujeres blancas o por mujeres cuyo discurso feminista no incomoda”, agrega Cuéllar. “Si los discursos y luchas ya no cuestionan, entonces desde los medios y desde la programación de festivales hay que replantear”, invita.

Astrid Rondero. Foto: Cortesía de EnAguas Cine
Mercedes Hernández protagoniza Sin señas particulares, de Fernanda Valadez. Foto: Cortesía de EnAguas Cine
Lucía Carreras, Ángeles Cruz y Lola Ovando. Foto: Cortesía de Madrecine
Las tres muertes de Marisela Escobedo obtuvo el Premio ​​Ariel 2021 a Mejor Largometraje Documental. Foto: Cortesía de Netflix