El Listón Amarillo
La alternancia política, según Robert Dahl, es la evidencia empírica de uno de los rasgos de la democracia: la posibilidad real de que el partido en el poder pierda las elecciones. Es un aspecto importante para definir la democracia, pero no lo garantiza todo.
Hace unos días participé en la presentación del libro Sistemas electorales antidemocráticos, violencia política, liberalización y alternancia en el estado de Guerrero, 1988-2005, del profesor universitario Dr. Uriel Leal Ramírez.
El libro pone énfasis en la alternancia de 2005, aunque el autor también considera los procesos de alternancia posteriores. En principio, el cambio de partido gobernante podría hacernos suponer una transformación de las agendas públicas, de los estilos de gobernar y de las políticas públicas. No obstante, en Guerrero la alternancia, por sí misma, no ha sido suficiente para modificar muchas de las realidades sociales de nuestra entidad: la pobreza, la desigualdad, la violencia, la corrupción y la insatisfacción con los servicios públicos, tal como lo compartimos en la edición anterior de esta columna.
Pero hay algo más. A pesar de las alternancias, tampoco parece haberse producido una renovación sustantiva de las élites políticas. Como advierte el autor, los mismos personajes reaparecen de manera recurrente en la escena pública, lo que plantea interrogantes sobre la renovación de los perfiles, las prácticas y las formas de ejercer el poder.
Esta reflexión nos conduce a una pregunta fundamental: ¿qué tan profunda puede ser una transformación democrática cuando cambia el partido que gobierna, pero permanecen muchas de las condiciones sociales y de las estructuras políticas que condicionan la vida pública?
Es una pregunta que merece nuestra atención, porque nos recuerda que la democracia no se agota en la celebración de elecciones ni en la alternancia entre partidos. También supone construir instituciones sólidas, garantizar condiciones equitativas para la competencia política, ampliar los derechos ciudadanos y generar mejores condiciones de vida para la población.
En lenguaje literario. El término gatopardismo proviene de El gatopardo, novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa llevada al cine por Luchino Visconti. Entre sus diálogos sobresale la frase de Tancredi Falconeri que dio origen al término en su sentido político: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.