El poder político en Brasil está dividido
Los tiempos electorales traen consigo temas que adquieren presencia en el debate público. Uno de ellos son las encuestas o, mejor dicho, los resultados de las denominadas encuestas. Lo expreso de esta forma porque mucho de lo que vemos no son encuestas, sino sondeos de opinión, sobre todo aquellos ejercicios que convocan a las personas usuarias de las redes sociales a reaccionar.
Eso, por un lado; por otro, están los resultados que se hacen públicos, pero sobre los cuales no existe claridad respecto de la manera en que se levantaron los datos o, incluso, si en verdad existió ese levantamiento de información. Sin embargo, los supuestos resultados se presentan: unos con una apariencia muy formal y otros, a todas luces, carentes de la información necesaria para validar su aplicación.
En principio, es importante señalar que las encuestas son herramientas de investigación en el ámbito social. Están orientadas a conocer la opinión de la ciudadanía sobre temas públicos. También pueden utilizarse en los ámbitos médico y epidemiológico, por ejemplo, para conocer los hábitos alimenticios de la población o las condiciones sociales en las que vive y que impactan en la salud de las personas. En el ámbito de la mercadotecnia, las encuestas permiten conocer las tendencias, las afinidades comerciales y las prácticas de consumo. En las ciencias económicas, regularmente se centran en las prácticas de gasto, ahorro o tendencias de compra de la población.
En general, esta herramienta permite estudiar una muestra, es decir, una porción representativa de la población, para conocer, en términos amplios, la tendencia de las opiniones y valoraciones del público. En el ámbito político, las encuestas cumplen la misma función: permiten conocer las tendencias de opinión de la ciudadanía sobre sus preferencias o su desaprobación hacia distintos perfiles políticos. Esta medición es relevante si queremos conocer hacia dónde se inclinan mayoritariamente las preferencias del electorado.
Y como, en las elecciones, el efecto de apoyar al perfil que se percibe como ganador genera un arrastre, las encuestas y esos resultados pueden provocar, a partir de una simulación, un efecto de apoyo masivo hacia el aparente perfil puntero.
Pero ahí está el verdadero costo de estas supuestas encuestas. Es decir, lo que cuestan socialmente se traduce en desinformación, en pérdida de confianza en esta herramienta de investigación social y, finalmente, en el debilitamiento de los vínculos de la ciudadanía con la política y sus actores.
Porque, si todos se declaran ganadores de las encuestas, no solo se desacredita la información pública; también se desacreditan los procesos, los perfiles y, en general, la labor política. Por ello, la falsa idea del “caballo ganador” muchas veces produce resultados contraproducentes.
En el pensamiento clásico hay caballos que parecen anunciar victorias, pero en realidad ocurre lo contrario. Los troyanos, luego de diez años de asedio por parte de los aqueos, pensaron que un colosal caballo de madera, depositado en la playa, era la prueba de su victoria. Se apoderaron de él, lo llevaron al centro de su ciudad para festejar el triunfo y, cuando todos dormían, del vientre del supuesto “caballo ganador” salieron los enemigos que finalmente incendiaron la ciudad entera.