El Listón Amarillo
La narrativa hace agua. Los mensajes potentes que López Obrador sintetizó en frases sencillas que pronunciaba hasta el cansancio, volviéndolas lugar común más allá de sus simpatizantes, han perdido credibilidad y, por tanto, eficacia. No pueden renunciar a ellos porque son parte de su identidad, ahí descansa la ilusoria superioridad moral con la que se plantan frente a los otros. Además, carecen de discurso alternativo y prefieren negar sus fallas. El carácter mesiánico del “movimiento” les impide aceptar que se apartaron del camino predicado por el líder, pese a la abundante evidencia de que siempre han representado una farsa.
Demagogia convertida en búmeran. Jalaron resortes del resentimiento social que hoy juegan en su contra y no encuentran la manera de salir de la trampa en la que se metieron. Los cuestionamientos que hicieron a sus adversarios siendo oposición se volvieron escupitajos lanzados al cielo cuando llegaron al poder y no se diga con los episodios de incongruencia extrema, como la imagen del ministro Hugo Aguilar departiendo con las altas esferas del poder político mientras dos de sus colaboradores se hincan en la calle para limpiarle los zapatos.
El bochornoso acontecimiento adquiere especial relevancia por tratarse de quien encabeza al nuevo Poder Judicial, el cual, de por sí, carga severos problemas de legitimidad. Fue resultado de una reforma impuesta por la espuria mayoría calificada que, en el caso de la Cámara de Diputados, se obtuvo con la inconstitucional sobrerrepresentación excesiva y, en el Senado, corrompiendo y extorsionando senadores sin ningún pudor. El proceso estuvo lleno de fallas e irregularidades, solo participó el 13% del padrón y de ese universo más del 3% anularon el sufragio: Además, el uso sistemático y generalizado de acordeones sepultaron el voto libre y secreto. Un acto golpista que concluyó con fraude electoral.
En esas condiciones solo les quedaba recurrir a la propaganda. Los electos por el cuestionado ejercicio podrán no tener conocimiento, ni experiencia, ni legitimidad democrática, pero sus promotores sostienen que, a diferencia de los anteriores, son austeros, cercanos al pueblo y ajenos a privilegios. El discutible consuelo que sirve de poco para emitir sentencias apegadas a derecho, se vino abajo con el escándalo de las camionetas de lujo blindadas, al grado que los ministros se vieron obligados a recular. La puntilla vino con la viral humillación en vía pública.
El “humilde indígena” que algunos insensatos se atrevieron a comparar con Benito Juárez, no se digna a agacharse para limpiar su calzado; así que la nómina de la Corte se usó para subsanar tal insuficiencia y un par de trabajadores literalmente se tiraron a sus pies. La explicación que dio como control de daños empeoró las cosas porque el video lo desmiente: el ministro presidente no fue sorprendido ni detuvo a sus colaboradores.
De cualquier forma seguirán diciendo que no son iguales, aunque ahora suene cómico y, en todo caso, se les conceda razón para apuntar que son peores. Ya nos acostumbramos a revelaciones de excesos, ostentaciones y lujos por parte de gobernantes, legisladores y dirigentes oficialistas, lo mismo que de hechos de corrupción. Si algo ha quedado claro es que sí mienten, sí roban y sí traicionan al pueblo, pero la detención de Diego Rivera Navarro, alcalde de Tequila, por ser miembro del Cártel Jalisco y operar una red criminal desde el gobierno municipal para secuestrar, torturar y extorsionar es un punto de inflexión.
Sheinbaum fue enfática y reiterativa, afirmando que Rivera cayó por denuncias y no por haber sido investigado. Que no cunda el pánico, sus correligionarios deben saber que no van tras ellos, que tuvieron que actuar por los señalamientos de Cuervo y otras tequileras extorsionadas, así como por las conocidas presiones de Estados Unidos.
Sea como sea, es una sacudida al pacto de impunidad obradorista y, debido a que la colusión con el crimen no es privativo de Tequila sino un fenómeno extendido que alcanza a gobernadores y altos funcionarios, muchos están tragando saliva. Por lo pronto, Rivera es el Abarca de Morena y tendrán que lidiar con eso.