Las variables variadas
Aquella noche del 25 de octubre, cuando la oscuridad se volvió absoluta y la tierra parecía temblar, no hubo diferencias entre nosotros.
En medio del rugido ensordecedor del viento, del estallido de las ventanas y del pavor de no saber si saldríamos con vida, en cada rincón, en cada baño, en cada refugio improvisado, todas las voces se unieron en una misma plegaria.
Agarrados de la mano de nuestros seres queridos, abrazados a nuestros hijos o aferrados a la fe en la más entera soledad, todos rezamos esa noche con la misma desesperación y el mismo anhelo de sobrevivir.
Al salir el sol, el dolor era palpable en el aire.
No solo era el impacto de ver los hogares destruidos, las calles inundadas de lodo y los comercios reducidos a escombros. Era el golpe devastador de los días que vinieron después: transitar entre esa angustia viva, sin luz, sin agua, buscando con desesperación comida para los nuestros, haciendo filas enteras bajo el sol con la incertidumbre.
Era caminar respirando ese denso y doloroso olor a muerte y a descomposición que se quedó grabado en la memoria, llevando en los ojos una tristeza profunda por no saber qué iba a ser de nuestras vidas.
Otis no solo se llevó techos y paredes; se llevó nuestra tranquilidad, nuestros proyectos, la certeza de nuestro entorno y, en algunos casos, a seres amados que jamás regresarán. Nos dejó una estela de pérdidas invisibles que muchos aún cargan en silencio.
Desde la Tanatología, quiero recordarte que todo lo que sentiste, y todo lo que aún sientes, es absolutamente válido. Perder la seguridad, sentir que una parte de nuestra vida se quedó atrapada en esa noche o experimentar ese nudo en la garganta cuando el cielo se nubla, son las huellas vivas del duelo colectivo e individual que esta tragedia nos dejó.
El duelo es el proceso sagrado y humano mediante el cual el alma intenta asimilar una realidad que cambió para siempre. No hay un tiempo límite para sanar ni una forma “correcta” de sentir. Nombrar tus pérdidas, llorar lo que se fue y reconocer la tristeza con la que caminamos no es señal de debilidad; es el primer paso para abrazar nuestra vulnerabilidad con ternura y compasión. Haber sobrevivido esa noche nos recuerda lo frágiles que somos.
Esa noche rezamos juntos para salvar la vida. Hoy, la invitación es a no transitar el dolor en soledad. Sanar el corazón tras la tormenta también es un acto de amor, un camino para abrazar nuestras heridas, honrar lo vivido y volver a encontrar, poco a poco, la paz en medio de los escombros.
ESCRIBEME Y HABLEMOS: ¿Qué pérdida te está costando más trabajo cargar hoy en día? ¡Qué te gustaría que platiquemos el próximo domingo? Déjame tu comentario aquí abajo o envíame un mensaje privado a [email protected], Facebook Tanatóloga Patty Ugalde, WhatsApp 7442946358. Tu historia será leída con absoluto respeto y total anonimato.