El PRI en caída libre

“El PRI está de pie”, dijo ayer José Antonio Meade, en una expresión destinada a levantar el estado de ánimo de un priísmo perplejo e incrédulo ante la perspectiva de la derrota y la pérdida de la Presidencia de la República.

A continuación, el candidato presidencial llamó a la militancia a colocarse “del lado correcto de la historia, del lado que estuvo dispuesto a jugársela a muerte para defender lo que creemos en este país”. Pidió a los priístas demostrar de qué está hecho el PRI, defender lo ganado y promover el voto, pues “cuando en el priísmo sabemos que está en juego el futuro de la nación, salimos a dar la batalla”.

En un estilo un poco diferente que recuerda los discursos del viejo priísmo, el nuevo presidente nacional del PRI, el guerrerense René Juárez Cisneros, también pidió a los priístas: “¡No nos arruguemos!”, Meade “es el candidato que México necesita”, “vamos a trabajar, porque es ahora o nunca. Que se escuche bien: ¡ahora o nunca!”

Arengas lógicas y comprensibles en cualquier partido con problemas de fragmentación o identidad, pero dudosamente de utilidad práctica frente al desastre que vive la campaña presidencial del PRI. De hecho, excepto como rito de consuelo, no parece que el mitin realizado ayer en la sede nacional del PRI, donde Meade y René Juárez dijeron las palabras citadas, cambie en absoluto las tendencias.

El encuentro de los priístas con su candidato presidencial fue organizado bajo el supuesto o con el objetivo de relanzar la campaña de Meade, y algo intentó en ese sentido René Juárez al solicitar que la campaña ya no se centre en la confrontación: “no nos enganchemos en discusiones inútiles. No perdamos el tiempo cuando el adversario nos quiere distraer. Hay que utilizarlo hablando bien de los nuestros, de la confianza que inspira nuestro candidato”.

Sin embargo, no se ve cómo pueda el PRI cambiar, en los 52 días que quedan de campaña, la tendencia del voto que favorece a Andrés Manuel López Obrador desde hace casi dos años. Tampoco se ve cómo pueda José Antonio Meade alcanzar, ya no digamos rebasar, al candidato de la coalición Por México al Frente, Ricardo Anaya, a quien las encuestas mantienen en segundo lugar. No se ve cómo podría la coalición encabezada por el PRI ganar las elecciones del 1 de julio si en cinco meses de precampaña y campaña, su candidato no ha podido ganar un solo punto efectivo en las encuestas, mientras la contienda se desarrolla entre López Obrador y Anaya.

Es comprensible, sin embargo, que en el mitin realizado ayer en la sede nacional del PRI, el nuevo dirigente nacional del priismo y el propio candidato presidencial se hayan abstraído de esos datos de la realidad para concentrarse en exorcizar a los demonios de la derrota. Si el problema fuera sólo cosa de estados de ánimo y arengas, el rito priista de ayer bastaría para revertir la debacle que se le viene encima al PRI. Pero no es así.

El problema que enfrenta José Antonio Meade no es la falta de ánimo de los priistas. Su problema es el peso de un gobierno notoriamente impopular que no fue capaz de resolver el desafío de la inseguridad pública y la violencia que se traga al país, y que por añadidura naufraga en un océano de acusaciones de corrupción. Lo insólito sería que en esas condiciones y con la bandera de la continuidad, José Antonio Meade obtuviera apoyo popular.

En contraste, es esa realidad profunda, que ninguna campaña por más ingeniosa que sea va a cambiar, la que nutre a López Obrador. Es por eso que la ventaja estadística y la enorme popularidad del candidato de Morena ha resistido todo, y no parece que ni Ricardo Anaya ni cualquier nueva estrategia que adopten José Antonio Meade y el PRI, o el sector empresarial, puedan revertirla en el mes y medio que falta para la elección del 1 de julio. El discurso del populismo y la estrategia del miedo con el que se ha querido combatir la candidatura de López Obrador chocan con el ascendiente social alcanzado por el aspirante de Morena, cuya fórmula consiste en identificarse con las preocupaciones y las aflicciones de la población. Y nada lacera, aflige o indigna tanto como la violencia, la pobreza o la corrupción. Contra eso ¿de qué sirven las encendidas arengas priistas?

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