En la etapa medieval, cuando fuerzas invasoras atacaban una ciudad fortificada, golpeaban sus grandes puertas en un mismo sitio hasta romperlas. Era el principio de la destrucción, las violaciones y la rapiña a manos de la turba lujuriosa y enardecida.

Hoy, como en aquellos tiempos la figura del presidente Mexicano está siendo vapuleada por sus adversarios políticos y los grupos de interés, atacando con furia sus flancos débiles: el conflicto de intereses y la falta de preparación académica, pretendiendo descalificarlo como autoridad válida para aplicar la reforma educativa.

Lo último, el señalamiento de plagio académico en la elaboración del 29% de su tesis de licenciatura, reprobable sí, pero a estas alturas irrelevante. En todo caso, si habría que buscar culpables serían quien le dirigió la tesis y el Comité de Titulación.

El primero, el Doctor en Derecho Eduardo Alfonso Guerrero Martínez (hoy magistrado del Poder Judicial de la Ciudad de México), por no revisar o quizás ni siquiera leer el trabajo de su pupilo, como sucede en muchísimos casos en que profesores universitarios, con tal de mantener su estatus laboral e incentivos, buscan número y no calidad en las tesis que dirigen. Y el segundo por haber avalado una investigación espuria.

Es obvia la estrategia negativa. Descalificar al oponente para restarle credibilidad ante la sociedad y se abstenga de aplicar la fuerza contra el magisterio disidente en un tema polémico y sensible, que ya está contaminado por intereses oscuros. Pero no tan solo eso, están golpeando las columnas visibles del PRI para debilitarlo rumbo al 2018. En peña Nieto han encontrado la parte aparentemente débil del entramado tricolor y pretenden doblarlo.

Pasan por alto que para el ejercicio del poder más que una licenciatura, se requiere de habilidad política. Ejemplos de mandatarios sin títulos universitarios sobran: Evo Morales en Bolivia, José Mujica, ex presidente de Uruguay y Nicolás Maduro en Venezuela, sólo por citar a unos cuantos. Lo que debemos identificar plenamente es que el supuesto plagio ya prescribió, eso no cambia la realidad política del país.

Lo cierto es que hay demonios con hambre de poder que pretenden generar crisis de gobernabilidad a través del golpeteo persistente a la legitimidad presidencial, creando en el imaginario colectivo un desencanto en las instituciones vigentes y en los actores políticos que las ocupan.

Para revertir las embestidas de la oposición, hoy más que nunca, Peña necesita mantener la unidad de su gabinete y hacer un solo frente. Poco le favorece si sus ministros persiguen sus propios intereses con golpes bajos, que solo aceleraría la ansiada derrota del PRI, empujada por el notorio déficit social y el debilitado Estado de Derecho que acusa el país.