Ocurrió muy cerca de donde vivo. Viajaba en colectivo esta noche y era la única pasajera.

Una mujer hizo la parada antes de que llegara a la esquina, donde habitualmente bajo para llegar a mi casa. No me había percatado de la joven que había hecho la señal al chofer, discutía con un hombre, pues fue luego de dos intentos que ella hizo de zafarse, cuando escuché el reclamo al hombre: “ya déjame”. Levanté la mirada del teléfono y los vi.

No tengo idea de cuánto tiempo esperamos el chofer y yo, esperando impávidos, a que la joven que pedía que la soltaran lograra escapar por sí misma.

Pero no podía soltarse, pues era evidente que el hombre que la retenía era más fuerte y pesado que ella.

La joven hizo al menos dos intentos por subir al coche, pero el hombre la jalaba bruscamente, la sacudía, la retenía, a pesar de que ella le imploraba que la soltara.

En ese tercer intento infructuoso por subir de la chica, le pedí ayuda al chofer, pero me dijo que si se bajaba habría golpes entre ambos hombres.

Sólo expresé: “¿por qué permitimos que agredan a las mujeres?”

Abrí la puerta del carro y le pedí a la mujer que subiera, pero de nuevo el hombre la jaló.

No tuve tiempo de saber si yo recibiría un golpe. Bajé del vehículo y le pregunté a la chica si se quería subir al vehículo que lo hiciera después de mí.

Le dejé la puerta de atrás abierta y fue que esquivó a su agresor y subió. El hombre que la jaloneaba tenía aliento alcohólico. Abordé el taxi y la chica viajaba a mi lado. La percibí confundida, avergonzada, sin saber qué hacer o decir.

Yo descendí del transporte unos metros adelante de donde atestiguamos esa escena. No le pregunté nada pues fueron unos metros que habían falta para llegar a donde habitualmente me quedo.

Caminando rumbo a mi casa, pensé en que hubiera tenido ese mismo coraje para decidirme dejar así de rápido mi agresor cuando vivía enamorada de él. Pensé en que la chica que pedía que la soltaran, estaba enamorada de ese muchacho alcoholizado que la retenía y la sacudía con una sola mano.

Siento mucha pena en el alma. Siento pena por no saber qué hacer, qué sentir o qué decir. Llegué a llorar.

Siento vergüenza por no haberle preguntado si tenía dinero, si podría ir sola a su casa o si se sentía segura.

¿Por qué no nos cuidamos entre nosotras? Yo he sido afortunada pues me rodean sabias y valientes mujeres que han cimentado la reconstrucción de mi pensamiento, corazón y cuerpo destrozados, doloridos y abandonados. Gracias a ellas tengo sólidos cimientos y soy capaz de tomar decisiones por nosotras, por nuestros espacios y porque coincidimos en la necesidad de ayudarnos.

Pero sé que muchas más no han corrido con esa misma fortuna, no tienen amigas y se han aislado de sus amistades, de su familia o de su círculo más cercano por amor, por ignorancia o por temor. Yo viví así ocho años de mi vida y es el más terrible de los sufrimientos. 

Esos cinco minutos antes de llegar a casa me han recordado una década de mi vida. Sentí tanto dolor que lloré como una niña.