Al igual que un edificio de apartamentos donde sus moradores no se soportan, los inconformes empiezan a buscar otra casa que les de asilo. Así los perredistas empezaron a desfilar hacia la puerta de salida de su instituto político sin abrir, siquiera, la maleta de la autocrítica, sino echando pestes en contra de sus vecinos.

Es una lástima que un inmueble que se construyó hace apenas 28 años luzca casi en ruinas, fachada descolorida, sucio en patios y escaleras, sin luz en los pasillos, con puertas y ventanas desvencijadas y una ama de llaves incapaz de hacer imperar el reglamento. Y pensar que este edificio fue construido con el apoyo (los votos se traducen en prerrogativas) de los que creyeron en sus líderes para nivelar el piso de su miseria y marginación, los excluidos del mercado que hoy se sienten traicionados, desilusionados, abandonados a su suerte.

Hay otros edificios en la zona, dos cuando menos, que tienen varios lustros; el más vetusto ronda los 88 años (PRI), el menor 78 (PAN). No es que no tengan problemas entre inquilinos, ¡claro que los hay! Pero han sabido acallar los gritos hacia afuera, los primeros, más que los segundos. A esto se le llama Institucionalización.

La institucionalización política, en palabras de Samuel Huntington, es el proceso por el cual se crean, valoran y estabilizan los procedimientos y dispositivos de organización que permiten resolver los desacuerdos presentes en cualquier sociedad política (Huntington, 1968:16). Si nos atenemos a esta definición, es claro que el PRD es un partido carente de institucionalización, incapaz de dirimir sus conflictos internos con éxito. No obstante, éste no es el único problema, aunque sí el más grave, existen otros, como la orfandad ideológica. Sin principios ideológicos claros, su acción política es incoherente, salpicada de pragmatismotribal quepoco abona a la posibilidad real de mantener el poder en las entidades que gobierna.

El PRD en poco tiempo derrochó el capital y el impulso político recibido en 1988 de un segmento de la sociedad, que depositaron en sus siglas el reclamo ancestral de sus demandas incumplidas. Muy lejos se encuentra hoy de cumplirlas.

Y antes de que el edificio se convierta en ruinas con el golpe de las elecciones de 2018, varios de sus figuras emigran a otra casa de la misma acera: Morena, con su dueño y guardián López Obrador. Pero no es el cobijo del nuevo inmueble lo que buscan los tránsfugas, sino el apapacho de su líder, cual caudillo viaja por los estados del país que tienen elecciones en este año tratando de levantar a sus candidatos.

Tal parece que los que emigran del PRD hacia Morena, pero también los que se quedan, no son de izquierda por vocación, sino de estados de ánimo, de voluntarismo, de decisiones caprichosas, con cultura política de súbditos, siempre prestos a seguir al caudillo, porque eso no les representa ningún esfuerzo, simplemente seguir al hombre carismático, seguros que bajo su cobijo, con suerte seguirán usufructuando posiciones políticas que en el edificio amarillo sería muy difícil alcanzar.

Si lo duda, veremos que en el próximo proceso electoral federal por la presidencia del país, el PRD buscará la alianza con López Obrador, en lugar de enderezar su casa. Pragmatismo puro,nocturno para un partido que nació fuerte y que como reza el slogan del caudillo, fue la esperanza de México a finales de los ochenta.